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La sostenibilidad sostenible para sostenernos

Concebida como un principio integrador para garantizar el progreso económico, social y ambiental, la sostenibilidad atraviesa en España un momento de creciente polarización política y simbólica.

Campo lleno de placas solares.

Campo lleno de placas solares.

Armando Paz
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La sostenibilidad, como su nombre indica, nació para sostener, para dar valor a nuestra mayor o menor potencial de mantener en el tiempo nuestro progreso económico, social, ambiental… Pero nada se sostiene sin equilibrio. Y es difícil el equilibrio cuando se separan las partes. La sostenibilidad debe tener como primera prioridad unir para equilibrar; tender puentes entre generaciones, territorios y sensibilidades políticas. Para que la sostenibilidad pueda ser sostenible y sostenernos hoy y mañana.

Sin embargo, en España la sostenibilidad se ha convertido en un arma arrojadiza y empieza a parecerse demasiado a un decorado: mucho cartón piedra, mucha consigna, poca conversación real. Negacionistas contra alarmistas; jóvenes contra mayores/ extremos en la izquierda contra extremos en la derecha y viceversa. El reciente llamado Pacto de Estado por la Emergencia Climática es un buen ejemplo. Una escenificación solemne en el Congreso de los Diputados, con foto final incluida, que deja fuera a grupos mayoritarios tras rechazar enmiendas y debates sustantivos. Un pacto sin pacto.

No se trata de negar la urgencia climática —los datos son claros y no admiten regateo y poco importa si su origen es no antropogénico---, sino de señalar la contradicción: se invoca la transversalidad mientras se practica el cierre prejuicioso a “cal y canto”. La Ley de Cambio Climático de 2021 y el PNIEC acumulan sombras que merecen revisión serena: costes mal explicados, impactos sociales subestimados, una gobernanza demasiado centralizada. Nada de eso se discute si el Parlamento se reduce a teatro y la política, a gesto.

Que la cuestión se derive ahora a una próxima comparecencia de la Ministra en comisión, relegando otras muchas ya solicitadas, refuerza la sensación de que el debate se administra, no se comparte. El mensaje implícito es inquietante: primero el relato, luego —si acaso— el contraste. Así se levantan muros, aunque se autotitulen verdes.

La sostenibilidad no puede convertirse en un campo moral donde unos reparten credenciales y otros piden permiso. Es, o debería ser, una política de país: compatible con la innovación tecnológica, sensible a la economía real, justa en lo social y honesta con sus límites. Requiere deliberación, no liturgia.

Si de verdad queremos evitar la confrontación, empecemos por abrir las puertas. Menos muros simbólicos y más mesas comunes. La transición será compartida o no será. Y aún estamos a tiempo de hacerlo bien.

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