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Otra (humilde) carta a Pablo Echenique

El autor remite otra epístola al portavoz de Podemos, tras su apoyo a la violencia desatada por el encarcelamiento de Pablo Hasel.

Pablo Eechenique

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Querido Pablo, estimado señor Echenique:

Desconozco dónde haces la compra, si acaso no te la hace uno de esos asistentes personales que tanto os gustan en Podemos y que cobran en A si paga el Estado pero en B si os rascáis el bolsillo vosotros; pero dudo de que sea en cualquiera de los comercios que esta semana han destrozado los amigos de Pablo Hasel, que son los de tu partido o de otro similar.

No te imagino entrando en una tienda de la calle Arenal que, después de un año de restricciones pandémicas y filoménicas, ha visto cómo una horda de zoquetes encapuchados ha quemado su local en nombre de la libertad de expresión.

Ni la cercanía que suscita tu estado de salud, tus impedimentos físicos y la empatía que despierta el esfuerzo de personas con tu enfermedad serían suficientes para que Concha, Paco, Joan o como quiera que se llamen los pequeños comerciantes afectados te mandaran a tomar por ese epílogo de la espalda que tú llevas motorizada y a cubierto siempre por lo que pueda pasar.

O sea, que unos niños de papá como Hasel y Valtònyc se ganan a pulso sus condenas por pedirle a los más tontos de cada clase que peguen un tiro a un guardia civil, pongan una bomba a un fiscal o se carguen a un empresario y vuestra respuesta es animar a que la borregada que les sigue prenda fuego a Mercería Loli, Ultramarinos Mayte o Frutos Secos Medina.

Es curioso que vosotros veáis machistas, homófobos, xenófobos o torturadores hasta en Dumbo y que hayáis creado la Policía Puritana y el Cuerpo de Bomberos de Farenheit 451 para quemar en público toda aquella palabra, idea o pregunta que sobrepase los castrantes límites de vuestra libertad de expresión… y que luego incluyáis en ese derecho, paradójicamente, a un trastornado que anima a imitar a ETA o al pollino que prende fuego a una tienda de vestidos de novia.

O sea, que hay que enterrar “Lo que el viento se llevó” para que las nuevas generaciones no piensen que los negros solo sirven para recoger algodón o decir cada media frase “los y las” lo que sea o seo para esquivar la tentación de pensar que la mujer es inferior al hombre… pero no hay relación directa entre ensalzar la violencia contra instituciones y personas concretas y que algún partisano la lleve a la práctica.

"La mataré"

He hecho una rápida encuesta doméstica y no he encontrado a nadie que, tras leer “Diez negritos”, haya salido a la calle y le haya pedido al primer negro que pasaba por allí que fuera a su casa a limpiarle los baños, bajo amenaza de latigazo.

Tampoco he detectado caso de sujeto que, tras escuchar “La mataré” de Loquillo, haya acuchillado a su exnovia. O se haya hecho pederasta tras leer Lolita o conocer por Stefan Zweig que Goethe escribió su preciosa Elegía de Marienband impulsado por el rechazo de una menor a su amor babeante de senectud.

Siempre ha habido idiotas, lo hagan como sus artistas de cabecera o como la niñata nazi hiperventilada, pero lo que les ha hecho peligrosos es que sus barbaridades se blanqueen desde los poderes públicos

Ni siquiera he podido encontrar ejemplo de acémila que, tras reírse de un desagradable chiste de mariquitas de Arévalo, se haya echado a las calles de Chueca a gritar “¡maricones!” hasta a la papelera del barrio.

Habrá quien por maldad, ignorancia, estupidez o cualquiera de los defectos intelectuales que le adornen, sienta esos impulsos e incluso los lleve a la práctica en una versión light o extrema, pero ni presumen de ello ni gozan de prestigio social ni desde luego tienen el respaldo de ningún partido, y mucho menos de Gobierno.

Sí es sencillo encontrar ejemplos de cómo los mensajes mendrugos de esos dos raperos de medio pelo y de cómo el respaldo que vosotros les dais, aunque ellos piensen que sois una panda de burgueses, provocan muertes, estragos, violencia y desperfectos: puedes tú mismo repasar el listado de cada víctima de ETA para entender que detrás de un salvaje disparando en la nunca de un ser humano hubo un Hasel cargándole la pistola.

El mal gusto y el delito

El mal gusto no es delito y no se resuelve con el Código Penal, sino con la educación y el respeto, que es lo que me hace a mí no ir insultando a jefes de Estado ni quemando banderas ni evacuando en dioses ajenos al mío tenga o no consecuencias penales. Los Willys Toledos, Guillermos Zapatas y Cassandras son unos torpes mamarrachos y unos maleducados, pero no unos delincuentes cuando denigran a la Virgen, bromean con los judíos o hacen escarnio de Carrero Blanco: su mejor condena es el oprobio público. Y ya lo tienen.

Pero cuando Valtònyc (José Miguel para los amigos) y Hasel (Pablo Rivadulla, tócame la grulla) dicen desde un escenario, un plató o una entrevista “Salid y pegarle un tiro a un guardia civil” o defienden el terrorismo; lo están animando. En abril de 2018, un usuario de las redes sociales llamado Alberto Moreno hizo este chiste:

  • ¿Qué le hace sonreír a un parapléjico?
  • Que todo va sobre ruedas.

Le cayó la del pulpo, y no cesó hasta que dio una explicación: él mismo estaba paralizado de cuello para abajo y reivindicaba la posibilidad de reírse de sí mismo, algo que tú mismo haces habitualmente con encomiable deportividad y que, en boca ajena, sería tan de mal gusto como penalmente irrelevante.

A finales de los años 30, en Alemania se naturalizó el asesinato en masa de discapacitados, e incluso se difundían carteles explicativos para justificarlo: el coste de mantener diariamente a alguien como tú, Pablo, equivalía al de alimentar a una familia alemana entera “sana”.

Total que, una vez lanzada la idea, se procedió a su aplicación en un plan de eutanasia que acabó con la vida de al menos 100.000 personas y sirvió para perfeccionar los procedimientos de crímenes en masa aplicados luego a hasta 6 millones de judíos. En el caso de los minusválidos, el Reich se permitía la crueldad añadida de girar una factura a los familiares de sus víctimas detallándoles el coste de haber “atendido” a sus familiares.

Cartel de la época nazi donde se comparaba el coste de un enfermo con el de alimentar a toda una familia aria sana, extraído de una web en homenaje a Ana Frank

Hitler no abrió nunca el grifo del gas Zyclon ni puso una inyección ni cavó una fosa común, pero su mera pedagogía al respecto del Holocausto es suficiente para hacerle responsable del mal más abyecto que ha asolado a la Humanidad, pues a pesar de que vuestro amigo Stalin le superó cuantitativamente (“Un muerto es un drama, veinte millones, una estadística", recordaba Martin Amis) nadie pensó, planificó y ejecutó un plan perfecto para aniquilar a todo un pueblo concreto.

Las peores barbaridades empiezan por alguien que las piensa, y suelen concluir en alguien que las ejecuta. Pero solo unas pocas se convierten en hegemónicas cuando, al Hasel que las dice y al grapo que las materializa, se le añade el partido o el Gobierno que las tolera, las incentiva o incluso las hace propias.

A finales de los años 30, en Alemania se naturalizó el asesinato en masa de discapacitados, e incluso se difundían carteles para justificarlo: su coste

Y eso hacen ustedes con los raperos, con el separatismo, con el chavismo, con el comunismo o con esa nueva Batasuna llamada Bildu que tiene al frente al mismo gaznápiro que estaba en la playa, de picnic, cuando sus colegas asesinaron a Miguel Ángel Blanco y toda España estábamos con las manos blancas, las almas negras y los ojos rojos de llorar.

No sé dónde estaba usted aquel día, si intentando ya militar en Ciudadanos o en el PSOE o en cualquiera de los rediles que le han dado al final esa vida de lujos que lleva, pillín. Pero si sé dónde está ahora: alimentando “La ola” que a ustedes mismos se les ha llevado por delante, pues no hay manera de encabezar a una guerrilla desde el barrio Salamanca, la reserva natural de Galapagar ni el despliegue de coches oficiales, niñeras del Estado, sueldos del Ibex 35 y vidorra de vino y rosas que toda su tropa se pega desde que vinieron a salvar al pueblo.

Vayan un día al bar de la esquina para darse cuenta de cómo les ven, pero háganlo en primavera no sea que se lleven una tunda de gorrazos aún en activo por el frío. Yo le echaré un cable, Pablito, que a mí sí me dejan entrar y paso en ello todo el tiempo que puedo y a ellos les dejan abrir, que no será mucho hasta que el posadero se ponga una capucha y diga que sirve cañas en nombre de ERC.

Dígaselo a Pedro

Siempre ha habido idiotas, lo hagan como sus artistas de cabecera o como la niñata nazi hiperventilada que ensalzó a las SS en un homenaje a la División Azul, pero lo que les ha hecho de verdad peligrosos es que sus barbaridades, por acción u omisión, se blanqueen desde los poderes públicos.

Y tú, Pablito, y vosotros, Podemos, estáis cargando las pistolas. Y dile al otro cómplice, de apellido Sánchez y de nombre Pedro, que dejaros las llaves de la armería para mantener él las del Falcon también le hace responsable de esta vergüenza.

Echa el freno, Magdaleno. Mira qué chistoso me ha quedado.



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