El bienestar se mide…pero no siempre se entiende y una copita de vino bien llevada, que no falte

FONENDO
Hay algo profundamente tranquilizador en que alguien decida medir nuestro bienestar. Como si, de repente, lo intangible —esa mezcla de dormir mal, comer regular, tener estrés existencial y una vaga sensación de “algo no va bien”— pudiera convertirse en un Excel.
Y ahí estamos: estrenando barómetro.
El flamante Observatorio del Bienestar Integral, impulsado por Somos Fanes y la Clínica Universidad de Navarra, llega con una ambición encomiable: medirlo todo. Lo físico, lo psicoemocional, lo social… y sí, también lo espiritual. Que ya era hora de que alguien se atreviera a ponerle indicadores a eso que uno siente un domingo por la tarde cuando se acaba el fin de semana y empieza la vida adulta.
La propuesta es seria. Muy seria. Ciencia, metodología, expertos de primer nivel y el respaldo de instituciones que van desde el Comité Olímpico Español hasta Deloitte. Es decir, músculo hay. Y del bueno. Porque, como bien dicen sus impulsores, la salud no es solo la ausencia de enfermedad. Lo sabemos desde hace años, pero ahora, además, lo vamos a poder medir. Que no es poca cosa.
Porque medir implica reconocer. Y reconocer implica —al menos en teoría— actuar. El problema, como siempre, no está en el diagnóstico, sino en lo que hacemos después con él. Sabemos que estamos cansados, que comemos rápido, que dormimos peor y que vivimos con el cortisol en modo notificación permanente… pero seguimos adelante. Como si nada.
Mientras tanto, la ciencia avanza. Y a veces nos lanza mensajes que, bien interpretados, invitan a la calma. Como ese estudio reciente con más de 30.000 participantes que vuelve a reivindicar la dieta mediterránea —con vino incluido, ojo— como aliada de la salud cardiovascular y la longevidad.
El titular es tentador: una copa de vino al día podría asociarse a menor riesgo de mortalidad. Y ya nos vemos todos brindando por la evidencia científica. Pero conviene no venirse arriba: hablamos de consumo moderado, dentro de un patrón saludable, y no de justificar el “me lo merezco” diario. Que nos conocemos.
Porque si algo define nuestra relación con la salud es esa fina línea entre la prevención y la autoindulgencia.
Y en medio de todo este discurso sobre bienestar medible, hábitos saludables y estilo de vida equilibrado, aparece la realidad. La que no siempre entra en los barómetros. La que no se deja cuantificar con facilidad.
Ahí está la mastocitosis, por ejemplo. Una de esas enfermedades raras que siguen siendo invisibles. Invisibles para el sistema, para el entorno… y muchas veces incluso para quienes deberían diagnosticarlas.
Pacientes que tardan años —a veces más de una década— en poner nombre a lo que les pasa. Síntomas que se minimizan, diagnósticos que no llegan, vidas que se reorganizan en torno a lo imprevisible. Y una constante: “no parece que estés enfermo”.
Quizá ese sea el verdadero desafío del bienestar integral: integrar también lo que no se ve.
Porque podemos medir el estrés, el sueño o la adherencia a la dieta mediterránea, pero ¿cómo medimos la incertidumbre? ¿Cómo se cuantifica vivir con miedo a una reacción anafiláctica? ¿O la carga emocional de no ser creído?
Tal vez el valor de este nuevo barómetro no esté solo en los datos que genere, sino en las preguntas que obligue a hacerse.
Porque al final, entre indicadores, estudios y recomendaciones, el bienestar sigue siendo algo profundamente humano. Imperfecto, cambiante y, en muchos casos, difícil de encajar en una gráfica.
Eso sí, si el Excel incluye una casilla para “copita de vino bien llevada”, que no falte.
Por rigor científico, claro.