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Cuando el problema no es la energía, sino cómo se gobierna

La lección incómoda del modelo noruego

Noruega transforma petróleo en riqueza para el futuro.

Noruega transforma petróleo en riqueza para el futuro.

Marta Lama

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Cuando se piensa en “países verdes”, el imaginario colectivo suele dirigirse hacia los países nórdicos: Estados con buena reputación ambiental, elevados niveles de bienestar y políticas públicas ambiciosas. Noruega está en ese grupo. No es solo una percepción. Los rankings internacionales refuerzan esa imagen. En el Environmental Performance Index 2024, elaborado por las universidades de Yale y Columbia, ocupa el 7º puesto del mundo en desempeño ambiental, situándose entre los referentes cuando se evalúa la gestión del agua, la biodiversidad, la calidad del aire y otras métricas clave. 

Esa reputación convive, sin embargo, con una realidad incómoda. Noruega sigue siendo un gran exportador de petróleo y gas, y fue precisamente esa riqueza fósil la que permitió construir buena parte de su prosperidad actual. La paradoja es evidente: un país que figura entre los referentes ambientales del mundo ha financiado su bienestar con hidrocarburos.

En Europa hemos aprendido a mirar los combustibles fósiles como el villano absoluto del siglo XXI -su impacto climático es innegable-, pero esa lectura, siendo necesaria, a veces empobrece el debate. La experiencia noruega sugiere que la pregunta relevante no es solo qué fuentes de energía se utilizan, sino qué se hace con la riqueza que generan mientras se transita hacia otro modelo. No se trata de defender el petróleo ni el gas, ni tampoco de negar las políticas verdes, sino de reconocer que la calidad de las políticas públicas importa tanto como la naturaleza de los recursos. El cómo importa tanto como el qué.

Noruega descubrió petróleo en el mar del Norte a finales del siglo pasado y tomó una decisión poco habitual: no convertir esa riqueza en gasto inmediato, sino guardarla para el futuro. Creó un Fondo Soberano que invierte los ingresos del petróleo en todo el mundo y funciona como una hucha intergeneracional. Hoy es el mayor fondo soberano del planeta, con más de 2 billones de dólares en activos. El resultado es que, mientras otros países productores dilapidaron sus recursos o los usaron para tapar agujeros a corto plazo, Noruega construyó un colchón que hoy financia servicios públicos, pensiones y estabilidad económica (el sueño español). No era el petróleo lo que marcaba la diferencia; era, y es, la prudencia en su gestión.

Incluso en la propia explotación, Noruega intentó reducir parte del impacto ambiental. Durante años ha apostado por limitar la quema de gas que se produce a la hora de explotar ese petróleo (el llamado flaring), capturarlo, procesarlo y comercializarlo o reinyectarlo en el yacimiento en lugar de liberarlo directamente a la atmósfera. Es decir, objetivos actualmente declarados para 2030, Noruega lleva haciéndolo desde los años 70.

La lección incómoda que deja este modelo es que el debate energético suele ser demasiado simple. Aquí discutimos si algo es verde o no lo es, pero evitamos hablar de planificación, de ahorro a largo plazo y de políticas públicas con visión de futuro. Demonizar una fuente de energía no sustituye a gobernar bien. Y abrazar lo “verde” como etiqueta tampoco garantiza que las decisiones sean justas o eficaces.

El contraste con otros países es revelador. Mientras Noruega convirtió una riqueza finita en una herramienta para pensar en generaciones futuras, en otros países el debate se queda atrapado en el corto plazo. Se anuncian planes y se prometen transformaciones profundas, pero se planifica poco y se evalúa menos. El resultado es una transición que, a menudo, recae en el ciudadano en forma de costes, sin ofrecer a cambio un horizonte claro de bienestar o estabilidad. No es casual que aquí sigamos discutiendo cada año si las pensiones serán sostenibles mañana.

Por tanto, ¿deberíamos juzgar las políticas ecológicas solo por sus objetivos declarados, o también por cómo se gestionan en la práctica?

Si algo queda claro, es que no basta con cambiar de energía si no cambiamos la forma de gobernar.

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