España recibe al mundo

Llegada de pasajeros a la terminal 1 del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas.
El turismo no es solo un sector económico. Es una de las mayores obras colectivas de la España contemporánea. Cada vez que un avión aterriza en España, mucho antes de que un visitante llegue a su hotel o contemple un monumento, millones de españoles ya han empezado a trabajar para que ese viaje se convierta en un recuerdo inolvidable.
Ese viajero recoge su maleta, toma un taxi, llega a un hotel, pasea por una ciudad, visita un museo, come en un restaurante, compra en un pequeño comercio, disfruta de una playa, de un paisaje o de una fiesta popular y, días después, regresa a su país con una imagen de España que probablemente conservará toda la vida. Parece un viaje sencillo. Pero, en realidad, es el resultado de una de las mayores obras colectivas que nuestro país ha construido jamás.
Con demasiada frecuencia hablamos del turismo como si fuera un sector económico más. Como si se limitara a hoteles, restaurantes o agencias de viajes. Como si fuera una actividad aislada dentro del conjunto de nuestra economía. Nada más lejos de la realidad. El turismo no es un sector. El turismo es una obra colectiva.
Una inmensa tarea compartida por millones de españoles que, muchas veces sin ser plenamente conscientes de ello, contribuyen cada día a que España siga siendo uno de los países más admirados y visitados del mundo.
Cuando pensamos en turismo solemos imaginar recepciones de hotel, terrazas frente al mar o monumentos llenos de visitantes. Pero rara vez pensamos en el agricultor que cultiva los productos que después llegan a los restaurantes. En el pescador que sale de madrugada para abastecer las lonjas. En el ganadero que mantiene vivas explotaciones rurales. En el transportista que distribuye mercancías. En el arquitecto que diseña un hotel. En el electricista que mantiene sus instalaciones. En el jardinero que cuida los espacios públicos. En quienes limpian nuestras calles, conservan nuestros parques naturales, restauran nuestro patrimonio histórico o garantizan la seguridad de nuestros destinos.
Todos ellos hacen turismo. Aunque nunca trabajen en un hotel. Porque el turismo posee una capacidad extraordinaria que pocas actividades económicas pueden reclamar: conecta prácticamente todos los sectores productivos del país. Detrás de unas vacaciones hay una enorme red de profesionales cuya labor permanece invisible para la mayoría de quienes nos visitan. Y, sin embargo, sin ellos no existiría la experiencia que convierte a España en un destino único.
Quizá por eso siempre me ha parecido injusto reducir el turismo únicamente a cifras. Por supuesto que es importante hablar de visitantes, de empleo, de inversión o de aportación al Producto Interior Bruto. Son datos que reflejan la extraordinaria dimensión de esta industria. Pero ninguna cifra explica realmente por qué millones de personas deciden volver una y otra vez a nuestro país.
Regresan porque aquí encuentran algo difícil de medir: Una forma de recibir. Una manera de entender la hospitalidad. Una suma de pequeños detalles que ningún algoritmo puede fabricar.
Quizá ahí resida nuestra mayor ventaja competitiva. Quizá ahí resida nuestra mayor ventaja competitiva. España no exporta únicamente productos o servicios; exporta emociones sin necesidad de moverlas de sitio.
El turismo no puede deslocalizarse porque depende de aquello que somos. De nuestro patrimonio, de nuestra historia, de nuestros paisajes, de nuestra gastronomía y, sobre todo, de nuestra forma de recibir. El mundo no viene únicamente a ocupar una habitación de hotel; viene a vivir una experiencia que solo España puede ofrecer.
España nunca habría alcanzado el liderazgo turístico únicamente por tener buen clima. Si así fuera, habría muchos más países ocupando nuestra posición. Lo que nos ha convertido en una potencia mundial ha sido la combinación de recursos naturales, patrimonio histórico, gastronomía, infraestructuras, talento empresarial y, sobre todo, personas. Millones de personas.
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Durante décadas, generaciones enteras han construido silenciosamente esta historia de éxito. Empresarios que arriesgaron cuando nadie creía en el turismo. Trabajadores que profesionalizaron el sector. Administraciones que impulsaron infraestructuras decisivas. Universidades que formaron especialistas. Destinos que supieron reinventarse una y otra vez. Y ciudadanos que comprendieron que abrir España al mundo era también una forma de construir prosperidad.
Nada de esto ocurrió por casualidad. España no despertó un día siendo una potencia turística. Fue el resultado de miles de decisiones individuales que, con el paso de los años, acabaron formando un extraordinario proyecto colectivo. Por eso me preocupa que, en ocasiones, hablemos del turismo como si fuera un fenómeno ajeno a nuestra sociedad.
No lo es. El turismo somos todos. Lo es el comerciante que abre cada mañana. Lo es quien conduce un autobús urbano. Lo es quien trabaja en un aeropuerto. Lo es quien investiga nuevas tecnologías para hacer más sostenibles nuestros destinos. Lo es quien organiza un congreso internacional. Lo es quien conserva una iglesia románica o restaura una fortaleza medieval. Lo es quien produce un aceite de oliva que termina conquistando a un visitante extranjero.
Incluso quien nunca ha trabajado directamente en esta industria se beneficia, en mayor o menor medida, de la riqueza que genera. Porque el turismo sostiene empleo, impulsa infraestructuras, dinamiza el comercio, fija población en muchos territorios y contribuye decisivamente a proyectar la mejor imagen de España en el exterior. Pocas actividades tienen una capacidad semejante para integrar intereses tan diversos.
Precisamente por eso merece un debate mucho más ambicioso que el que mantenemos en ocasiones. No deberíamos preguntarnos únicamente cuántos turistas queremos recibir. Deberíamos preguntarnos cómo seguimos construyendo esta gran obra colectiva.
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Cómo mejoramos la formación. Cómo incorporamos más innovación. Cómo hacemos compatibles el crecimiento y la sostenibilidad. Cómo reforzamos la convivencia entre residentes y visitantes. Cómo conseguimos que el liderazgo turístico siga generando oportunidades para las próximas generaciones.
Porque el verdadero reto ya no consiste únicamente en atraer viajeros. Consiste en seguir siendo el mejor país para recibirlos. Y eso exige reconocer el valor de todos aquellos que hacen posible este éxito. España posee una extraordinaria capacidad para levantar grandes proyectos compartidos. Lo hizo con la Transición democrática. Lo hizo con la modernización de nuestras infraestructuras. Lo hizo organizando grandes acontecimientos internacionales. Y también lo ha hecho, quizá de una forma más silenciosa, convirtiéndose en una referencia turística mundial.
No es una casualidad. Es una construcción colectiva. Una obra levantada durante décadas por millones de personas que, desde profesiones muy distintas, han contribuido a que nuestro país sea admirado en los cinco continentes. En demasiadas ocasiones hablamos del turismo únicamente cuando batimos récords o cuando surgen problemas. Tal vez haya llegado el momento de hablar también de las personas que lo hacen posible.
Porque el turismo no es simplemente una actividad económica. Es una forma de entender España. Es la historia de millones de personas que, generación tras generación, han convertido la hospitalidad en una de nuestras señas de identidad más valiosas. Y quizá por eso, cada vez que un avión aterriza en cualquiera de nuestros aeropuertos, no solo llega un turista. Llega alguien dispuesto a descubrir España. Y detrás de esa experiencia siempre hay un país entero esperándole.