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Luis Suñer

La revolución de la Inteligencia Artificial y el empleo

Imagen de personas trabajando con inteligencia artificial

Imagen de personas trabajando con inteligencia artificialEuropa Press

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Permítanme que comience citando al gran filósofo griego Heráclito: “Uno no debe actuar y hablar como si estuviera dormido”.

Heráclito nos decía que el que está dormido vive encerrado en su mundo. Que hay que examinar la realidad como una estructura que conecta acontecimientos aislados.

Cuando observamos una ciudad desde un avión, vemos una estructura que da sentido al conjunto. Por ello, cualquier propuesta debe contemplar cómo mejora el conjunto, no un colectivo particular.

Y así pasa con la inteligencia artificial. Se confunde con una simple tecnología cuando, en realidad, es un ecosistema mucho más amplio que involucra a personas, procesos, gobiernos y a la sociedad en general.

Como en anteriores revoluciones tecnológicas, estamos ante la obligación política de apoyar a los perdedores del progreso tecnológico. No faltan las predicciones sobre cómo la inteligencia artificial va a desplazar a los trabajadores, lo que significa que nos encontramos al borde de una revolución social que alterará profundamente las formas de trabajar.

La pérdida de empleos durante el declive de la industria manufacturera en la década de 2000 afectó a una limitada, aunque significativa, parte de la fuerza laboral. Pero las nuevas tecnologías podrían exponer, prácticamente, a cualquier persona a un posible desplazamiento laboral. Los gobiernos no pueden permitirse el lujo de esperar a que se aclare la naturaleza de dicho desplazamiento para actuar, ya que las políticas que ayudan a los trabajadores requieren tiempo para consolidarse.

Se debe actuar con rapidez para dar a los trabajadores una verdadera capacidad de decisión para moldear su propio futuro económico. Como ya sabemos, ayudar a los trabajadores desplazados a encontrar nuevos empleos reduce su necesidad de apoyo a largo plazo y aumenta los ingresos fiscales. La diferencia con experiencias pasadas es que, probablemente, el número de desplazados va a ser mucho mayor que en ocasiones anteriores. La pérdida de profesionales a un ritmo significativamente mayor del que pueden ser absorbidos en otros sectores va a ser, no sólo un problema económico, sino social.

Los esfuerzos de ajuste futuros deben operar contrarreloj, ofreciendo apoyo a quienes trabajan en industrias u ocupaciones en riesgo incluso antes de que se produzcan los despidos.

Las administraciones deben invertir en aquellos que están en riesgo de desplazamiento, no cuando ya han sido desplazados. Deben ser capaces de identificar habilidades futuras, adaptar los planes de estudio y apoyar las transiciones. No consiste en incentivar la llegada de quienes no van a aportar más que su voto. Consiste en redefinir las políticas de educación y empleo cuanto antes.

No obstante, no sólo deben ser los gobiernos los que pongan en práctica nuevas políticas, sino las propias empresas, incluyendo el impacto en su fuerza laboral como parte de su estrategia de despliegue de la inteligencia artificial, considerando los costes ocultos de la reducción de la fuerza laboral a una escala hasta ahora desconocida, como pueden ser el impacto reputacional o la confianza del cliente.

En definitiva, no se trata de seguir la estela de los tecnócratas de la Unión Europea, más preocupados por regular esto o lo otro que de reconocer, como ha dicho Dean W. Ball, pensador liberal americano y partidario del progreso tecnológico, que:

“La inteligencia artificial implicará que los seres humanos dejen de dirigir la economía, al menos en cierta medida. Pronto, la mayor parte del pensamiento y de la acción la realizarán las máquinas, no las personas”

La “destrucción creativa”, término popularizado por el afamado economista Joseph Schumpeter, ha sido fundamental para el crecimiento de la economía mundial durante siglos. La inteligencia artificial no es una excepción a esta regla. Pero si no se gestiona adecuadamente, su adopción podría generar una crisis política y social que haría que el impacto del traslado a China de la actividad manufacturera nos parezca, en comparación, una simple anécdota.

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