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OPINIÓN

El fracaso de la multiculturalidad

Una gran mayoría de europeos tiene la sensación de que sus ciudades cada vez son más inseguras

Varias personas a la salida del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI)

Varias personas a la salida del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI)Antonio Sempere

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Más delincuencia común, más homicidios y droga en las calles. Y un ambiente de segregación en muchos barrios que nunca ha dejado nada bueno.

Si te bajas de un avión en Varsovia, en Budapest o en Zagreb, puedes salir a la calle de noche más tranquilo que si lo haces en Bruselas, en París o en Barcelona. Y eso, amigos, no es una opinión: son los datos de Eurostat. Y eso amigos, hace unas pocas décadas, no era así.

Según el informe el informe de Eurostat actualizado a abril de 2026, en la Unión Europea se registraron 251.162 denuncias de robos con violencia o amenaza en un solo año. Ojo hablo de denuncias, robos se entiende que son más porque hay gente que no acude a la Policía. Y esta cifra se refiere solamente a robo co intimidación. Con fuerza. No pequeños hurtos.

Bélgica, a la cola

Si miramos por países, Bélgica encabeza la lista con 145 robos con violencia por cada 100.000 habitantes, Seguida de Francia, con 132, y España, con 118. Es decir: en Bélgica tienes seis veces más probabilidades de sufrir un robo con violencia que en Eslovenia, o casi 30 más que en Croacia. Datos del mismo Eurostat, mismo año, mismo criterio de medición.

La pregunta obvia es: ¿por qué ha pasado esto? ¿Por qué se ha degradado tanto la seguridad en algunos países ricos? Aquí es donde hay que ser valiente, porque la respuesta es incómoda, y políticamente incorrecta… y está documentada en los propios informes europeos, aunque sus políticos no lo quieran ver.

La explicación oficial suele centrarse en factores económicos, desigualdad social o exclusión. Y es cierto que esos elementos influyen. Pero no explican por qué países con rentas mucho más bajas que Francia o Bélgica presentan niveles de criminalidad menores. Es decir, la pobreza en sí misma no es la explicación a todo.

Para entenderlo mejor hay que observar algo que durante décadas ha sido casi un tabú en el debate público europeo: el fracaso de determinados modelos de integración migratoria.

En las grandes ciudades francesas y belgas han surgido auténticos guetos urbanos. Barrios enteros donde la integración cultural y económica nunca se ha producido.

Lugares donde el desempleo juvenil es muy superior a la media nacional, donde la presencia del Estado es limitada, donde la policía entra con dificultad y donde se han desarrollado estructuras paralelas de convivencia alejadas de las normas generales del país.

Periferias

Las periferias de París, Lyon, Marsella, Amberes o Bruselas son probablemente el mejor ejemplo. Los disturbios que periódicamente arrasan estas ciudades no aparecen de la nada. Son la consecuencia de décadas de acumulación de problemas sociales, culturales y de seguridad que nadie quiso afrontar cuando todavía era posible hacerlo.

Bélgica vive probablemente la situación más preocupante. Bruselas, capital política de Europa, alberga algunos de los barrios más problemáticos del continente. Distritos como el Molenbeek o Saint-Josse llevan décadas siendo señalados en los propios informes de la policía belga como focos de criminalidad organizada y delincuencia de baja intensidad, con tasas de desempleo juvenil que superan el 40%. Cuatro de cada diez jóvenes sin trabajo. ¿Alguien se sorprende de lo que pasa después?

En Francia, la zona de Seine-Saint-Denis, en el extrarradio de París, registra datos de Eurostat de 349 robos por cada 100.000 habitantes. Tres veces la media nacional francesa, que ya de por sí es la segunda más alta de la UE. Son las famosas periféricas. La cara del fracaso. Décadas de política de vivienda social que concentró en torres de hormigón a familias de origen magrebí y subsahariano sin acceso real al mercado laboral, inversiones públicas insuficiente. Si tiró el dinero. Sin integración efectiva. El resultado se ve en las calles. Yo mismo pude ver hace unos años en esas calles, y les aseguro que es el sitio donde he pasado más miedo. Y me he movido por lugares complicados.

Guerras y dictaduras

España todavía no ha alcanzado esos niveles de fractura, pero algunos fenómenos empiezan a reproducirse en determinadas ciudades y barrios con alta concentración de inmigración musulmana en Barcelona, en Murcia o Almería.

Y aquí hay que distinguir dos factores clave para entender esta bomba de relojería en el tiempo que es la inmigración descontrolada: la baja cualificación del inmigrante y la exclusión social.

Gran parte de la inmigración africana que llega a Europa procede de países en conflicto, dictaduras o situaciones de extrema pobreza. Muchos vienen buscando una oportunidad, huyendo de una pesadilla. Pero como se pueden imaginar no son las personas más cualificadas de esos países. La élite africana se queda en África. Emigra o huye el que no tiene nada que perder. Nadie camina durante semanas por el desierto, se monta en una lancha con otros 100 inmigrantes jugándose la vida porque en su país está bien. Es evidente.

Pero ese inmigrante cuando está en Europa se da cuenta que el mercado laboral les reserva únicamente empleos poco cualificados y sin perspectivas de ascenso social, el problema termina enquistándose. De generación en generación. Hay excepciones, sí. Pocas.

El otro factor es cultural y se llama islam. Millones de musulmanes viven integrados en Europa… pero otros muchos millones no. Y esos van creciendo a un ritmo cada vez mayor que el tradicional europeo. Cuando una población recién llegada de África se concentra en barrios donde ya son mayoría, tienden a reproducir sus propias costumbres, normas y formas de convivencia. Y aparecen sociedades paralelas muy alejadas de los valores democráticos occidentales sobre los que se ha construido Europa. Los guetos.

Como digo, esta bomba demográfica es cuestión de tiempo, y cada vez menos.

La inmigración masiva de los últimos años ha coincidido además con una creciente presión sobre el precio de la vivienda, los servicios públicos y unos sistemas de sociales que ya muestran síntomas de agotamiento.

El problema no es la inmigración en sí misma. Europa ha recibido inmigrantes durante décadas. El problema aparece cuando llegan más personas de las que una sociedad es capaz de integrar, educar y absorber laboralmente.

Cuando eso ocurre, aumenta la marginalidad, la economía sumergida y la delincuencia.

Europol habla

El Informe Regional de Seguridad de la Unión Europea 2024-2026, que cita directamente datos de Europol, habla de algo muy concreto: el crimen se concentra en grandes ciudades de la Europa occidental con altas tasas de exclusión social y comunidades de origen inmigrante mal integradas. No lo digo yo. Lo dice Europol. Que no son precisamente unos peligrosos fascistas.

Ahora echemos la mirada hacia el Este. ¿Por qué países como Polonia, Hungría, Chequia o Eslovenia tienen tasas de robos significativamente inferiores?

Los propios informes de Eurostat y Europol apuntan a varios factores combinados: mayor homogeneidad cultural, políticas de control migratorio más estrictas aplicadas desde hace años, economías que en la última década han integrado a su población activa con más efectividad... y, seamos honestos, la ausencia del modelo de gueto urbano parisino.

Polonia, por ejemplo, ha recibido millones de refugiados ucranianos desde 2022 — y aun así su tasa de robos sigue siendo de 34 por 100.000. La integración, el contexto cultural y el tipo de gestión importan.

Para cerrar con el panorama completo: el Informe Regional de Seguridad de la UE nos recuerda que en 2024 los homicidios intencionales en la UE aumentaron un 1,4% — llegando a 3.953 casos. Los seguidores de Hispanoamérica dirán que es una cifra moderada comparado con su país, que ya quisieran ellos. No se trata de comparar realidades, sino de analizar tendencias… y la de Europa es que aumentaron los homicidios en 16 de los 27 países de la UE.

La verdadera cuestión es si Europa occidental está dispuesta a reconocer que existe un problema, o si seguirá mirando hacia otro lado en nombre del buenismo y la corrección política.

Seguridad en cuestión

Porque cuando una sociedad deja de discutir los problemas, los problemas no desaparecen. Simplemente crecen. Francia y Bélgica ya lo están padeciendo. Y España o Alemania deberían observar con atención lo que sucede al otro lado de sus fronteras.

Porque la seguridad se va deteriorando lentamente. Barrio a barrio. Año a año. Hasta que un día la realidad termina imponiéndose sobre el discurso político. Y ese día ya es demasiado tarde.

Europa tiene un problema. Y negarlo, suavizarlo o llamar racista o fascista a quien lo señala con datos oficiales... no va a resolverlo. De hecho, quizás ese es el problema. Y quizás deberíamos empezar a señalar a la culpables. Políticos cobardes y los periodistas irresponsables que durante muchos años han ocultado la verdad a sus ciudadanos.

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