la mirilla
Topuria: la violencia convertida en espectáculo

Ilia Topuria acabó con la cara destrozada tras el combate
Las imágenes de Ilia Topuria conmocionan. Su rostro, desfigurado. Sangre. La sospecha de una fractura orbital. Un campeón derrotado y trasladado al hospital tras perder parcialmente la visión.
Y, sin embargo, millones de personas contemplan la escena con absoluta normalidad.
¿Cómo hemos llegado a considerar deporte algo en lo que dos personas intentan golpearse hasta dejar al otro incapacitado para continuar?
El boxeo lleva décadas conviviendo con ese debate moral. Las artes marciales mixtas lo han multiplicado. Porque aquí ya no hablamos únicamente de técnica, resistencia o preparación física extraordinaria. También existe una violencia explícita que forma parte esencial del espectáculo.
Y eso debería hacernos reflexionar. Más aún cuando este tipo de eventos abandonan el ámbito estrictamente deportivo para instalarse en el corazón mismo del poder político. Esta vez en La Casa Blanca.
Ver a dirigentes y mandatarios de todo signo fotografiarse con famosos púgiles en busca de popularidad resulta, cuanto menos, desconcertante.
¿Es ese el modelo de fortaleza que deseamos transmitir? ¿Es ese el tipo de espectáculo que merece el respaldo simbólico de las instituciones democráticas?
No se trata de demonizar a quienes practican estos deportes. La inmensa mayoría son atletas admirables, disciplinados y sacrificados.
Tampoco de negar la libertad individual de quienes deciden competir.
Se trata de otra cosa.
Si una sociedad que rechaza la violencia en todos los ámbitos de la vida debe celebrar con entusiasmo una actividad cuyo objetivo consiste precisamente en infligir daño físico al adversario, incluso, la muerte.
Quizá el problema no sea Topuria. Ni siquiera sus rivales. Quizá el problema seamos nosotros.
Nos hemos acostumbrado tanto a consumir violencia convertida en entretenimiento que hemos dejado de hacernos preguntas. Y hay preguntas que conviene recuperar.
Porque una cosa es admirar el esfuerzo, el coraje o la capacidad de sacrificio de un deportista. Y otra, muy distinta, aplaudir como espectáculo aquello que, fuera de un ring, consideraríamos una tragedia.
¿Qué valores queremos elevar a la categoría de ejemplo colectivo?
Porque no todo lo que llena estadios merece ocupar un pedestal.
A.M. BEAUMONT