Salimos de casa vivos, pero nadie nos garantiza regresar
Zona Cero del accidente ferroviario de Toledo
Salieron de sus casas como cualquier otro día. Algunos dieron un beso de despedida, otros dijeron un apresurado "hasta luego" y muchos, seguramente, se marcharon sin despedirse. Tenían proyectos, compromisos, preocupaciones y planes para mañana. Pero para algunas de aquellas personas, el mañana nunca llegará. La tragedia ferroviaria nos recuerda una verdad que conocemos perfectamente, pero que nos empeñamos en ignorar: estamos vivos, pero no sabemos durante cuánto tiempo.
Bastan unos segundos para que todo termine. Un instante separa la vida de la muerte. Podemos salir de casa sanos, felices, preocupados por cualquier insignificancia y, minutos después, haber dejado de existir. Justamente ayer yo hice un viaje en AVE similar. Hoy llevo reflexionado toda la mañana sobre lo efímera que es la existencia
Los filósofos estoicos comprendieron esta realidad hace más de dos mil años. Marco Aurelio, emperador romano y uno de los grandes representantes del estoicismo, nos invitaba a vivir conscientes de nuestra propia mortalidad. No para angustiarnos, sino precisamente para aprender a vivir mejor. "Memento mori", recuerda que morirás. Esta expresión, asociada a la tradición estoica, no constituye una invitación al pesimismo, sino una extraordinaria lección de sabiduría.
Porque si realmente fuéramos conscientes de lo breve e imprevisible que puede ser nuestra existencia, probablemente viviríamos de otra manera. Discutiríamos menos por tonterías. Perdonaríamos antes. Diríamos más veces "te quiero". Abrazaríamos con mayor frecuencia. Dejaríamos de aplazar conversaciones importantes y dedicaríamos menos tiempo a cultivar rencores que, al final, no sirven absolutamente para nada.
Séneca nos dejó una reflexión especialmente pertinente: "No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho". Y tenía razón. Desperdiciamos una parte considerable de nuestra existencia preocupándonos por lo que todavía no ha sucedido, lamentándonos por lo que ya pasó y olvidándonos de lo único que verdaderamente poseemos: el presente.
Vivimos como si fuéramos eternos. Aplazamos la felicidad para cuando nos jubilemos, cuando tengamos más dinero, cuando desaparezcan los problemas o cuando llegue ese momento perfecto que, con frecuencia, nunca llega. Desde la psiquiatría sabemos que la conciencia de nuestra finitud puede producir angustia, pero también ayudarnos a reorganizar nuestras prioridades y a distinguir lo esencial de lo accesorio.
Aprovechar el momento no significa vivir irresponsablemente ni buscar placeres inmediatos. Significa vivir con intensidad, conciencia, dignidad y sentido. Significa comprender que cada día constituye una oportunidad que no tenemos asegurada. Quienes han perdido la vida en esta tragedia no sabían que estaban viviendo sus últimas horas. Exactamente igual que nosotros desconocemos cuándo viviremos las nuestras.
Por eso, cuando hoy regresemos a casa, abracemos a quienes queremos. No dejemos para mañana una reconciliación posible ni una palabra de afecto que podemos pronunciar ahora. Y recordemos algo que resulta tan sencillo como estremecedor: Cada mañana salimos de casa con la intención de regresar. Pero regresar nunca está garantizado.
La muerte no avisa, no negocia y no entiende de edades, proyectos ni ilusiones. La gran enseñanza del estoicismo no consiste en aprender a morir, sino en aprender a vivir antes de que sea demasiado tarde. Porque, al final, la vida no se mide solamente por los años que hemos vivido, sino por lo que hemos sido capaces de hacer con ellos.
No sabemos cuánto tiempo nos queda. Pero sí podemos decidir qué hacemos con el tiempo que tenemos.