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Inclusión y Finanzas para el Desarrollo: entre la ruptura de Washington y la apuesta social de Europa

El giro de EE. UU. reabre el debate sobre el papel del FMI y el Banco Mundial, mientras Europa defiende una inclusión financiera con enfoque social

Avión sobrevolando las banderas de la sede de Eurocontrol en Bruselas

Avión sobrevolando las banderas de la sede de Eurocontrol en BruselasEUROCONTROL

Yanire Braña
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El rumbo de las instituciones financieras internacionales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional (FMI) y su papel en la reducción de la pobreza global se encuentra en un momento de gran incertidumbre. El mensaje es claro: el Gobierno de Estados Unidos busca un retorno a los mandatos originales, estabilidad macroeconómica y reducción de la pobreza, respectivamente. Lo que el resto de los países no saben bien es si ese retorno significa avanzar o retroceder.

Clima, igualdad de género y asuntos sociales dejan de ser una prioridad

La postura de la administración Trump es contundente: tanto el FMI como el Banco Mundial han sufrido lo que el documento llama "misión expandida", desviándose hacia temas como el cambio climático, la equidad de género y los asuntos sociales. Desde Washington, esto se percibe como una distracción. La solución propuesta parece sencilla al enunciarse, pero resulta compleja en sus implicaciones: regresar al núcleo duro de sus mandatos originales, estabilidad macroeconómica y reducción de la pobreza, respectivamente.

La visión "de vuelta a los básicos" no necesariamente excluye la inclusión financiera. De hecho, el documento menciona explícitamente el rol del empleo como pilar de crecimiento, prosperidad y autosuficiencia. El capital humano, la infraestructura física y las reformas regulatorias siguen siendo una prioridad. Y precisamente son los cimientos sobre los que se construye cualquier agenda genuina de inclusión.

La agenda de graduación y sus consecuencias

Otro aspecto destacado es la insistencia en que los países que ya superaron ciertos umbrales de ingreso "se gradúen" y dejen de recibir financiamiento, liberando recursos para naciones más pobres. En teoría, esta lógica es razonable. En la práctica, sin embargo, varios países de ingreso medio dependen aún de ese financiamiento para sostener programas de infraestructura y desarrollo social que sus mercados domésticos no pueden cubrir por completo.

Una graduación forzada, sin mecanismos de transición adecuados, podría interrumpir proyectos en curso y agravar brechas internas en países que, aunque crecen en promedio, aún concentran enormes desigualdades. Este es el caso de países como Brasil, México o Turquía.

España como referente en la agenda social

Frente a este giro estadounidense en materia social, voces como la del Gobierno de España y la UE reafirman que las dimensiones de género, envejecimiento e inclusión son variables económicas esenciales. La agenda social del Ejecutivo español se mantiene firme y coherente, apostando por un modelo de desarrollo que integra crecimiento económico con cohesión social como objetivos complementarios, no contradictorios.

Un ejemplo concreto de esta visión es el impulso a la llamada Silver Economy o Economía Silver en el Grupo Banco Mundial, a través de su programa orientado a generar soluciones financieras innovadoras para las personas mayores, con especial énfasis en las mujeres. Esta iniciativa parte de un diagnóstico preciso: las personas de más de 50, y en particular las mujeres mayores, son cada vez más y se enfrentan barreras específicas de acceso y uso de servicios financieros, desde la digitalización acelerada de la banca hasta productos diseñados sin considerar sus necesidades reales de ahorro, pensiones complementarias o gestión patrimonial.

La Silver Economy no es solo una respuesta al envejecimiento demográfico, que en España adquiere dimensiones especialmente significativas, sino también una oportunidad económica. Cuando ese enfoque se combina con una perspectiva de género, el impacto se multiplica. El modelo que propone España, firme en su agenda social y pionero en soluciones financieras inclusivas para colectivos históricamente marginados, ofrece una alternativa robusta y replicable en otros contextos nacionales e internacionales.

¿Inclusión sin agenda social?

El interrogante más delicado que plantea la nueva agenda global es este: si el FMI y el Banco Mundial abandonan su trabajo en materia de género, cambio climático y cohesión social, ¿se gana en eficiencia o se empobrece el análisis económico? La evidencia acumulada durante décadas es clara: la desigualdad de género, la exclusión de personas en situación de vulnerabilidad y el impacto del cambio climático no son variables exógenas a la economía, sino factores que la condicionan de manera directa y cuantificable.

Las finanzas para el desarrollo solo serán verdaderamente efectivas si reconocen que estabilidad macroeconómica e inclusión no son objetivos opuestos, sino dos caras de la misma moneda. El reto para las instituciones multilaterales, en este nuevo contexto político, será encontrar la forma de mantener esa visión integral —con impacto económico real y medible— sin perder el respaldo de su principal accionista: el Gobierno de Estados Unidos.

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