La oportunidad que no estamos sabiendo aprovechar
La oportunidad de vivir mejor, de cuidar lo nuestro y de crear futuro.

Recreación artística de la Tierra
Hace unos días, con mis hijos, reparé en una situación que define a la perfección la importancia de la perspectiva ante un mismo hecho. En algunos países acomodados, hay niños que se quejan por ir al cole: les pesa la rutina, el aburrimiento, sienten que no les aporta ni les entretiene. En otros rincones del mundo, hay niños - especialmente niñas bajo regímenes que prohíben su educación - que lloran y rezan para poder ir. Lloran porque no hay escuela cerca, porque deben trabajar, porque el camino es inseguro, porque la educación es un privilegio al alcance de pocos, porque su gobierno no les deja. La escuela es la misma idea, pero no significa lo mismo. Lo que cambia es el contexto y, sobre todo, el horizonte: para unos es obligación; para otros, la oportunidad. En mayúsculas.
En una parte del mundo occidental hemos dejado que se instale la idea de que cuidar la naturaleza y adaptarnos a los cambios en el clima es, ante todo, una lista de renuncias y obligaciones: restricciones, costes, “no se puede”, “tienes que”. Y así, sin darnos cuenta, hemos colocado la construcción de un futuro mejor en el marco mental equivocado. Porque no se trata de perder calidad de vida, sino de protegerla y mejorarla.
La ambición por conservar y adaptarnos debe traducirse en una agenda de seguridad, salud y prosperidad y no en una sucesión de proclamas políticas de dudosa intencionalidad. Seguridad, porque un país preparado resiste mejor sequías, inundaciones, incendios y olas de calor así como también eventualidades geopolíticas. Salud, porque disfrutar de aire limpio, una buena gestión de nuestro oro líquido y mantener entornos cuidados y debidamente trabajados reducen los riesgos y hacen más habitable el entorno. Prosperidad, porque hay mucho empleo, innovación y oportunidades económicas ligadas a la gestión del territorio, a la eficiencia de los recursos, a la modernización de sectores productivos y a la construcción de infraestructuras. Todo ello sin olvidarnos de la energía, un factor capaz de cambiar el tablero por completo a futuro y sobre el que, por suerte, España juega con muy buenas fichas si no se hace trampas al solitario.
En una parte del mundo occidental hemos dejado que se instale la idea de que cuidar la naturaleza y adaptarnos a los cambios en el clima es, ante todo, una lista de renuncias y obligaciones: restricciones, costes, “no se puede”, “tienes que”
Para nosotros la naturaleza nunca ha sido un decorado, sino una parte de nuestra esencia. Por eso conviene hablar también de un tema que suele quedarse en segundo plano pero que es igual de estratégico para todos, también para las ciudades: la biodiversidad. La constante pérdida de biodiversidad no es una preocupación para los amantes de los pájaros. Es algo profundamente práctico: afecta a la fertilidad del suelo, a la polinización, al ciclo del agua, al equilibrio de plagas, a la estabilidad de los ecosistemas y, en consecuencia, a nuestra economía y alimentación. La degradación de la naturaleza no es una cuestión estética ni paisajística: se pierde la capacidad de producir, de protegernos y de mantener un país cohesionado con oportunidades en todos los lugares. De nuevo y por suerte tenemos a nuestro alcance, al menos, parte de las soluciones. Pensemos en la actividad cinegética, en la variedad ornamental que siempre nos ha caracterizado, en los múltiples cultivos y la capacidad de regeneración de nuestros mares. Las soluciones nos las da la propia naturaleza y nuestras tradiciones, solo hay que prestar atención y dejar los apriorismos al margen.
Con todos estos elementos encima de la mesa parece razonable abordar la construcción de un marco común como una de las grandes tareas de esta década, de tal forma que la conservación y la adaptación se entiendan como lo que son: una inversión. Una inversión en calidad de vida, en competitividad y en futuro. Eso implica hablar menos en términos de culpa y más en términos de soluciones concretas; menos de símbolos y más de resultados. Implica también reconocer que las realidades son distintas y que, por tanto, las políticas deben ser inteligentes y flexibles, capaces de impulsar la innovación sin castigar a quien tiene menos alternativas.

Vacas y aerogeneradores en una zona rural
En los últimos tiempos, además, vemos otro riesgo: el de convertir estas cuestiones en moneda de cambio. En algunos espacios políticos existe la tentación de hacer guiños rápidos, de corto plazo, para arañar posiciones en la conversación pública de forma táctica, con el alto coste de poner en riesgo el rumbo ante un reto que no puede depender de impulsos electorales. Hablamos de una estrategia de país, social y económica, que necesita continuidad, seriedad y altura de miras.
Porque si algo demuestra cualquier transformación profunda es que solo funciona cuando es estable y compartida. Y esa estabilidad no se construye expulsando a nadie del debate, ni imponiendo una única manera de pensar, ni banalizando el problema para ganar aplausos momentáneos. Se construye con un acuerdo básico: aceptar la realidad, discutir los caminos y medir las políticas por sus resultados.
Desde espacios como Legados trabajamos precisamente en esa dirección: reconciliar la conversación ambiental con el territorio y con las personas que lo sostienen, para que conservar y adaptarnos no sea una amenaza, sino una oportunidad. La oportunidad de vivir mejor, de cuidar lo nuestro y de crear futuro. Si conseguimos eso, el debate dejará de ser una pelea y se convertirá en lo que debería haber sido desde el principio: un proyecto común.