La pregunta correcta que nos deja el apagón
La transición energética no falla por las renovables, sino por cómo se integran.

Las calles sin luz durante el apagón del 28 de abril de 2025.
Un año después del apagón, el debate que más ruido hace sigue siendo el equivocado. Sabemos que correlación no implica causalidad y que ninguna tesis simplista sobre las renovables resiste el análisis técnico. Tampoco conviene reducirlo ahora a un debate exprés sobre si la nuclear habría evitado el apagón: esa discusión puede ser relevante para el futuro mix energético, pero distrae de la lección de fondo.
Hay una pregunta más incómoda, y más importante, que casi nadie está haciendo: en la misma velocidad con la que hemos instalado megavatios, ¿hemos conseguido diseñar una gestión realista para los territorios que los sostienen?
Debemos hablar de esto sin miedo a que nadie piense que por ello trataría de frenar la descarbonización, nada más lejos de la realidad. Las razones por las que necesitamos y debemos priorizar las renovables abarcan lo geoestratégico, lo climático, lo económico… no hay color.
Si, como se suele decir, los datos matan al relato, entonces existen ciertas métricas que invitan al optimismo. Tanto si nos referimos a potencia instalada, a objetivos de generación o al peso de las energías limpias en el mix energético, encontramos indicadores verdes, pero tan solo con esos números obtendremos una lectura incompleta. Todo tiene un coste y un despliegue tan ambicioso como éste impacta en suelos agrícolas, montes, pueblos, líneas de evacuación, subestaciones y paisajes que ya tenían una función económica, social y ambiental previa.
España necesita renovables, son una bendición. Defenderlas a capa y espada no obliga a aceptar cualquier proyecto, ni en cualquier lugar ni de cualquier manera. Como todo desarrollo económico industrial tiene un impacto, no hay actividad inocua, sin embargo, debe ser asumible y equilibrado teniendo en cuenta que puede conllevar la pérdida de suelo productivo, el deterioro de hábitats naturales y, en consecuencia, un rechazo social que genere una guerra entre el interés general y el legítimo interés local de no convertirse en un mero soporte energético para tierras lejanas.
La transición energética será más fuerte si prevenimos y mitigamos todos estos efectos, como también lo sería el hecho de garantizar una capacidad del sistema eléctrico que permita una integración garantizada de toda esa generación, pensando en su distribución, el ansiado almacenamiento y una regulación a la altura del reto al que nos enfrentamos.
Contamos con todos esos ingredientes naturales que los demás anhelan en Europa, nos quedan por resolver aquellos que dependen estrictamente de la voluntad política o empresarial como son la planificación, la inversión en la red y la seguridad jurídica sin la que nadie invertirá sus esfuerzos en nuestro país.
Y para los que echen de menos más concreción, aquí va una propuesta concreta, clara y sencilla: priorizar cubiertas, suelos degradados, entornos industriales, infraestructuras existentes y fórmulas compatibles con la actividad agraria cuando sea posible. Detrás de una cuestión así subyace la necesidad de reforzar la evaluación ambiental y territorial sin que se convierta en una carrera de obstáculos arbitraria y burocrática.
Que impere la empatía para que desaparezca la desconfianza. Que los beneficios económicos también lleguen de forma tangible a las comunidades locales asumiendo que el territorio no es un vacío disponible, sino un vergel de vida y actividad además de un activo estratégico para el país.
El futuro energético de España se juega protegiendo lo que nos da la tantas veces apelada resiliencia: el suelo fértil, la biodiversidad, las comunidades locales, la confianza social y una red eléctrica preparada para lo que queda del siglo XXI.
He aquí la gran oportunidad que nos deja el apagón en forma de lección. No parece la más obvia, ni la más reivindicativa en cuanto a asunción de responsabilidades, pero quizás sí la más inteligente para afrontar de cara al futuro.
Desde Legados llevamos años viendo que los proyectos que funcionan no son los que llegan al territorio, sino los que salen de él. Esa es la diferencia entre una transición energética que divide y una que construye. Seamos capaces de anticipar impactos, de contar con redes preparadas para el nuevo contexto y de disfrutar de una política territorial a la altura de la grandeza del desafío y a la altura de la grandeza de nuestro país.
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