La Escuela de Frankfurt: los intelectuales que sentaron las bases del marxismo cultural

El XI Coloquio Internacional Walter Benjamin aborda la "crisis" actual de la democracia liberal
Corría octubre de 1917 cuando el Partido Bolchevique, liderado por Lenin, tomó el poder en Rusia, supuestamente en nombre de la clase obrera, mediante un violento proceso revolucionario que acabó con el Gobierno provisional del también socialista Aleksandr Kérensky. Contrariamente a lo que pensaba Marx, la revolución comunista no triunfó en los países europeos, mucho más industrializados que Rusia, fundamentalmente porque el capitalismo evolucionó adecuadamente, para dar lugar a una mejora sustancial de las condiciones de trabajo en las fábricas, a la posibilidad de los obreros de ascender en la escala social y al nacimiento de una cada vez más nutrida y próspera clase media, todo lo cual provocó una confluencia de intereses entre la clase trabajadora y los empresarios que de facto impidió que el sueño revolucionario comunista se hiciera realidad.
En este estimulante escenario económico surgió en la Alemania de 1923 una escuela de teoría social y política asociada al Instituto de Investigación Social, que tomó por su localización el nombre de Escuela de Frankfurt (EF). En el núcleo fundacional se encontraban Mark Horkheimer y Theodor Adorno, si bien paulatinamente se fueron uniendo otros pensadores de izquierdas, entre los que destacan por su impronta en la cultura occidental Herbert Marcuse, Wilhelm Reich, Walter Benjamin y Erich Fromm, si bien este último, condicionado por su posicionamiento humanista, acabó abjurando de la escuela, por no estar de acuerdo con su deriva radical.
Con el tiempo a este núcleo fundador se fueron uniendo pensadores críticos con el capitalismo, que pensaban que el marxismo no se había desarrollado en toda su extensión, es decir, recurrieron al manido argumento de justificar el fracaso del comunismo por la discordancia entre teoría y praxis, algo absolutamente falso, ya que en realidad la teoría marxista contenía todos los ingredientes que convirtieron a los países donde se aplicaron sus postulados en grandes campos de concentración.
El objetivo de la EF era establecer las causas que hicieron fracasar en Europa a la revolución proletaria comunista y diseñar una estrategia alternativa para lograr que finalmente el marxismo triunfara en el mundo entero, a pesar de que ya resultaba evidente el desastre en términos libertad y prosperidad provocadas por unas políticas cuyos principales pilares eran el control absoluto del Estado por parte del Partido Comunista, la supresión de todo tipo de derechos y libertades individuales en aras de un colectivismo atroz y la implantación de la economía planificada en sustitución del libre mercado. En consecuencia, fusionando de manera un tanto confusa las teorías de Hegel, Marx y Freud, este grupo de intelectuales se empeñó en cuerpo y alma en desarrollar una teoría crítica del liberalismo político y el capitalismo imperantes en las sociedades desarrolladas en el siglo XX.
La primera conclusión a la que llegaron fue que el capitalismo no solo explotaba económicamente a la clase trabajadora, sino que también la dominaba culturalmente, razón por la cual el trabajador aceptaba su supuesta explotación como algo natural, sin sentirse por ello oprimido. Por lo tanto, partiendo de esta premisa, la EF abandonó definitivamente la vía revolucionaria para centrarse en la batalla cultural.
De esta forma, siguiendo una estrategia nítidamente gramsciana, la EF dedicó ímprobos esfuerzos a conseguir el apoyo de la intelectualidad europea y norteamericana, ya que entendían que ello habría de servir como antesala del éxito marxista en el ámbito de la política. Partiendo de este punto de vista, la EF no defendía una revolución violenta para conquistar el poder, como proclamaban Karl Marx, Friedrich Engels o Lenin, sino que entendían que la conquista de Occidente habría de llevarse a cabo mediante una colonización gradual tanto de las instituciones educativas y culturales como de los medios de comunicación, para de esta forma alcanzar inicialmente la hegemonía cultural y a continuación el poder.
Cuando Hitler llegó al poder en 1933 la EF, debido a que gran parte de sus componentes eran de ascendencia judía, se vio obligada a huir de la Alemania nazi. Sin embargo, a pesar de su oposición al liberalismo, la EF no se trasladó a un país socialista, sino que decidió instalarse en Nueva York, es decir, en el corazón mismo del capitalismo. Ya en el exilio, Horkheimer publicó Critica de la razón instrumental, su obra más importante, para posteriormente, en colaboración con Adorno, sacar a la luz una colección de ensayos bajo el nombre de Dialéctica de la Ilustración, la cual habría de sentar las bases del pensamiento político y social de la EF.
El método diseñado por Horkheimer y Adorno para destruir a la civilización occidental consistió en criticar todos y cada uno de los pilares sobre los que se asentaban las sociedades occidentales, esto es, las instituciones políticas, la moral, las tradiciones e incluso la razón y la ciencia, por entender que todas ellas eran formas sofisticadas de dominación social por parte del poder establecido.
De esta forma, puede decirse que la Teoría Crítica de la EF fue una enorme obra de destrucción del constructo político, cultural y social imperante en Occidente, ignorando los evidentes logros, en términos de disminución de la pobreza y aumento del nivel de vida, acaecidos en los países occidentales desde la instauración de las democracias liberales.
Años más tarde Marcuse publicó 'El Hombre Unidimensional', señalando que la sociedad industrial produce individuos sin pensamiento crítico y obsesionados con el consumo, debido a que la cultura, la educación y los medios de comunicación reforzaban una manera única de entender la realidad, algo radicalmente falso, como demuestra el hecho de que en el seno de las sociedades occidentales ya por entonces existieran muchas voces disidente, principalmente vehiculizadas a través de partidos políticos de izquierdas, centrales sindicales y organizaciones culturales críticas con el sistema liberal-capitalista.
Posteriormente, en su libro 'Eros y Civilización', Marcuse centró sus críticas en la familia y la sexualidad, promoviendo la erradicación de la monogamia y la exaltación de la promiscuidad como formas de acabar con la familia tradicional y así conseguir eliminar lo que consideraba uno de los baluartes educativos de la sociedad occidental, cometiendo el craso error de considerar que todas las familias tradicionales eran ideológicamente uniformes.
En contraposición a la solidez intelectual mostrada por Horkheimer, Adorno y Marcuse, otros miembros de la EF como Reich y Benjamin, demostrando una excesiva propensión a la excentricidad probablemente derivada de algún tipo de desarreglo mental, desarrollaron una serie de teorías carentes de consistencia interna, si bien a pesar de ello influyeron notablemente en el movimiento contracultural de la década de los años 60.
Así, Reich llegó a la conclusión de que la familia tradicional era una fuente de represión sexual y una célula del Estado capitalista, por lo que defendió la eliminación total de la familia, la práctica del sexo sin ningún tipo de restricción y el orgasmo como elementos desintegradores del orden social establecido, promoviendo la formación de comunas cuya principal actividad habría de consistir en aparearse sin cesar, a ser posible bajo los efectos de sustancias psicoactivas.
Por su parte Benjamin, al que se puede definir como un marxista de la estética, defendió que el arte tradicional era elitista y por ello había que potenciar el arte contracultural y la sustitución de la belleza por la fealdad, haciendo así las delicias de los galeristas de arte mediocres, que veían entusiasmados la posibilidad de colocar en el mercado, a cambio de importantes sumas de dinero, el insustancial e insufrible arte postmoderno.
A la luz de lo expuesto cabe señalar las deficiencias formales y de fondo que conlleva la teoría crítica desarrollada en el seno de la EF. Así, desde el punto de vista formal cabe señalar que -si bien no soy un entusiasta de la dialéctica hegeliana, especialmente en el ámbito de la ciencia- en el terreno cultural muchas veces funciona el esquema dialéctico tesis-antítesis -> síntesis.
Sin embargo, los pensadores de la EF, paradójicamente al contrario que Marx, despreciaron la evolución dialéctica de las ideas sociopolíticas y, en un ejercicio de maximalismo sin límites, consideraron radicalmente erróneos todos y cada uno de los pilares ideológicos sobre los que se asienta la civilización occidental, negando así todo valor a al constructo cultural propio de la modernidad ilustrada, planteamiento éste que a fuer de radical acaba resultando absurdo.
A su vez, tomando en consideración la aplicación práctica de los postulados criticistas de la EF, cabe resaltar que si eliminamos la espiritualidad, la patria y la familia, devaluamos el sexo y sustituimos la cultura del esfuerzo por la cultura del capricho a las nuevas generaciones solo les queda el camino del consumismo compulsivo para no caer en una apatía depresiva, de tal forma que lo que dicha escuela de pensamiento desprecia es precisamente lo que sus postulados provocan, con lo cual cae en una contradicción irresoluble dentro de su propio marco teórico.
En cualquier caso, como se ha encargado de señalar Roger Scruton en su libro 'Los pensadores de la nueva izquierda, la Escuela de Frankfurt' consiguió inocular en las escuelas, las universidades, las organizaciones socioculturales y los medios de comunicación su inapropiada visión de la civilización occidental, de tal forma que en el momento actual nos vemos sometidos a la hegemonía cultural de la teoría crítica frankfurtiana y sus perversas secuelas, como son, el pensamiento woke, el identitarismo, la apropiación cultural, la ideología de género y la cultura de la cancelación. Sin embargo, todo ello no debe hacernos caer en la desesperanza, ya que una ola de regeneración espiritual, moral y democrática recorre Europa, siendo su nombre “Derecha Patriótica”.
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