| 20 de Enero de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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La nostalgia frente a un mundo derruido

Cualquier tiempo pasado no fue mejor ni peor: es irrecuperable. Y algunos tendemos a sentir debilidad por las causas perdidas. O malheridas.

| Roberto Granda Opinión

 

“Los tiempos están cambiando”, le decía Pat Garrett a un descreído Billy en la maravillosa obra crepuscular de Sam Peckinpah, con música de Bob Dylan de fondo. Consecuentemente, él respondía: “Los tiempos tal vez, pero yo no”. Poco después, el primero mataría por la espalda al segundo. Al que había sido su amigo.

Garrett actuaba en nombre de la supervivencia y de la practicidad, pero sabía que, a su vez, traicionaba todo lo que era, y por eso se aleja taciturno hacia un amanecer incierto, mientras un niño lanza piedras a la sombra de su caballo. 

Existe un reducto de españoles anclados en otros tiempos que aún quieren reunirse y celebrar a la vieja usanza. Al calor de una charla entrañable, de una botella de vino, de un hilo musical, de risas tan estupendas, tan sin complejos. Juntos como siempre han querido estar. De la unión sale la fuerza. La tradición como acto contestatario. Ya saben, no digan feliz Navidad, que es de fachas.

 

Mi infancia son recuerdos de un patio... de vecinos de Oviedo. También las películas que veíamos en familia, con mi padre encargado de la selección. Moby Dick y la epopeya marina de quien persigue sin descanso sus demonios, Raíces Profundas con Alan Ladd sabiendo que uno no puede dejar de ser lo que es, torcer su destino, y que hay determinadas biografías que llevan una marca imborrable; las aventuras arqueológicas a cargo del Spielberg ochentero que siguen haciendo las delicias de pequeños y mayores.

Uno añora aquellas navidades de la niñez impregnadas por el aroma ficticio de sal y pólvora, algún día oleréis tierra donde no la hay, de historias de Dickens y lechazo haciéndose al horno; Carlos Gardel diciendo que veinte años no es nada, cuando uno ni sabía lo que eran dos décadas en las muescas de la existencia; la lluvia que cae sobre el corazón de Sinatra y la Credence Clearwater Revival cantándole a chicas descalzas que bailan a la luz de la luna; porque la nostalgia es un catalizador de sentimientos y una trampa que nos juegan la memoria y la melancolía.

Protejan a los niños de la posmodernidad. Y de sus trampas actuales. Que sigan pensando que de Oriente vienen los Reyes y no los virus. Hagan que sus hijos vean cine del que no se marchita

Cualquier tiempo pasado no fue mejor ni peor: es irrecuperable. Y algunos tendemos a sentir debilidad por las causas perdidas. O malheridas. Aferrados tozudamente a pasiones en desuso. A las lecturas pausadas y el cine de siempre. A sabiendas de que es peligroso volver a los lugares donde uno fue feliz, aunque sea al fondo de un vaso de sidra, al abismo de un recuerdo o al fotograma olvidado de una película.

Si me permiten un consejo, protejan a los niños de la posmodernidad. Y de sus trampas actuales. Que sigan pensando que de Oriente vienen los Reyes y no los virus. Hagan que sus hijos vean cine. Cine bueno, del que no se marchita ni flaquea. Compren y regalen libros. Libros de papel, sí, ese acto revolucionario.

La basura digital

Ya tendrán tiempo, los retoños, para ingerir su ración diaria de basura digital (no les den un smartphone cuando aún no se han desprendido los dientes de leche, no sean mastuerzos). Y que puedan acumular vivencias afectuosas que algún día les servirán. La infancia es la época donde se registran afectos y traumas con la misma intensidad. Y donde se reciben las herramientas básicas que conforman un carácter.

Sin esas herramientas, sin el poso de la lucidez que dejan la letra impresa y las imágenes perennes, sólo serán adultos somnolientos y amodorrados, gente desconcertada boxeando sin guantes contra problemas creados en las bajas pasiones de la autoestima cibernética, la presión social y la necesidad constante de agradar a desconocidos entre selfies y otras frivolidades.

Mantener intacto ese reducto de lo mejor de los niños es una responsabilidad tan grande que no se puede dejar en manos de gobiernos pazguatos y psicopáticos. Díganles a los niños que aún es posible la hora del esplendor en la hierba, que a John Wayne el cáncer nunca lo bajó de su caballo, que la abuela va a estar ahí todas las navidades del futuro. Díganles que existe un futuro, donde siempre será día de Reyes. Para perder inocencias y certezas ya se encarga la vida. Para conocer la cara amarga que aguarda tras la esquina de toda felicidad.