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Cuando el guionista pierde la fe

(Foto de ARCHIVO) El presidente del Gobierno, Pedro SánchezEuropa Press

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Hay un argumento muy sólido por el que podemos deducir que las cosas no pintan bien para Pedro Sánchez en las próximas elecciones. Y no me refiero a las encuestas, que, al fin y al cabo, se pueden interpretar o cocinar de mil maneras, sino a los abandonos. Nada anticipa mejor un naufragio que el sonido de unas suelas de goma huyendo por el pasillo.

A Pedro se le acaban de marchar dos de sus más estrechos colaboradores en un margen de tiempo que podríamos definir como “un pispas”

Por un lado, el delegado del Gobierno en Madrid ha recogido sus bártulos no con la pausada dignidad de quien decide retirarse a cultivar tomates con la satisfacción del deber cumplido, sino por puro despecho al enterarse de que el líder por el que ha quedado como Cagancho en Almagro cada vez que ha tomado una decisión —o ha dejado de tomarla— no está dispuesto a montarle en la grupa de su caballo en su carrera hacia el Congreso.

Y luego está lo de Alfredo Díaz, su monologuista de cabecera, el hombre contratado para salpicar los discursos del presidente con esa gracia a base de retruécanos y piruetas verbales diseñadas para culpar al de enfrente de sus insólitos cambios de timón.

Lo más probable es que Alfredo haya echado cuentas, haya mirado al horizonte político, después a sus facturas, y haya llegado a la muy sensata conclusión de que trufar de juegos de palabras unos discursos de futuro cada vez más incierto empieza a ser un oficio de alto riesgo. Así que ha puesto rumbo a La Séptima, donde ha debido pensar que sus probabilidades de cobrar una nómina a final de mes son bastante superiores.

Y ahí está la clave de por dónde pueden ir los sondeos internos que se manejan en Ferraz, porque cuando el tipo que te escribe los chistes decide que la comedia ha terminado y que es hora de buscar un trabajo de verdad, lo lógico es pensar que hay serios indicios que apuntan a que la fiesta ha sobrepasado la hora de cierre.