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El cuerpo siempre avisa... aunque no siempre queramos escucharlo

FONENDO

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Hay enfermedades que llegan haciendo ruido. Y otras que se instalan sin avisar y dando problemas cuando ya es demasiado tarde. La enfermedad renal crónica pertenece a este segundo grupo. No duele, no protesta, no da titulares... hasta que un buen día los riñones deciden presentar la dimisión.

Por eso merece la pena detenerse en iniciativas como la puesta en marcha por el Hospital Universitario La Luz con el programa IntERCede, que persigue algo tan poco glamuroso como tremendamente eficaz: detectar antes a los pacientes con riesgo de enfermedad renal crónica. En un país donde más del 15 % de los adultos la padecen y dos de cada tres ni siquiera saben que la tienen, apostar por la prevención no debería ser noticia. Debería ser la norma.

El proyecto reúne a cardiólogos, nefrólogos y Atención Primaria bajo una idea tan revolucionaria como de sentido común: si corazón y riñón llevan toda la vida trabajando en equipo, quizá los médicos también deberían hacerlo. Porque cuando uno falla, el otro suele ir detrás, y esperar a que aparezcan los síntomas es como esperar a que salga humo del motor para comprobar el nivel del aceite.

Vivimos, sin embargo, en una sociedad con cierta querencia por ignorar las señales del cuerpo. Nos hacemos revisiones cuando el coche cumple kilómetros, pero no cuando nosotros cumplimos años. Nos preocupa más la batería del móvil que la tensión arterial y damos por hecho que, mientras nada moleste, todo funciona correctamente.

Y hablando de señales que el organismo envía...

También hace unos días conocíamos el hallazgo de una causa genética de una forma de hiperhidrosis, esa sudoración excesiva que muchos siguen considerando una simple incomodidad veraniega. Pues resulta que no. Detrás de ese exceso de sudor puede haber una alteración genética que explique un trastorno que afecta seriamente a la calidad de vida de quienes lo padecen.

La noticia tiene algo de poética científica. Mientras los nefrólogos intentan descubrir una enfermedad que se esconde en silencio, los investigadores de la hiperhidrosis explican por qué hay cuerpos que, literalmente, no pueden dejar de hablar. Unos riñones callan demasiado; unas glándulas sudoríparas se expresan con un entusiasmo desmedido. El organismo siempre encuentra una manera de comunicarse. El problema es que nosotros solemos interpretar mejor un WhatsApp que una analítica o unas manos permanentemente empapadas.

La medicina moderna avanza precisamente en esa dirección: dejar de apagar incendios para aprender a leer las pistas antes de que aparezcan las llamas. La genética ayuda a entender enfermedades aparentemente inexplicables; la inteligencia clínica permite detectar otras antes de que den la cara. En ambos casos, el objetivo es el mismo: adelantarse.

Quizá haya llegado el momento de reconciliarnos con esa vieja costumbre de escuchar al cuerpo. Aunque, siendo sinceros, si sigue enviando mensajes tan discretos como los riñones o tan escandalosos como el sudor, tampoco estaría de más que viniera con subtítulos.

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