Estornudar al sol y otras maneras que tiene el cuerpo de recordarnos que manda él

FONENDO
Hay personas que estornudan cuando miran al sol. Así, sin más. Sales de casa, te pega el fogonazo de luz de las once de la mañana y… ¡achís! Como si el cuerpo hubiese decidido que demasiada claridad tampoco era buena para la democracia interna del organismo.
Durante años pensé que aquello era una exageración de señoras en la playa, junto al clásico “niño, ponte una camiseta que refresca”. Pero no. Resulta que el llamado estornudo fótico existe. Tiene nombre serio, estudios científicos, conexiones neuronales, nervio trigémino y hasta referencias mitológicas. Prometeo robó el fuego a los dioses y, por lo visto, también inauguró la alergia primaveral.
La ciencia lleva décadas intentando entender por qué algunas personas estornudan al mirar una luz brillante y la conclusión, más o menos sofisticada, es que los cables del cerebro a veces hacen interferencias. Como en las casas antiguas: enciendes la vitro y parpadea el baño. Pues aquí igual: entra luz por el ojo y el cerebro decide responder como si le estuvieran metiendo pimienta en la nariz.
Lo maravilloso del asunto es que esta reacción afecta hasta a un 30% de la población y, aun así, nadie le hace demasiado caso porque, seamos sinceros, hay problemas más urgentes. Aunque convendría reivindicar el drama cotidiano del estornudador fótico: esa persona que sale del portal cegada por el sol estornuda tres veces seguidas y durante unos segundos pierde completamente la dignidad y la orientación espacial.
Pero el cuerpo humano nunca desaprovecha una oportunidad para sorprendernos. Porque mientras algunos estornudan mirando al cielo, otros viven convencidos de que están perfectamente sanos… hasta que una prueba médica demuestra que no exactamente.
Y ahí entra la nueva obsesión de la medicina moderna: adelantarse a la enfermedad antes de que ella tenga la cortesía de avisar. Hemos pasado de ir al médico cuando algo dolía a intentar descubrir qué nos dolerá dentro de diez años. La inmunología predictiva, que suena un poco a serie de ciencia ficción de sobremesa, consiste precisamente en eso: analizar biomarcadores, autoanticuerpos y perfiles inmunitarios para detectar riesgos antes incluso de que aparezcan síntomas.
Es decir, que igual usted todavía no sabe qué va a desarrollar una enfermedad, pero su sistema inmunitario ya lo sospecha. Fascinante y ligeramente inquietante a partes iguales.
La medicina actual quiere anticiparse a todo: cáncer, enfermedades autoinmunes, infecciones, respuesta a tratamientos… Uno ya no va a hacerse análisis; uno va a que le lean el futuro inmunológico. Antes te echaban las cartas; ahora te hacen un inmunofenotipo.
Y, ojo, tiene sentido. Porque detectar precozmente muchas enfermedades puede cambiar radicalmente el pronóstico. La prevención salva vidas, mejora tratamientos y evita complicaciones. El problema es que el cuerpo humano sigue siendo una mezcla entrañable de alta tecnología biológica y comportamiento absurdo.
Porque mientras la ciencia intenta descifrar sofisticados biomarcadores moleculares, seguimos teniendo cerebros que confunden un rayo de sol con una mota de polvo en la nariz.
Quizá por eso la medicina nunca dejará de ser una disciplina profundamente humilde. Cada avance espectacular convive con pequeños misterios ridículos que nos recuerdan que el organismo humano continúa haciendo lo que le da la gana desde hace miles de años.
Y probablemente ahí esté parte de su encanto.
Porque la primavera ya no llega con flores, sino con estornudos en surround, ojos en modo catarata y personas que descubren, una vez más, que su organismo tiene formas muy creativas de protestar. Algunos estornudan mirando al sol; otros, directamente, cuando el polen decide conquistar la atmósfera nacional. En cuanto suben las gramíneas, media España entra en bucle entre el kleenex, el antihistamínico y la cita médica.
Según Rastreator, uno de cada cuatro españoles visita al médico cada mes y el 45% tira del médico de cabecera antes que del alergólogo, quizá porque conseguir cita con este último tiene más suspense que una final de Eurovisión. Eso sí, el seguro de salud suele cubrir consultas, pruebas y tratamientos, aunque conviene leer la letra pequeña antes de descubrir que el polen sí entra… pero tu alergia “ya existía”. Las famosas preexistencias y los periodos de carencia aparecen entonces como esos invitados incómodos que nadie esperaba en plena temporada de gramíneas.
Así que sí: la medicina será capaz de predecir enfermedades antes incluso de que aparezcan. Pero mientras llega ese futuro sofisticado, yo me conformaría con un sistema que avisara cinco segundos antes de estornudar mirando al sol. Más que nada por dejar de asustar a la gente en los semáforos.