Estaban y siguen quemados
Los incendios forestales evidencian el impacto del abandono del monte y la falta de gestión preventiva en España.
Efectos del incendio de Larouco, a 11 de septiembre de 2025, en Ourense, Galicia (España).
El pasado verano de 2025, cerca de 400.000 hectáreas de nuestros bosques quedaron reducidas a ceniza. Una tragedia que destruyó vidas, haciendas, empleo rural, paisaje y riqueza potencial. Y que deshizo camino en la lucha contra el cambio climático, incrementando nuestras emisiones. Esa biomasa que ardió equivalía, en términos energéticos, a decenas de miles de barriles de petróleo abandonados en el monte, de un petróleo que ahora vuelve a ser artículo de lujo. Quemados, literalmente, por falta de gestión.
Pero aquí seguimos. Con el carrusel del Pacto por la Emergencia Climática recorriendo la vieja piel de toro nacional, de muro a muro y tiro porque me toca. Debatiendo si el problema es el clima, la falta de medios, la deficiente regulación o la concienciación ciudadana, como si todo eso no fuera cierto… y al mismo tiempo secundario frente a lo evidente: no gestionamos nuestros bosques. Se olvida demasiadas veces que los incendios se apagan en invierno, invirtiendo en gestión sostenible de nuestra riqueza natural.
Y en ese contexto aparece un señor de Huesca con un producto, Ecofire, para cinco pueblos del Pirineo aragonés —cinco— que han decidido tomarse en serio eso de no arder cada verano. Han instalado depósitos para una solución que, según cuentan, multiplica por decenas la eficacia del agua contra el fuego. Y mientras tanto, el resto del país observa, toma nota… y no hace nada.
Nada nuevo. Porque en España nos gustan más los planes que los resultados, más el titular que el monte limpio y más los muros ideológicos que la gestión consensuada y coordinada. Y así seguiremos, año tras año, viendo cómo el fuego avanza con una puntualidad casi administrativa, mientras la respuesta pública llega tarde, mal y —como siempre— con sobrecoste y entre palos de un lado del muro hacia el otro lado y viceversa.
Ahora que en Castilla y León los ciudadanos ya han hablado con su voto y visto que aún queda algo de invierno, quizás podamos extraer alguna conclusión que ayude a salvar nuestros montes y a quienes viven en y de ellos; en materia de incendios, los muros no han servido para castigar al adversario. En los municipios afectados por los grandes incendios del pasado verano, los ciudadanos han vuelto a votar mayoritariamente, - incrementado la confianza-, al partido que allí gobernaba, el Partido Popular. Ni castigo, ni reproche, ni ajuste de cuentas en las urnas, para decepción de una izquierda que señalaba culpables hacia el otro lado, mientras las llamas arrasaban con todo.
Aquellos “muros” que se levantaron en la polémica de este verano —mediáticos, políticos, emocionales— se han demostrado de cartón piedra. Porque el problema no es de culpables, sino de responsables; nunca la causa ha sido la falta de diagnóstico. Sabemos perfectamente lo que ocurre. Tenemos más de la mitad del territorio cubierto por masa forestal, pero apenas aprovecha una parte de la biomasa que crece cada año. El resto se acumula, se seca… y espera. A que llegue julio. O agosto. O el siguiente descuido.
La historia del “Ecofire” no va, en realidad, de un “líquido milagro”. Es investigación, tecnología y emprendimiento español. De un rebelde contra la condena del “que inventen otros”. Sólo por ello, deberían hacerle un monumento. O mejor aún, darle una de esas ayudas públicas europeas que no saben como gastar. Porque si algo define hoy la política energética y forestal en España no es la falta de recursos, sino la ausencia de incentivos para hacer las cosas mejor…hasta que todo estalla. A ver cuando aprendemos a reaccionar a la zanahoria y no, como siempre, al palo.