la mirilla
Sánchez y la tensión para movilizar

Pedro Sánchez visita 'La Revuelta'
Dimite Francisco Martín, delegado del Gobierno en Madrid, tras quedarse fuera de las listas del PSOE. En Sol empiezan a recoger, aunque la acampada todavía discute cómo y cuándo marcharse. Dos imágenes distintas que dejan una pregunta en el aire: quién responde por lo ocurrido mientras los ciudadanos soportan las consecuencias.
El delegado se va. Los problemas se quedan. También los comerciantes que llevan semanas haciendo cuentas y los vecinos que tienen tanto derecho a utilizar la plaza como quienes decidieron instalarse en ella. Reclamar una vivienda merece respeto. Convertir un espacio de todos en territorio apache exige explicaciones.
Me preocupa, además, la violencia que estamos viendo en las calles. Una reivindicación no da permiso para destrozar mobiliario urbano, saquear comercios o agredir a policías. Tampoco se justifica porque sus protagonistas invoquen una causa justa. Quien rompe el escaparate de un comerciante no está resolviendo el problema del alquiler de nadie.
Illa ha condenado los disturbios de Barcelona. Es lo lógico. Esa debe ser la respuesta, sin excusas ni cálculos sobre a quién puede interesar. Precisamente por eso, al PSOE hay que exigirle que acompañe esas condenas con una política que deje de presentar al adversario como una amenaza frente a la que todo está permitido.
Ahí está, a mi juicio, la responsabilidad de Sánchez. Ha abrazado un frentismo que convierte cualquier discrepancia en una batalla sentimental. Si la alternativa es siempre una vuelta al franquismo, si el otro representa al diablo, luego cuesta pedir serenidad a quienes llevan años empapándose de esos discursos.
En la ruta al 29N, temo que Ferraz encuentre más utilidad electoral en la tensión que en la tranquilidad. El miedo al contrario sirve para movilizar. También permite hablar menos de la nefasta gestión propia o de la corrupción que cerca al presidente.
Pero gobernar obliga a pensar en quienes mañana tendrán que abrir su negocio, llevar a sus hijos al colegio o cruzar una plaza sin sobresaltos.
Los españoles no tenemos por qué vivir en tensión permanente para que Sánchez llegue más cómodo a las urnas.
A. M. BEAUMONT