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La inversión silenciosa de China y la oportunidad económica ibérica

Importar y exportar recursos y talento de la forma más eficiente.

Mapa de los puertos más importantes y vías ferroviarias más largas.

Mapa de los puertos más importantes y vías ferroviarias más largas.

Raúl Martínez de Miguel

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Las inversiones de China en el mundo durante los últimos quince años han tejido una red que se conecta por tierra y mar en casi todos los continentes. Han financiado o apoyado miles de kilómetros de vías ferroviarias y decenas de puertos, donde ahora el país opera con acuerdos preferentes que le permiten mover mercancías hacia y desde sus fábricas, en condiciones que ningún competidor puede igualar. Este plan se conoce como la Iniciativa de la Franja y la Ruta, lanzada en 2013, y que hoy cuenta con más de 150 países adheridos en algún grado, según datos recogidos por el Foro Económico Mundial.

China financia o construye infraestructura en un país que la necesita, acompaña esa inversión con presencia empresarial propia y, con el tiempo, convierte ese país en parte de su cadena de valor. Este modelo económico con vistas al largo plazo debería ser copiado a escala por otros países, porque puede asegurar tener buena relación con proveedores y, además, garantiza que el valor generado en el país se exporte con un retorno económico sostenido durante décadas.

Un detalle que cambia todo: el talento que vuelve

Hace veinte años, el científico o el ingeniero chino que se formaba en una buena universidad estadounidense o europea solía quedarse allí. Hoy esa tendencia se ha invertido, hasta el punto de que, según datos recogidos por la Universidad de Stanford, alrededor del 67% de los científicos chinos relocalizados internacionalmente se dirigieron hacia China en 2021. Programas estatales como el Thousand Talents Plan, en marcha desde 2008, han combinado salarios competitivos, financiación para la investigación y reconocimiento institucional para traer de vuelta a los perfiles más cualificados. Regresan más personas por la gran calidad de vida en China, pero sobre todo por el creciente sentimiento de arraigo, ya que volver significa contribuir orgullosamente a un proyecto colectivo en expansión.

El círculo que ha construido China es coherente en cada uno de sus pasos. El Estado invierte para llegar a buenos acuerdos comerciales con países que reciben esa inversión, y a la vez dedica recursos a que sus mejores estudiantes se formen en las universidades más exigentes del mundo. Tanto a los empresarios que se instalan en esos países como a los estudiantes que salen, se les facilita la vida para que prosperen, con apoyo institucional, becas y reconocimiento desde casa. Con los años, los empresarios que han hecho negocio fuera vuelven con experiencia y abren proyectos que conectan a China con los mercados donde han estado trabajando, mientras que los estudiantes regresan con el conocimiento aprendido en los mejores centros y lo aplican en universidades, laboratorios y empresas dentro del país. Y si a eso se le suma que el propio país no para de mejorar en infraestructura, servicios y calidad de vida, el resultado es un círculo que se cierra con el tiempo y que aporta solidez y rumbo a un proyecto nacional.

Es cierto que España tiene su recorrido en Latinoamérica y, según el Real Instituto Elcano, el comercio bilateral entre España y América Latina ha crecido un 39% en la última década. La inversión acumulada por empresas españolas en la región ronda los 693.000 millones de euros, lo que sitúa al país como segundo inversor mundial allí, solo por detrás de Estados Unidos. Algunos de los grandes del Ibex llevan décadas operando en México, Brasil, Chile, Perú o Colombia, y la conexión cultural, lingüística e histórica sigue siendo un activo que casi ningún país puede replicar.

La diferencia con el modelo chino no es la falta de presencia, sino la falta de coordinación. Esto en China se ejecuta como una estrategia de Estado, mientras que aquí se mueve sobre todo desde la iniciativa privada y sin compartir un plan a largo plazo entre administración, empresas y universidades, y así, no se obtiene el mismo beneficio como país.

Cómo podríamos ejecutar el proyecto a largo plazo

Una hoja de ruta española hacia Latinoamérica y el resto del mundo hispanohablante no debería construirse sobre las estructuras que llevan años sin terminar de despegar, sino pensando desde cero qué necesita un país como el nuestro para jugar de verdad en esa liga. El punto de partida tendría que ser un pacto de Estado de al menos veinte años, blindado frente a cambios de gobierno y firmado entre administración, empresa privada, universidades y comunidades autónomas, con objetivos concretos por país y revisión pública anual de lo conseguido. Sin ese tipo de compromiso compartido y comprobable, cualquier estrategia se iría diluyendo con los cambios de ciclo político.

A partir de ahí, lo razonable sería centrar el esfuerzo en dos o tres sectores donde España tiene una ventaja real y demostrable, y no abarcar todos los frentes a la vez. La transición energética y la gestión avanzada del agua, por ejemplo, son terrenos donde nuestras empresas e ingenieros exportan proyectos con resultados sólidos, y donde Latinoamérica va a necesitar inversión y conocimiento durante muchos años. Concentrar ahí el talento, la financiación y el respaldo diplomático tendría más impacto que repartir recursos entre diez prioridades a la vez, que es por lo que ningún plan termina de consolidarse o generar un rendimiento óptimo.

Un segundo paso natural sería conectar de forma activa al millón largo de españoles cualificados que viven y trabajan fuera, muchos de ellos en Latinoamérica o Estados Unidos, dándoles un papel en esa estrategia y razones concretas para volver en algún momento de su carrera. Hablamos de personas con experiencia internacional y gran conocimiento del terreno, que hoy contribuyen al PIB de otros países cuando podrían estar sumando al nuestro. El plan nacional de retorno y las ayudas autonómicas existentes son un comienzo, pero les falta escala, una conexión real con el plan de país y una narrativa que vaya más allá de la subvención.

El tercer paso, y puede que el más difícil, sería convertir a España en un país donde el talento joven quiera quedarse o regresar después de formarse fuera. Sin vivienda accesible, sin salarios competitivos, sin red empresarial sólida y con un futuro poco halagüeño, ningún plan de retorno funciona. Eso enlaza directamente con lo que ya hemos comentado en artículos anteriores sobre vivienda, energía e inteligencia artificial, porque al final todo forma parte de la misma conversación.

El círculo que aún podemos cerrar

España tiene base cultural, base empresarial y base lingüística para jugar en Latinoamérica una liga propia, distinta de la china y distinta de la estadounidense. Lo que falta es decidir si queremos jugarla con un plan común a largo plazo o seguir avanzando a base de iniciativas sueltas que, por muy buenas que sean, nunca llegarán a sumar lo que podrían. La diferencia entre quedarnos donde estamos y dar un salto de verdad no está en la materia prima, está en la voluntad de tomarnos en serio nuestra propia diplomacia económica.

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