El molesto e injustificado supremacismo moral de la izquierda

El irritante supremacismo moral de la izquierda
Fue el típico amor de verano en una playa del Levante español. Llegó a mi vida como si de una resplandeciente y estremecedora estrella fugaz se tratara, duró apenas un instante que ajeno al tiempo pareció eterno y se apagó mansamente como un atardecer rojizo caminando lentamente hacia el ocaso. Paseando por la playa cogidos de la mano bajo el firmamento estrellado las confidencias inevitablemente se alternaban sin solución de continuidad con las risas, mientras nuestros cuerpos cargados de pasión se buscaban como el poeta arrebatado por la inspiración busca atrapar las palabras que caprichosamente revolotean en su mente. No había en todo ello propósito ni intención más allá del carpe diem que Horacio nos brindó para enseñarnos a disfrutar del momento presente y a desconfiar del impredecible mañana.
Pasó el verano, Celia, que así se llamaba la joven que me embriagó con sus encantos, se fue a Salamanca a continuar su licenciatura en Ciencias Políticas y yo me vine a Madrid para seguir con mis estudios de Medicina. La distancia, enemigo implacable de todo arrebato amoroso, poco a poco fue apagando la llama de la pasión, pero, bajo las lánguidas cenizas que quedaron sobre el malecón como huella pasajera de nuestro amor, permaneció vivo el rescoldo de un afecto sincero que forjó una amistad que a día de hoy todavía perdura
Como consecuencia del sincero afecto que nos unía, cada vez que venía a Madrid, lo cual se producía muy de vez en cuando, Celia me llamaba para quedar y, como andaba metida en política, casi indefectiblemente me llevaba a alguna charla política de marcado carácter izquierdista, ya que según me decía de manera burlona, se había propuesto sacarme del error en el que para ella estaba sumido debido a mis convicciones liberales. Por darle gusto generalmente aceptaba el envite, lo cual me había acarreado alguna que otra discusión acalorada con marxistas de todos los colores, es decir, leninistas clásicos, maoístas heterodoxos, socialdemócratas moderados y postmodernos desquiciados.
Hace precisamente unos días Celia me llamó, y después de una breve conversación para ponernos al corriente de nuestras vidas, me pidió sin más preámbulos que la acompañara a una conferencia que daba un amigo suyo en la Agrupación Vallecana de Estudios Marxistas, lo cual me provocó un hondo escalofrío de rechazo, algo que ella debió notar, ya que, sin darme tiempo a plantear cualquier tipo de excusa –como, por ejemplo, que me encontraba en Honolulú impartiendo un curso de chamanismo avanzado- empleó sus seductoras armas de mujer para cerrar una cita que solo me podía acarrear algún tipo de problema.
De esta forma, debo reconocer que más por obligación que por devoción, acudí al centro de estudios marxistas el día acordado, a la hora convenida y allí estaba Celia, todavía esbelta, atractiva y como siempre irradiando ese tipo de poder un tanto mágico que no se consigue con la experiencia, sino que se tiene desde la cuna. Se trataba de un local un tanto destartalado, pero inusitadamente aseado, en el que se podían ver viejas fotografías descoloridas de Marx, Lenin, Fidel Castro, el Che Guevara y algún que otro icono del marxismo que no logré identificar a primera vista, configurando en su conjunto la imagen de un mundo definitivamente obsoleto y caduco.
Una vez en la sala de conferencias salió el orador, se situó delante de un desvencijado atril y echó un escrutador vistazo a lo largo y ancho del auditorio, quizás con la pretensión de impresionar a los asistentes aún antes de comenzar a hablar, a pesar de lo cual no percibí en su mirada el fulgor del sabio, sino, más bien, la oscuridad del dogmático. Vestía con la inevitable chaqueta de pana y unos pantalones vaqueros desgastados por el uso, viéndose todo ello coronado por una cabeza ridículamente amplia, un pelo cuidadosamente alborotado y una barba blanca y frondosa, es decir, todo muy comunista.
Esencialmente la charla giró en torno a la necesidad de buscar la “Justicia social”, definida por el conferenciante como una situación de equidad en la que cada persona recibe lo que necesita para alcanzar el mismo nivel de oportunidades y así estar en condiciones de que disfrutar de los mismos recursos vitales. Asimismo, para alcanzar dicha situación de equidad nos planteó de forma un tanto entusiasta dos vías de actuación: la primera era el control por parte del Estado de todos los medios de producción y la segunda una profunda redistribución de la riqueza mediante un mecanismo fiscal por el cual el Estado detrae vía impuestos el dinero de aquellas personas situadas en la zona media y alta de la pirámide social, para posteriormente convertir lo recaudado en gasto social y así aliviar a los más desfavorecidos. Tras numerosos circunloquios acompañados de una ardorosa defensa del papel paternalista del Estado nuestro orador no dijo gran cosa más, de tal forma que cuando terminó la charla constaté que no había aprendido absolutamente nada y no precisamente porque lo supiera todo, sino por la falta de enjundia argumental de un discurso limitado a la enumeración de los planteamientos básicos del comunismo y la socialdemocracia.
Así es que después de dos horas de tedio infinito Celia y yo entramos en un pub en el que, con los embriagadores acordes de la guitarra de Mark Knopfler de fondo, pudimos disfrutar de unos merecidos gin-tonic. De esta forma, entre copa y copa, Celia, como tenía por costumbre, procedió a interrogarme, dando por sentado, con un molesto e injustificado tono de superioridad moral, que la conferencia debería haber resuelto mi rechazo a las políticas socialistas. Aunque no estaba especialmente predispuesto a disertar acerca de tan manidas cuestiones, sabía que era un trámite obligado antes de pasar a temas más lúdicos y divertidos, así es que sin más preámbulos pasé a darle mi opinión de la forma más escueta posible.
En relación a la primera vía para alcanzar la Justicia social señalé que tanto Ludwig von Mises como Friedrich Hayek hacía tiempo que habían demostrado más allá de toda duda razonable que la planificación centralizada de la economía característica del marxismo de primera generación había fracasado estrepitosamente por ser incapaz de asignar de forma eficiente los recursos existentes, de tal manera que en todos los países en los que el comunismo había triunfado se producía el hecho de que mientras la libertad individual decrecía debido a las exigencias de las élites políticas la pobreza aumentaba entre la población por la falta de generación de riqueza.
Por lo que respecta a la segunda vía, esto es la impositiva, aduje que, como había demostrado en este caso el economista Arthur Laffer, una política impositiva progresivamente creciente hasta llegar a ser de carácter confiscatorio con la excusa de redistribuir la riqueza y acabar con la pobreza daba inevitablemente lugar a una disminución de la recaudación, debido a la desincentivación de autónomos y empresarios, a la falta de inversión y a la fuga de capitales, acompañado de un volumen desmedido de gasto público improductivo del Estado y de un considerable aumento de la deuda pública, confluyendo todo ello para provocar un aumento de la pobreza, algo que el socialismo sistemáticamente ha intentado camuflar mediante campañas de agitación y propaganda basadas en la manipulación y el falseamiento de la realidad.
A pesar de mis esfuerzos no pareció quedar Celia muy satisfecha con mi arsenal dialéctico contra el socialismo, por lo que, volviendo a ese supremacismo moral que tanto dificulta el desarrollo intelectual de la izquierda, se limitó a decirme que si algo tenía claro es que los liberales jamás seríamos capaces de entender los desvelos de los socialistas para mitigar las penalidades de los más vulnerables. Ante semejante exceso de simplicidad le respondí de forma un tanto sarcástica que efectivamente las putas de Ábalos y las joyas de Zapatero eran una muestra más que evidente del amor incondicional que la izquierda sentía hacia los pobres. Ante tal acusación, Celia se quedó unos segundos callada y con la mirada perdida, para finalmente susurrarme al oído que ella era socialista de verdad y que por eso estaba radicalmente en contra del corrupto régimen que se había instaurado en España desde la llegada del sanchismo al poder.
Tal ataque de sinceridad no impostada tuvo la virtud de relajar el ambiente, permitiendo que abandonáramos la política y nos enfrascáramos en una conversación refrescante y amena, en la que la nostalgia del pasado se mezclaba con los avatares del presente y las esperanzas del futuro, al tiempo que apurábamos una segunda copa, mientras la armónica de Bob Dylan nos envolvía en las preguntas cuyas respuestas el viento traía. Lentamente el tiempo fue pasando hasta que llegó la hora de abandonar el mundo de los sueños que ocasionalmente construíamos para volver a una realidad cuya hostilidad a menudo resultaba dolorosa. Paseamos cogidos de la mano de camino a su hotel y fue entonces cuando, bajo el hechizo de la tenue luz de una fatigada farola, la cogí de la cintura, la besé suavemente en los labios y durante una noche volvimos a tener veinte años.