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La huella ecológica de hablar con una máquina

Una revolución tecnológica que vuelve a ser profundamente material.

Imagen generada por IA.

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Marta Lama

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Durante años, el gran temor en torno a internet ha sido la huella digital -los datos que dejamos al navegar, las búsquedas que revelan nuestros hábitos o las conversaciones que quedan almacenadas en servidores-. Con la llegada de la inteligencia artificial (IA), ese rastro no ha hecho más que ampliarse. Cada interacción alimenta sistemas capaces de aprender de nosotros con una precisión que asusta; tanto, que a veces, incluso, parecen conocernos mejor que nosotros mismos, de ahí que muchos lo denominen “ADN cibernético”.

Pero mientras mirábamos esa huella digital, otra mucho menos visible ha ido creciendo en paralelo: una huella material. Y es que, aunque la tecnología sigue percibiéndose como algo abstracto, entre algoritmos y datos, su impacto es profundamente físico.

Hoy, escribir una pregunta a la IA, supone que en segundos aparezca una respuesta. Sin embargo, detrás de esa inmediatez hay enormes centros de datos funcionando de manera permanente, que necesitan electricidad para operar, así como sistemas de refrigeración para evitar el sobrecalentamiento. Cada consulta consume recursos, como el agua, algo que la mayoría de los usuarios de la IA, desconocen. La llamada “nube” no es etérea. Se trata de una infraestructura que no para de crecer por el negocio que la sostiene.

De hecho, algunas de las mayores empresas tecnológicas del mundo han empezado a asegurar su propio suministro energético. Meta estudia incluso convertirse en comercializadora eléctrica para alimentar sus centros de datos. Amazon, Google o Microsoft están firmando acuerdos para garantizar enormes cantidades de electricidad, y algunas de estas compañías han comenzado a apostar por la energía nuclear para sostener la creciente demanda de la IA.

El motivo es que los centros de datos necesitan electricidad constante las veinticuatro horas del día, y las energías renovables, de momento, no responden a esta necesidad. Algunos de los proyectos actuales prevén infraestructuras capaces de consumir varios gigavatios de energía, una cantidad comparable al consumo eléctrico de ciudades enteras.

A diferencia de la Revolución Industrial, donde la mecanización cambió la forma de trabajo, provocando conflictos sociales; hoy, esa preocupación gira en torno a que la IA no solo automatiza tareas manuales, sino también parte del trabajo intelectual. En los últimos meses han circulado informes que plantean escenarios extremos en los que la automatización masiva del trabajo cualificado podría provocar tensiones económicas importantes y diluir el papel de los perfiles técnicos como abogados, financieros, consultores, etc, los llamados White Collar. Así lo recoge el informe “The 2028 Global Intelligence Crisis” de Citrini Research, difundido por inversores como Michael Burry (famoso gracias a la película The Big Short). Por eso, el impacto material de esta revolución tecnológica empieza a cobrar relevancia, porque, en el fondo, nunca fue tan inmaterial como parecía.

La historia sugiere que las economías se adaptan. La Revolución Industrial destruyó oficios, pero también creó otros nuevos. Mientras tanto, conviene recordar algo sencillo. La IA puede parecer una simple conversación con una máquina, algo ligero y casi intangible. Pero cada pregunta activa infraestructuras energéticas gigantes, consume recursos y forma parte de un cambio económico mucho más amplio que depende de la energía nuclear.

Por tanto, si hoy has preguntado algo a una inteligencia artificial, ya formas parte de este fenómeno. Porque cada conversación deja huella. Y no es solo digital. También es ecológica, energética y social.

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