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La salud mental se ha convertido en eslogan

Salud Mental

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José Carlos Fuertes
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En los últimos años se ha producido un fenómeno preocupante: la salud mental ha pasado de ser un tema silenciado a convertirse en un asunto de conversación cotidiana. Esto, en principio, es positivo. Durante décadas muchas personas han sufrido en silencio por vergüenza, miedo al estigma o falta de comprensión social. Hablar de ansiedad, depresión, trauma o trastornos mentales ha permitido que muchos pacientes pidan ayuda antes y que la sociedad sea más sensible al sufrimiento psíquico.

Pero junto a ese avance ha aparecido un riesgo evidente: la banalización. Hoy se utilizan palabras clínicas con una ligereza extraordinaria. Se dice “tengo depresión” para referirse a un día triste, “me da ansiedad” para expresar incomodidad, “soy bipolar” para justificar cambios de humor, o “tengo TOC” porque a alguien le gusta el orden. Las redes sociales han amplificado este fenómeno hasta convertir diagnósticos serios en etiquetas virales, frases de autoidentificación o incluso elementos de personalidad.

Y esto no es inocente. Una depresión mayor no es estar bajo de ánimo. Es un trastorno que puede cursar con desesperanza profunda, anhedonia, insomnio o hipersomnia, pérdida de energía, enlentecimiento psicomotor, culpa patológica, deterioro cognitivo, abandono personal e ideación suicida. Una persona deprimida no está simplemente “triste”; esta literalmente incapacitada para vivir con normalidad.

La ansiedad clínica tampoco es estar nervioso antes de una reunión, un examen o una entrevista. El trastorno de ansiedad puede provocar crisis de pánico, sensación de muerte inminente, hipervigilancia, evitación, insomnio, somatizaciones, bloqueo cognitivo y una limitación muy importante de la vida cotidiana. Quien la padece no necesita que le digan “relájate”; necesita comprensión, diagnóstico y tratamiento adecuado.

Lo mismo ocurre con los trastornos psicóticos. Una psicosis no es “pensar raro”, tener ideas extravagantes o sentirse diferente. Es una alteración grave de la percepción de la realidad, que puede incluir delirios, alucinaciones, desorganización del pensamiento, conducta extraña, aislamiento, deterioro funcional y enorme sufrimiento para el paciente y su familia.

Especialmente preocupante es la desinformación que rodea al consumo, abuso y dependencia de drogas. En determinados entornos se presenta el cannabis como una sustancia inocua, natural, casi terapéutica en cualquier circunstancia. Sin embargo, desde la práctica clínica sabemos que en personas vulnerables puede actuar como desencadenante o agravante de cuadros psiquiátricos graves. Puede precipitar crisis de ansiedad, episodios de despersonalización, ideación paranoide, insomnio severo, descompensaciones afectivas y cuadros psicóticos.

No se trata de afirmar que todo consumidor de cannabis vaya a desarrollar una psicosis. Eso sería falso. Pero negar que existe un riesgo, especialmente en adolescentes, jóvenes, personas con antecedentes familiares o individuos vulnerables, es una grave irresponsabilidad. La banalización del consumo puede retrasar la percepción del peligro y favorecer que muchas familias consulten cuando el cuadro ya está muy avanzado.

El problema de fondo es que hemos confundido hablar de salud mental con diagnosticar cualquier malestar. No todo sufrimiento es enfermedad. La vida incluye tristeza, frustración, duelo, miedo, incertidumbre y malestar. Convertir cada emoción desagradable en un diagnóstico psiquiátrico empobrece la comprensión de la experiencia humana y, al mismo tiempo, resta gravedad a los verdaderos trastornos mentales.

También existe el riesgo contrario: que al banalizar tanto los términos, cuando alguien realmente está enfermo no se le tome en serio. Si todo el mundo “tiene depresión”, la depresión grave pierde visibilidad. Si todo el mundo “tiene ansiedad”, el paciente que no puede salir de casa por crisis de pánico queda diluido entre frases hechas. Si todo comportamiento extraño se llama “psicosis”, se pierde el respeto clínico por una patología que puede ser devastadora.

La salud mental necesita divulgación, pero no simplificación irresponsable. Necesita sensibilidad, pero también rigor. Necesita menos eslóganes y más conocimiento. No ayuda convertir los diagnósticos en modas, ni hacer de la enfermedad mental una identidad estética, ni sustituir la evaluación profesional por vídeos breves, frases motivacionales o autodiagnósticos de redes sociales.

Hablar de salud mental es necesario. Pero hablar mal de salud mental también puede hacer daño. La psiquiatría no existe para etiquetar personas, sino para comprender el sufrimiento, diferenciar lo normal de lo patológico, valorar la gravedad, indicar tratamientos y acompañar procesos complejos. 

Una etiqueta diagnóstica no debe ser una medalla, ni una excusa, ni una moda. Debe ser una herramienta clínica al servicio del paciente. Porque detrás de cada diagnóstico verdadero no hay una frase viral. Hay una persona que sufre.

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