Pensamiento woke, cultura de la cancelación y violaciones masivas
Un manifestante en una marcha woke
La civilización occidental se ha ido construyendo paulatinamente a lo largo de dos milenios gracias al ensamblaje en un todo único de la moral cristiana, la cultura clásica griega, el Derecho romano, el liberalismo político y el método científico. Gracias a esta impresionante confluencia de distintas ramas del saber nunca antes el ser humano había gozado de tan altas cotas de libertad individual, igualdad ante la ley y calidad de vida.
En consecuencia, pudiera parecer, como afirmó el politólogo estadounidense Francis Fukuyama, que todos estos logros habrían de provocar el “fin de la historia”, entendiendo tal aseveración como el triunfo definitivo del modelo político, económico y social propio de la civilización occidental. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, ya que el marxismo -disfrazado con el manto de un nuevo discurso igual de tenebroso que el anterior, pero más acorde con la mentalidad imperante en el mundo moderno- habría de seguir dando guerra, poniendo en jaque, con una estrategia nítidamente quintacolumnista, al conjunto de valores propios del constructo teórico occidental.
Para entender adecuadamente este proceso de autodestrucción de una civilización floreciente parece conveniente refrescar la memoria haciendo un poco de historia. Así, retrotrayéndonos un par de siglos, en 1848 Karl Marx y Friedrich Engels publicaron “El Manifiesto Comunista”, sentando con ello las bases ideológicas del comunismos, las cuales se pueden resumir en la crítica al capitalismo y a la sociedad burguesa, la lucha de clases en el seno de la sociedad occidental y la necesidad de llevar a cabo una revolución liderada por la clase obrera.
Marx vio cumplidos sus sueños y en apenas 50 años la revolución comunista triunfó en Europa, Asia y Latinoamérica, llenando el mundo de campos de concentración. Sin embargo, en el momento actual el gulag soviético ha desaparecido, China ha dejado atrás el comunismo ortodoxo para implantar un capitalismo de Estado y en Latinoamérica está a llegando a su fin la pesadilla comunista.
No obstante, los intelectuales al servicio del comunismo más pronto que tarde se dieron cuenta del rotundo fracaso que suponía la aplicación práctica de los postulados marxistas, razón por la cual comenzaron a desarrollar a mediados del siglo XX lo que se ha dado en llamar “marxismo cultural”, el cual básicamente consiste en la modificación del discurso y el mantenimiento del objetivo final, esto es, acabar con la democracia liberal e implantar un nuevo paraíso comunista.
Obviamente, este proceso se ha ido cocinando a fuego lento, ya que resultaba necesario ir modificando paulatinamente la mentalidad de una sociedad cuyas personas, lejos de hallarse oprimidas y en la miseria, gozan en mayor o menor medida de los placeres de una vida acomodada. Dado que la civilización occidental estaba firmemente asentada en el paradigma cristiano, grecolatino y liberal, la nueva izquierda necesitaba como agua de mayo crear una cosmovisión alternativa que destruyera o al menos debilitara el edificio cultural occidental.
En consecuencia, era de vital importancia, en primer lugar, desarrollar una teoría crítica que pusiera en cuestión los las bases teóricas que sostenían la hegemonía discursiva liberal. Pues bien, desde mediados del siglo XX a la concreción de este objetivo respondieron los esfuerzos de los intelectuales adscritos a la Escuela de Frankfurt, entre los cuales cabe destacar, por su notable influencia, a Mark Horkheimer, Theodor Adorno y Herbert Marcuse.
Una vez realizada la crítica y cuestionados los principales postulados en los que se asentaba la civilización occidental, resultaba fundamental dotar al discurso neomarxista de un contenido propio, ya que los nuevos intelectuales izquierdistas se dieron cuenta que las élites asentadas en el poder no solo estaban en la cúspide de la pirámide social por su control del Estado y sus instituciones, sino también por disponer de un discurso hegemónico que penetraba en todos los segmentos sociales, condicionando la forma de pensar y vivir del conjunto de la ciudadanía.
A esta tarea -por un lado deconstructivista de la cosmovisión occidental y por otro constructivista de una nueva escala de valores opuesta al cristianismo, la cultura grecolatina y la democracia liberal- se dedicó con particular eficacia una nueva corriente de pensamiento filosófico y político, conocida como “postmodernismo”, fundamentalmente liderada por Jean-Francois Lyotard, Michel Foucault y Jacques Derrida.
Si bien cada uno de estos intelectuales de izquierdas presentaban su particular posicionamiento filosófico, en la práctica era posible articular sus planteamientos en un todo teórico estructurado en torno a un relativismo moral, cultural y político que no solo actuaba como elemento unificador del neomarxismo, sino que además contrastaba de manera evidente con la búsqueda de la verdad y la belleza propia de la cultura occidental.
A este auténtico maremoto ideológico en el seno de la izquierda vinieron a sumarse el politólogo argentino Ernesto Laclau y la politóloga belga Chantal Mouffe, con el objetivo de sustituir la lucha de clases propia del marxismo ortodoxo por el supuesto conflicto derivado de la falta de respuesta del discurso occidental a las exigencias de una parte de la sociedad, estableciendo así una nueva estrategia socialista para alcanzar la hegemonía cultural y el poder político.
Según ambos autores este nuevo colectivo estaba compuesto por diferentes minorías identitarias definidas no por su estatus social, sino por estar todas ellas oprimidas por las élites políticas y económicas.
Desde este punto de vista, Laclau y Mouffe rechazaron la existencia misma de un colectivo cohesionado llamado “el pueblo”, por entender que respondía a un constructo cultural desarrollado por las élites dominantes, defendiendo en su lugar la coexistencia de diferentes colectivos sociales, cada uno de los cuales se identificaba por su raza, sexo, orientación sexual e ideas y creencias, estando cada uno de estos grupos oprimidos o no dependiendo de su particular condición respecto a dichas variables.
En consecuencia, el neomarxismo había dado con el conflicto en el que apoyarse para entablar la batalla cultural (anhelada y promovida años atrás por el visionario filósofo italiano Antonio Gramsci) contra el liberalismo, la cual habría de otorgar al comunismo el poder, sin necesidad de recurrir a un proceso revolucionario violento.
No obstante, dada la heterogeneidad y los intereses muchas veces contrapuestos de las diferentes minorías identitarias (véase feminismo u homosexualidad versus islamismo), hacía falta unir a todas estas minorías en un colectivo común.
El elemento unificador lo proporcionó la académica estadounidense Kimberlé Crenshaw mediante la introducción en el debate del concepto de “interseccionalidad”, el cual hacía referencia a que todos los colectivos identitarios cuyas aspiraciones no se veían satisfechas tenían en común el enemigo que las oprimía, esto es, el patriarcado blanco, heterosexual, cristiano y capitalista preponderante en las sociedades occidentales.
Obviamente, la opresión no era tal al menos desde la promulgación en 1948 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ya que en la misma se consagraba la libertad e igualdad de todas las personas con independencia de sus particularidades, sentando así las bases para la equiparación de derechos entre personas de diferente condición natural, social e ideológica.
Sin embargo, obviando este “pequeño matiz”, la izquierda se lanzó a la batalla, contando para ello con un paradójico aliado, el cual no fue otro que las élites globalistas, las cuales ávidas de poder, vieron la oportunidad de someter a la humanidad a los designios del “Nuevo Orden Mundial” que llevaban años pergeñando.
Por ello, las élites económicas no dudaron en inyectar ingentes cantidades de dinero para colonizar las instituciones supranacionales, infiltrarse en las universidades y promover la proliferación de organizaciones no gubernamentales al servicio de sus espurios intereses.
Surgió así el llamado “Pensamiento woke”, fundamentalmente orientado a crear un clima de permanente conflictividad social mediante la promoción del enfrentamiento entre hombres y mujeres, blancos y negros, heterosexuales y homosexuales y finalmente, para no dejar ningún cabo suelto, entre cristianos y ateos o musulmanes, partiendo de la base de la supuesta existencia de una desigualdad de trato entre unos y otros.
Además, acompañando a tan injustificado planteamiento, la izquierda en connivencia con las élites globalistas ha desarrollado un arma mortífera como es la “cultura de la cancelación”, esto es, el acoso y la condena al ostracismo social y laboral a toda persona cuya opinión sea contraria a lo que se ha dado en llamar “pensamiento políticamente correcto”, el cual no es otra cosa que la dictadura de los dogmáticos e inconsistentes postulados defendidos por el wokismo.
Como consecuencia de esta nueva forma de pensar son muchos los episodios en los que se han visto vulnerados los derechos de aquellos que se salían de los estrechos cauces establecidos por los guardianes de la revolución neomarxista, pero sin duda uno de los más estremecedores sucedió en Inglaterra entre 1997 y 2013. Así, durante 16 largos años, según un informe independiente realizado por el parlamentario británico Rupert Lowe, alrededor de 250.000 niñas blancas, procedentes casi en su totalidad de familias inglesas vulnerables, fueron violadas y explotadas sexualmente por hombres de origen paquistaní y religión musulmana.
Concretamente en el juicio celebrado en la pequeña localidad inglesa de Rotherham para esclarecer la responsabilidad de las autoridades y la policía en relación a los abusos sexuales confirmados de 1.400 niñas, los procesados afirmaron que, pese a tener pruebas de lo que estaba sucediendo, no se atrevieron a actuar en defensa de las menores por temor a ser acusados de racismo y xenofobia.
Parece por tanto evidente que si una sociedad no es capaz de defender a sus miembros, especialmente cuando estos son vulnerables, solo cabe concluir que estamos ante el ocaso de una civilización que parece decidida a suicidarse como consecuencia de su patética y despreciable subordinación a un discurso absolutamente irracional y perverso.
En este contexto ha llegado por tanto el momento de que aquellos que todavía sostienen los valores que hicieron grande a la civilización occidental crucen el Rubicón, para enfrentarse con coraje y determinación a la amenaza que para el mundo libre supone el neomarxismo cultural. Alea jacta est.