Hagiografía de Maricarmen

La obra ‘¡Maricarmen para siempre!’ del artista urbano TVBoy, en Barcelona
Alfredo Pérez Rubalcaba solía decir que los españoles sabemos enterrar muy bien a nuestros muertos. La frase se refería a los enemigos políticos que exhibían generosos e hipócritas ditirambos cuando un rival se retiraba de la política o fallecía.
Maricarmen ha muerto y, por supuesto, merece todo el respeto. Respeto; pero nada más allá cuando el comportamiento dista de ser ejemplarizante, modélico y atenido a las normas y leyes que regulan compromisos y contratos que, como es el caso, se ha vulnerado ampliamente.
Lejos de glosar la extensa y tortuosa trama de un arrendamiento que vulneró las reglas de juego para beneficio y abuso del arrendatario. El arrendador ha ejercido su derecho con reiteradas muestras de generosidad en tiempo y forma. Por el contrario, la inquilina se mantuvo en su cómoda y ridícula contraprestación, que sostuvo encontrando apoyo en los medios de comunicación y los oportunistas radicales adheridos a un asidero propicio para extender su novedosa ideología: ¡Aquí quien manda es el inquilino!
Ahora, con un fatal desenlace inherente a los inexorables límites que impone la biología y las complicaciones psicosomáticas, que no se han descrito, llegamos al momento del óbito secundado por unas pretendidas exequias de Estado. Por lo menos, así lo ha intentado el Gobierno de España movilizando y sobreexcitando la calle ya de por sí en fase de ignición. La apropiación del relato alcanza niveles de hito histórico. Y ya verán, con la intercesión de la Memoria Democrática, si se propone la «santísima laicidad» de un nuevo mártir que ocupe otra peana como sus abundantes predecesores de la “gloriosa” II República.
En toda secta existe una radicalidad intensificada por el nivel de fidelización hacia las ideas y el liderazgo. El PSOE ya no es un partido político reconocible como tal. Ahora es el sanchismo devenido en una secta perniciosa.
Pedro Sánchez es el gran pastor de la secta sanchista. Como «pontífice», Pedro Sánchez es capaz de la mayor simonía al frente de su secta: vende, compra, alquila, secuestra, amenaza… lo que sea menester para mantenerse en el poder. Ahí están los pactos para la gobernabilidad, el secuestro del Constitucional, el ataque y persecución a jueces y periodistas. Vulnera reiteradamente la Constitución, pasa del Congreso, desprecia el Senado y se fuma un puro en La Mareta comprobando el grado de indignación de los ceutís.
Ahora, continuando en clave piadosa, Sánchez proveerá: paguicas, regalos, aumentos… el maná simultaneará con la perversa maldad que aderezará esta campaña. Va a ocurrir cualquier cosa, y en gradación y escenarios desconocidos hasta la fecha. Las trampas en periodo electoral han sido una constante para la izquierda, desde que unas elecciones municipales cambiaron una monarquía por una república (1931).
El citado Rubalcaba, otro santo laico en la hagiografía socialista, fue un aventajado precursor de la nequicia en periodo electoral: pervirtió la jornada de reflexión (13-M) y promovió las concentraciones ante las sedes del PP profiriendo acusaciones criminales y asesinas.
Aprovecharán al máximo el plañir masivo por la mártir Maricarmen. Estos jovencitos lloran a moco tendido por la nueva santa laica, aunque algunos lleven meses sin visitar a su abuela -la de verdad- en la residencia.
Sánchez no va a desaprovechar la actual corriente penitencial inducida por el martirologio incrementado con Maricarmen. Este ventajismo es democráticamente repugnante; pero, en el fondo, de buitres se trata.