Renovables y territorio: una alianza que hay que cuidar
El avance de la transición energética exige nuevos modelos que combinen sostenibilidad, participación local y protección del paisaje.

Energías renovables.
Me preocupa la creciente tendencia de cuestionar en determinados foros la convivencia entre el despliegue de renovables y el cuidado del territorio como si fueran dos equipos rivales. No lo son. Otra cosa es que si lo hacemos mal, arruinamos la alianza social que hace posible la transición y eso no nos lo podemos permitir.
Pero como conservacionista soy optimista y creo en una cultura del equilibrio que permite introducir nuevos elementos que doten de vida y recursos a un territorio para el largo mientras se mantiene el respeto por lo heredado. Sin frenos, pero con cuidado y sobre todo con comprensión a la oikofilia de quienes dan vida al lugar.
España vivió épocas de modernización energética donde la ausencia del concepto ‘licencia social’ no era sólo terminológica, directamente se obviaba cualquier empatía con sus habitantes. Lo que más me resuena es la construcción masiva de embalses y pantanos que anegaron pueblos enteros, desplazaron comunidades y terminaron con historias de siglos. La España Sumergida. Desde mi enérgico apoyo a toda esa red infraestructural, mi crítica no está en el qué, si no en el cómo y en algunos casos en el dónde.
La lección de entonces bien aprendida debe llevarnos a la conclusión de que Nunca Máis una transición energética sin diálogo real con quienes ponen su casa para hacerlo posible. Alabando su generosidad, poniéndose en la piel del otro y negociando un escenario lo más equitativo posible que balancee la defensa de todos los intereses en juego.
Porque, no nos equivoquemos, al igual que no hay industria inocua, no hay plantas fotovoltaicas o parques eólicos sin impacto paisajístico. Sin embargo, tanto la industria como las energías renovables son necesarios. Como lo son las plantas de biogás, las depuradoras o tantas otras infraestructuras a las que todos reconocemos su importancia pero queremos cuanto más lejos de nuestra casa (‘oikos’) mejor.
La afección paisajística y visual, el impacto sobre bienes patrimoniales y los efectos sobre los hábitats de varias especies de aves rapaces son algunos ejemplos de motivaciones que han tumbado, miles de alegaciones mediante, diferentes proyectos eólicos en un precioso rincón de Galicia llamado A Serra da Groba, en el municipio costero de Oia, donde el viento y la belleza paisajística son dos constantes en cualquier época del año. A diferencia del sol.
La Xunta de Galicia ha rechazado una y otra vez diferentes proyectos en las últimas décadas, sin embargo no faltan promotores para seguir perseverando en la idea, de la que sus vecinos y comuneros se enteran a golpe de boletín oficial, lo que les lleva a sus promotores a empezar el partido con un gol en contra.
La pregunta correcta no es si necesitamos renovables. Las queremos y las necesitamos. España tiene un potencial extraordinario y, bien planificadas, las renovables son una palanca de descarbonización, competitividad y autonomía. Son la gran palanca para ese gran reto. El debate serio es: ¿cómo las implantamos para que el territorio gane y no solo “pague” esa decisión?
Lo primero, licencia social. Un permiso moral y comunitario que hace viable un proyecto. Y no, empresa energética, esto no se consigue con una sesión informativa a regañadientes. Tampoco con dos. Se consigue con tres cosas: transparencia, participación desde la fase inicial y una aportación de valor coherente con los derechos de explotación y el retorno de la inversión.
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Lo segundo, otra idea clave, los beneficios compartidos. Si un proyecto tiene una afección y unos beneficios, no es justo que unos paguen con lo uno y otros multipliquen sus cuentas; cualquier inversión debe dejar una parte visible y duradera de su valor en el lugar. No solo vía impuestos, también de beneficios más tangibles y concretos: inversión en servicios, mejoras ambientales compensatorias, empleo local y participación de la comunidad en los retornos del proyecto.
La instalación de renovables no pueden vivirse como extractivismo verde. No puede verse únicamente desde la óptica economicista o simple energética, porque el territorio no es un soporte vacío, tiene alma, personas, vida. Es casa, patrimonio e identidad.
Esto no va de frenar la transición, va de salvarla y mejorarla. Si tengo que elegir entre renovables y territorio, como algunos parecen estar planteando, yo elijo renovables con territorio. Aquellas que no ven en un campo un tablero, si no como un legado. Aquellas que no solo piensan en el uso, si no también en el cuidado.