Un abanico frente al sectarismo totalitario

La secretaria general del PP en el País Vasco, Esther Martínez.
Hay imágenes que trascienden el instante y se convierten en símbolo de una época. El domingo en el que la selección española se convirtió en campeona del mundo de fútbol, una de esas imágenes tuvo como protagonista a Esther Martínez, portavoz del Partido Popular en el Ayuntamiento de Bilbao y secretaria general del Partido Popular Vasco.
Frente a un grupo de radicales que pretendía boicotear la retransmisión de la final del Mundial de fútbol, Martínez se colocó delante de la pantalla gigante para impedir que fuera derribada. En la mano llevaba un simple abanico. Del otro lado había insultos, amenazas y violencia.
La escena encierra una profunda carga política y moral. Porque no estamos hablando únicamente de un partido de fútbol. Estamos hablando de algo mucho más relevante: el derecho de miles de ciudadanos a disfrutar libremente de un acontecimiento deportivo sin ser coaccionados por quienes creen que sus ideas les otorgan el monopolio del espacio público. Cerca de 10.000 personas acudieron al parque de Doña Casilda para seguir la final. Familias, jóvenes, mayores y niños que simplemente querían celebrar juntos un momento de alegría colectiva.
Sin embargo, una vez más, aparecieron quienes consideran inadmisible cualquier manifestación de normalidad constitucional en el País Vasco. Los mismos que durante décadas trataron de imponer el silencio, el miedo y la exclusión social a quienes no pensaban como ellos utilizando bombas y tiros en la nuca. No podemos olvidar que está siendo el blanqueamiento de Sánchez a los herederos del terrorismo lo que provoca el aumento de escenas violentas protagonizadas por aquellos que vuelven a creerse impunes.

Lo verdaderamente significativo del episodio es que los radicales no fueron capaces de imponer su voluntad. Pretendieron impedir que miles de bilbaínos vieran el partido y fracasaron. Intentaron arruinar una fiesta popular y fracasaron. Buscaron generar miedo y no lo consiguieron. La respuesta ciudadana fue ejemplar: serenidad, firmeza y defensa pacífica de un espacio compartido.
La actitud de Esther Martínez merece reconocimiento porque representa una forma de hacer política basada en las convicciones. Cuando afirmó que antes de que se llevaran la pantalla tendrían que llevársela a ella por delante, no estaba protagonizando un gesto teatral. Estaba defendiendo algo esencial: que la libertad nunca debe retroceder ante la intimidación.
La foto de una mujer esgrimiendo un abanico representa la valentía frente a aquellos que son odiadores, frente a aquellos que consideran que sus votos en el Congreso de los Diputados sostienen al Gobierno de Pedro Sánchez a cambio de que los socialistas les permitan ser los amos de las calles del País Vasco y Navarra. Y los socialistas se limitan a callar y a obedecer de forma vergonzosa. Liberan presos etarras y miran a otro lado cuando se hacen homenajes a esos presos excarcelados
Conviene recordar que la democracia no se mide únicamente por la existencia de elecciones o instituciones. También se mide por la capacidad de los ciudadanos para convivir con quienes piensan diferente. La libertad no consiste en imponer una identidad única ni una visión excluyente de la sociedad. La libertad consiste precisamente en aceptar que una ciudad es diversa y que todos tienen derecho a expresar sus sentimientos, sus aficiones y sus ideas dentro del respeto a la ley.
Por eso resulta preocupante observar cómo algunos sectores siguen contemplando cualquier expresión de pertenencia a España como una provocación. Que miles de vascos quieran celebrar los éxitos de la selección española no debería sorprender a nadie, forma parte de una realidad social evidente que algunos se empeñan en negar.
Los hechos del domingo demuestran, una vez más, que el pluralismo existe y que ningún proyecto político puede construirse sobre la exclusión de una parte de la ciudadanía.
España ha avanzado mucho desde los años más difíciles del terrorismo y la intolerancia. Ese progreso ha sido posible gracias a miles de ciudadanos que se negaron a ceder ante la presión y defendieron la libertad cuando hacerlo resultaba incómodo e incluso peligroso.
La imagen de Bilbao conecta precisamente con esa tradición de valentía cívica que tanto contribuyó a fortalecer nuestra democracia. Pero Sánchez está provocando que retrocedamos a los años más grises de la “Kale Borroka”, por su necesidad de los votos de los radicales para continuar en la Moncloa.
Frente al ruido de los intolerantes, la respuesta debe ser siempre la misma: más libertad, más democracia y más convivencia. Nunca la resignación. Nunca el miedo. Nunca la cesión ante quienes pretenden convertir la calle en patrimonio exclusivo de una ideología.
Porque, al final, la historia del domingo pasado no consistió simplemente de defender una pantalla gigante. Trató de algo mucho más importante. Trató de una mujer que defiende la libertad únicamente con un abanico, como hace 20 años se defendió levantando manos blancas. Y, una vez más, la libertad ganó. Que Sánchez y todos sus ministros tomen buena cuenta de cómo se defiende la democracia.