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Sánchez pierde la batalla y las elecciones asoman: así hemos vivido una jornada frenética

Cuidamos España además de animar a La Roja

El relevo generacional en el campo no es un asunto agrario. Es una política de Estado que todavía no ha encontrado su lugar.

Siembra en un campo del occidente asturiano.

Siembra en un campo del occidente asturiano.Europa Press

Javier Dorado

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España vive estos días a dos velocidades. En una, la selección avanza en el Mundial y el país se viste de rojo y amarillo, se abraza frente a pantallas gigantes y todos sentimos, por unos días, que podemos unirnos como país cuando nos lo proponemos e incluso conseguir grandes resultados. En la otra, el termómetro lleva semanas sin bajar lo suficiente, el riesgo de incendio forestal es máximo en media España y el monte acumula en silencio todo el combustible que nadie ha limpiado durante años. Por desgracia ya tenemos que lamentar víctimas mortales y, aunque nada me gustaría más que equivocarme, lo peor del verano podría estar todavía por llegar.

Las dos velocidades conviven sin rozarse y eso me preocupa ya que no hay selección sin España ni hay España sin un territorio cuidado y preparado para lo que viene.

Castilla y León acaba de movilizar 15,8 millones para incorporar jóvenes al campo y facilitar la sucesión de explotaciones. No es noticia nueva: todas las comunidades autónomas ejecutan líneas similares en el marco de la PAC. Lo que sí merece atención es el lugar en que CyL lo presenta esta vez: no como política agraria, sino como política de despoblación. Ese cambio de lectura es pequeño en apariencia y enorme en el fondo. Significa reconocer, por fin de forma explícita, que un joven que se instala en una explotación no solo produce alimentos: mantiene viva una escuela, justifica un consultorio médico, da razón de ser al autobús del pueblo. Y, aunque nadie lo diga así todavía, limpia el monte, gestiona el sotobosque y reduce el riesgo de que ese territorio arda en agosto.

Porque los incendios no son solo un problema climático. Son también un problema de abandono. El monte sin gestión acumula combustible. El territorio sin custodios no tiene quien lo vigile ni quien lo conozca. España quemó casi 400.000 hectáreas el año pasado, y la causa estructural no fue el calor: fue la ausencia de personas que tuvieran razones para estar ahí y cuidar lo que les rodea.

En Bruselas se está debatiendo actualmente un informe sobre el futuro de la PAC que lleva el nombre de su ponente, un eurodiputado alemán llamado Norbert Lins, el cual propone aumentar los pagos directos de la PAC destinados a jóvenes agricultores. Bien, pero no es suficiente. Mientras sigamos leyendo el relevo generacional solo en clave de subvención, seguiremos errando en la lectura. El campo no se salva con convocatorias; se salva con condiciones de vida dignas, con servicios, con conectividad, con precios justos y con el reconocimiento social de que quien cuida el territorio está prestando un servicio al conjunto del país que nadie le paga y que todos lamentamos cuando falta.

La España urbana y la España rural llevan demasiado tiempo viviendo de espaldas. Una consume el paisaje los fines de semana y se indigna cuando arde. La otra sostiene ese paisaje los 365 días del año y recibe a cambio burocracia, incertidumbre y la sensación de que sus problemas no caben en el debate público.

Además de animar a la selección, apostar por la vertebración del territorio es también una muestra de patriotismo. Porque el monte cuidado no arde igual. Porque el pueblo habitado no languidece. Porque una nación que pierde el vínculo con su territorio no solo pierde valor paisajístico: pierde resiliencia, cultura, patria y carácter.

Como diría Luis Aragonés, a ganar, a ganar y a ganar. Contra Argentina, contra la despoblación y contra el fuego.

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