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sanitas en un estudio dice que sí

¿Tienen miedo los jóvenes a enseñar el cuerpo en verano?

La comparación con cuerpos editados y la búsqueda rápida de cambios físicos pueden aumentar la inseguridad y favorecer conductas de evitación social.

La playa de la Malagueta con jóvenes tendidos. 
Álex Zea / Europa Press
13/2/2024

La playa de la Malagueta con jóvenes tendidos. Álex Zea / Europa Press 13/2/2024Europa Press

Israel García Juez
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La llegada del verano intensifica la exposición del cuerpo en espacios como la playa, la piscina o los planes al aire libre. 

Esta situación puede resultar especialmente compleja para la población joven, que vive gran parte de su socialización en entornos donde la imagen tiene un peso constante y donde las redes sociales multiplican la comparación con cuerpos editados o seleccionados. 

Aunque este fenómeno no es exclusivo de jóvenes y adolescentes, en esta etapa puede tener un impacto especialmente significativo debido al momento de desarrollo en el que se encuentran.

En este contexto, enseñar el cuerpo puede dejar de ser un gesto cotidiano y convertirse en una fuente de tensión. 

La persona no solo piensa en cómo se ve, sino en cómo cree que será observada, fotografiada o comparada. 

Esa anticipación puede activar vergüenza, inseguridad y una necesidad de control que acaba condicionando la ropa que elige, los planes que acepta o incluso la decisión de acudir a determinados espacios.

“En muchos jóvenes, la presión no aparece únicamente por el cuerpo que tienen, sino por la distancia que perciben entre su imagen y el ideal que creen que deberían alcanzar. Las redes sociales muestran cuerpos muy seleccionados, con luz, postura, edición o incluso completamente fabricados, pero el cerebro los recibe como referencias reales, válidos y alcanzables, incluso cuando no lo son. Cuando esa comparación se repite, la autoestima puede quedar demasiado vinculada a cumplir un estándar físico”, explica Silvia Mérida Expósito, psicóloga de Blua de Sanitas.

Esta relación con la imagen corporal se vuelve más rígida cuando el valor personal depende de acercarse a una versión supuestamente perfecta del cuerpo. Trabajar el bienestar emocional implica ampliar la autoestima más allá de la apariencia física, reconocer las propias capacidades y construir una mirada menos punitiva hacia los cambios normales del cuerpo. La aceptación corporal no exige gustarse en todo momento, pero sí permite dejar de tratar el cuerpo como un motivo constante de evaluación.

El problema se agrava cuando la necesidad de modificar la apariencia se aborda desde dietas restrictivas o cambios bruscos de hábitos con el único objetivo de adelgazar modificar el peso o la apariencia antes del verano. Reducir de forma drástica la ingesta, eliminar grupos de alimentos sin criterio profesional o compensar cada comida con ejercicio puede generar una sensación inicial de control. Sin embargo, a medio plazo suele aumentar la ansiedad, la culpa al comer y la vigilancia constante sobre el cuerpo.

“Cuando la alimentación se organiza desde el castigo o desde la urgencia por cambiar el cuerpo, la mente empieza a funcionar en modo vigilancia. La persona calcula, se compara, se prohíbe y se culpa. Ese patrón no acerca necesariamente a la salud; muchas veces deteriora la relación con la comida y hace que el cuerpo se viva como un problema que hay que corregir todo el tiempo”, señala Silvia Mérida Expósito.

Además, evitar un plan puede aliviar de forma inmediata, pero ese alivio suele durar poco. A medio plazo, la evitación refuerza la idea de que exponerse era peligroso y hace que la siguiente situación resulte aún más difícil. Así, la playa, la piscina o un vestuario dejan de ser espacios cotidianos y pasan a asociarse con vergüenza o sensación de juicio.

Ante esta situación, los psicólogos de Blua de Sanitas han elaborado un listado con una serie de recomendaciones:

Revisar qué referentes se están consumiendo. Seguir cuentas centradas de forma constante en cuerpos, dietas o cambios físicos puede aumentar la comparación. Conviene incorporar contenidos que no reduzcan el valor personal a la apariencia.

Diferenciar salud de urgencia estética. Cuidar la alimentación, moverse y descansar son hábitos de salud. Utilizarlos como castigo para modificar el cuerpo en pocas semanas puede aumentar el malestar psicológico.

Reducir las comprobaciones corporales. Mirarse de forma repetida, probarse ropa muchas veces o buscar defectos antes de salir suele incrementar la inseguridad. Prepararse con una rutina sencilla ayuda a cortar ese ciclo.

Evitar conversaciones centradas en peso o talla. Comentarios sobre cuerpos propios o ajenos, aunque parezcan inofensivos, refuerzan la idea de que la apariencia está siempre bajo evaluación.

Recuperar el sentido del plan. Ir a la playa o a la piscina no debería girar solo en torno al cuerpo. Centrar la atención en la compañía, el descanso o la actividad ayuda a reducir la vigilancia sobre la imagen.

Pedir ayuda si la evitación aumenta. Cuando la vergüenza impide hacer planes, altera la alimentación o afecta al estado de ánimo, conviene consultar con un profesional, ya sea de manera presencial o a través de videoconsulta.

“Sentirse incómodo con alguna parte del cuerpo es frecuente, pero cuando esa preocupación empieza a decidir por la persona, hay que prestarle atención. El objetivo no es obligarse a gustarse todo el tiempo, sino recuperar libertad para participar en la vida sin que la imagen corporal marque cada elección. La autoestima no puede depender solo de si el cuerpo encaja o no con un ideal que, muchas veces, ni siquiera es realista”, concluye la psicóloga de Sanitas.

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