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El botón de la sospecha de Mariano

La IA: ayuda para los periodistas. Pero el que firma es el autorNuman Ali

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El sábado, durante un partido de fútbol, en los campos municipales de Villaviciosa de Odón, un amigo, Mariano Bullido, sin pelos en la lengua aunque con gran bigote, me soltó: “Ahora los periodistas todo lo hacéis dándole al botón de la IA, que os hace el trabajo”. Lo dijo con esa confianza que permite hablar sin rodeos. Me reí. Todos los que estaban a nuestro alrededor se rieron también. Después pensé la trascendencia de su sospecha.

Hoy cualquiera puede pedirle a una máquina una noticia, un reportaje o un artículo y tener el texto antes de terminar el café. Tendrá título, varios párrafos y una conclusión aparentemente sensata. Incluso puede imitar el tono de quien se lo pida. La pregunta es qué sabe ese texto de lo que cuenta y quién responde por él.

Utilizo la inteligencia artificial. Me ayuda a ordenar ideas, a detectar repeticiones, a corregir la ortografía o, incluso, a comprobar si un enfoque se entiende en el sentido que quieres darle. A veces le planteo un argumento y le pido que encuentre sus puntos débiles. Eso me obliga a volver sobre lo escrito. Otras veces su propuesta no me sirve y la descarto. No veo mérito alguno en ocultar una herramienta que está al alcance de todos los periodistas. En ESdiario disfrutamos de la IA desde al menos 2015. Y mes a mes sirve para cada vez más cosas.

Llevo cuarenta años en la comunicación y he aprendido que escribir bien es solo una parte del trabajo. Antes hay que saber qué ocurre, escuchar, preguntar, o distinguir un dato de una sospecha o de un bulo y decidir qué merece publicarse. Y después toca revisar cada frase. La IA puede ayudar en algunas de esas tareas, pero también se equivoca con una seguridad sospechosa. Una cita inventada o una acusación mal sostenida no dejan de serlo porque vengan redactadas de una manera impecable.

Hay límites que al menos para mí están claros. No atribuiré a una fuente palabras que no ha dicho. No contaré como vivida una escena que no he presenciado. No daré por comprobado un dato porque aparezca en una respuesta convincente. Tampoco introduciría información confidencial en una herramienta sin saber qué se va a hacer con ella. Son obligaciones conocidas por cualquier plumilla. La facilidad para generar contenidos nos exige prestarles todavía más atención.

Mi amigo apuntaba también a algo menos fácil de medir: si dejamos que la máquina escriba por nosotros, podemos acabar sonando todos igual. Se nota cuando un texto encadena frases correctas sin que aparezcan ideas propias. La voz de un periodista se va haciendo a base de años, con sus lecturas, sus escritos, sus vivencias, sus errores y hasta sus manías. Se conserva trabajando cada artículo, tachando lo que sobra y atreviéndose a decir con claridad lo que uno piensa.

Queda la transparencia. El lector tiene derecho a saber cómo se ha elaborado lo que lee cuando el uso de la IA haya sido decisivo. No hace falta convertir cada corrección de estilo en una nota al pie. Sí conviene explicar si una investigación, una imagen o un texto se han generado de una forma que pueda cambiar la idea que el público se hace de ellos.

No sé si convenceré a mi amigo. Como suele decirse: “Me alegro de su pregunta”. Porque detrás de ella hay una preocupación natural. Si cada vez resulta más fácil redactar artículos, los periodistas tendremos que ser más exigentes con lo que publicamos.

El botón puede escribir. El que firma soy yo.