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La cultura: raíz y brote

La cultura no es un lujo: es nuestra forma de habitar la naturaleza

El patio de butacas de un teatro aplaude tras una función.

El patio de butacas de un teatro aplaude tras una función.DIVAL

Ernesto Caballero

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Durante mucho tiempo -y aún hoy- se ha pensado la cultura como un adorno, como un lujo que se permite la especie una vez que ha resuelto sus necesidades básicas. Una suerte de broche de oro que las sociedades se colocan cuando ya han calmado el hambre, vencido la intemperie, conquistado el calendario. Pero esa mirada, más que reduccionista, es ciega. Porque lo que llamamos “cultura” no es una guinda sobre el pastel de la civilización; es raíz y brote. No está por encima de la naturaleza, ni mucho menos en contra de ella: es su forma simbólica, su resonancia humana; nace de su pulso, como una planta que se abre paso desde la oscuridad del humus hacia el aire.

La etimología nos lo recuerda: cultura viene de colere: cultivar, y cultivar no es imponer, ni dominar, ni fabricar; es, en esencia, acompañar un proceso natural. El agricultor no crea la semilla, pero la escucha, la protege, la riega, la guarda del exceso. Cultivar, por tanto, es confiar en la potencia latente de lo vivo. Es apostar por la transformación. Así también, la cultura es la manera en que el ser humano cultiva su estar en el mundo. Su forma de habitar el tiempo, de organizar el deseo, de decir(se) en voz alta. Y por eso no es un artificio, sino una continuidad. Porque no estamos al margen de la naturaleza: somos su pliegue pensante, barro que se pregunta, memoria de una floración que no se agota.

Nada de esto es nuevo. Basta con mirar el origen del teatro para comprobarlo. El teatro no nació en un palacio ni en un laboratorio de formas; nació al aire libre, entre cantos y danzas, bajo el sol, entre cosechas. Fue, antes que drama, rito: celebración de la fertilidad, canto a la siembra, invocación del retorno. Los antiguos no actuaban “para entretener”, sino para reconectar. Con la tierra, con los ciclos, con la muerte y su promesa de retorno. En esas fiestas dionisíacas, en esos coros circulares, en esas máscaras que no ocultaban, sino que revelaban, estaba ya la intuición profunda: la escena era el lugar donde la cultura recordaba su origen natural, donde el ser humano, por un instante, dejaba de creerse centro del universo para reconocerse criatura entre criaturas.

Y, sin embargo, más tarde se produjo la gran escisión: la cultura, por un lado; la naturaleza, por otro. El sujeto frente al mundo. El yo que observa, como si fuésemos visitantes, o, peor aún, como si fuésemos amos. Pero lo cierto es que nunca dejamos de ser parte. Por más torres que levantemos, seguimos respirando el mismo aire que los árboles, bebiendo el mismo ciclo del agua, escuchando -aunque a veces no lo sepamos- el rumor ancestral de lo vivo en cada gesto.

Tal vez sea esa la tarea más urgente de nuestro tiempo: volver a entrelazar. Recuperar ese hilo perdido no implica renegar de lo aprendido; implica asumir que no hay escena sin cuerpo, ni cuerpo sin mundo. Que crear es también cuidar, que el arte puede seguir siendo ese lugar donde el ser humano, sin dejar de serlo, se recuerda parte de algo mayor. Y donde nos dice, al oído, que solo ahí, en lo común, en lo fértil, en lo compartido, puede brotar algo que merezca llamarse futuro.

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