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Si fuese Feijóo, cercarían las sedes del PP

Imagen de archivo de la sede del PP en Génova

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Hay una expresión que resume bastante bien el momento político que vive España: doble vara de medir.

El sanchismo vuelve a demostrar que tiene una para juzgar a los demás y otra muy distinta cuando los problemas llaman a la puerta de los suyos.

Primero fue la defensa numantina del fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz. El Gobierno cerró filas con él desde el primer momento. Ni las investigaciones judiciales, ni el desgaste institucional, ni la imagen que proyectaba al exterior parecían suficientes para exigir responsabilidades. La consigna era resistir.

Ahora el guion se repite.

La directora general de la Guardia Civil, Mercedes González, ha sido llamada a declarar como investigada junto al DAO en la causa conocida como las cloacas del PSOE, donde se investigan presuntos delitos de prevaricación y obstrucción a la Justicia. ¿La reacción del Gobierno? Exactamente la misma. Respaldo absoluto. Ninguna autocrítica. Ningún gesto. Ninguna explicación política.

Como si aquí no hubiera pasado nada.

Lo verdaderamente preocupante no es solo el recorrido judicial que pueda tener el caso, sobre el que serán los tribunales quienes deban pronunciarse. Lo inquietante es el mensaje político que se transmite. La sensación de que determinados cargos públicos disfrutan de una protección incondicional mientras sean útiles al poder.

La pregunta resulta inevitable.

¿Qué estaría ocurriendo en España si quien ocupase La Moncloa fuera un presidente del Partido Popular y el fiscal general del Estado o la directora general de la Guardia Civil estuvieran inmersos en procedimientos judiciales de esta naturaleza?

No hace falta hacer un gran esfuerzo para imaginarlo. Habría comparecencias urgentes. Peticiones de dimisión. Declaraciones solemnes sobre la ejemplaridad democrática. Horas y horas de tertulias. Editoriales incendiarios. Manifestaciones de indignación.

Sin embargo, cuando los protagonistas pertenecen al círculo del Gobierno, todo cambia. Entonces se habla de conspiraciones, de persecuciones judiciales o de campañas de la derecha. El criterio deja de ser el mismo. Lo importante ya no es la ejemplaridad, sino la supervivencia.

Y, mientras tanto, quienes respaldan sin fisuras a cargos públicos investigados dedican buena parte de sus esfuerzos a rasgarse las vestiduras por los pactos entre PP y Vox en Andalucía, como si ese fuera hoy el gran problema institucional de España.

La coherencia nunca ha sido el punto fuerte del sanchismo.

Su verdadero manual de resistencia consiste en otra cosa: proteger a los propios, exigir a los demás lo que nunca se aplica a uno mismo y confiar en que la memoria de los españoles sea demasiado corta.

A.M. BEAUMONT

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