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El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska

El ministro del Interior, Fernando Grande-MarlaskaEuropa Press

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La lista de periodistas elaborada por la Oficina de Comunicación del Ministerio del Interior —así, como un solo hombre, sin nombres y apellidos— es otra de esas líneas rojas de la democracia que saltan por los aires. Y lo es por un motivo que va más allá del etiquetado ideológico de los profesionales que aparecen en ella y de las explicaciones de Marlaska, que la califica de «mero documento de trabajo» sin aclarar para qué trabajo.

Lo peor de la lista es que da por hecho que todo aquel que se dedica a contar una noticia o a dar una opinión es poco más que un mercenario al servicio de una ideología. Presupone que cualquier periodista, tertuliano, director de periódico o quien se ponga delante de un micrófono no cuenta lo que sabe, sino lo que conviene a los suyos. Y con eso se carga todavía un poco más la credibilidad de una profesión ya bastante devaluada por unas tertulias políticas que llevan años dividiendo sus mesas en función de las simpatías políticas que se le presuponen a cada participante.

Es obvio que cada medio de comunicación tiene una línea editorial. Forma parte de su ADN. Eso no significa que sus periodistas tengan que decir amén a todas las ocurrencias de los suyos. Pero el gabinete de comunicación del Ministerio parece dar por hecho que cualquier crítica a la gestión del Gobierno procedente de periodistas o medios cercanos a la izquierda implica un cambio de bando, y que quienes ya venían haciéndolo son derechistas de pura cepa. Como si la verdad de una noticia dependiera de quién la firma y no de lo que ha ocurrido. Por eso lo preocupante no es que exista una lista, sino la mentalidad que revela.

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