El otro Mundial que España no puede perder
España acaba de conquistar el mundo de forma brillante sobre un terreno de juego. Ahora debe aprovechar esa victoria y prepararse para conquistarlo de nuevo como país anfitrión.

Jugadores de la selección española durante la fiesta en Cibeles
España vuelve a ser campeona del mundo. Dieciséis años después de aquella noche inolvidable de Johannesburgo, una nueva generación de futbolistas ha conseguido que todo un país vuelva a abrazarse, a llenar sus calles de banderas y a compartir una alegría difícil de explicar a quien no haya vivido nunca algo parecido.
Hay victorias que quedan registradas en una estadística. Y hay otras que pasan a formar parte de la memoria colectiva de un país. Esta pertenece a las segundas. Durante semanas, millones de personas de todos los rincones del planeta han pronunciado el nombre de España. Han contemplado nuestra bandera, han escuchado nuestro himno y han asociado nuestro país con valores como el talento, el esfuerzo, la juventud, la ambición, el trabajo en equipo y la capacidad para competir hasta el final.
La selección española no solo ha ganado un campeonato. Ha proyectado una imagen extraordinaria de España ante el mundo. Y apenas han hecho falta unas horas para comprobar que esa exposición internacional también puede tener consecuencias para el turismo.
Tras la victoria española, las búsquedas de vuelos desde China hacia nuestro país se dispararon. Según datos de la plataforma de viajes Qunar, la ruta entre Shenzhen y Barcelona llegó a multiplicar por 33 sus búsquedas. El interés por Tenerife creció 19 veces y el de Málaga, más de diez. También se registraron fuertes incrementos hacia Madrid y otras conexiones con Barcelona.
No significa que todas esas búsquedas vayan a convertirse automáticamente en viajes. Sería precipitado afirmarlo. Pero demuestra algo mucho más importante: una victoria deportiva puede convertirse, en cuestión de horas, en deseo de conocer un país.
Y ahí comienza el partido del turismo. Porque el fútbol posee una capacidad de comunicación que muy pocas actividades pueden igualar. Llega simultáneamente a millones de hogares, atraviesa fronteras, supera diferencias culturales y convierte a jugadores, ciudades y países en protagonistas de una conversación verdaderamente global.
Lo acabamos de comprobar. España ganó en Nueva York y, pocas horas después, alguien en Shenzhen empezó a buscar cómo llegar a Barcelona. Otros miraron vuelos a Madrid, Málaga o Tenerife. Ese viaje de miles de kilómetros comienza con algo tan sencillo como una emoción. Eso también es marca España. Durante un Mundial no se disputa únicamente un torneo.
También se proyectan ciudades, culturas, paisajes, gastronomías y formas de vivir.
El país que levanta la copa despierta admiración. El que organiza la competición tiene, además, la posibilidad de mostrarse ante el planeta.
Por eso los grandes acontecimientos deportivos son mucho más que deporte. Son escaparates internacionales, herramientas de reputación, motores económicos y extraordinarias plataformas de promoción turística. España conoce bien esa realidad.
Los Juegos Olímpicos de Barcelona transformaron para siempre la percepción internacional de una ciudad y contribuyeron a proyectar la imagen de una España moderna, abierta y capaz de organizar con éxito uno de los mayores acontecimientos del planeta.
La Exposición Universal de Sevilla, celebrada aquel mismo año, mostró igualmente la capacidad de nuestro país para afrontar grandes proyectos colectivos.
Aquella España entendió algo fundamental: las grandes ocasiones no se esperan.
Se preparan.
No se contemplan desde la distancia.
Se aprovechan.
Ahora tenemos por delante otra de esas oportunidades históricas.
En 2030, España organizará junto con Portugal y Marruecos la Copa Mundial de la FIFA, con tres encuentros conmemorativos del centenario en Uruguay, Argentina y Paraguay. Será un torneo excepcional por su dimensión, su alcance internacional y su enorme complejidad organizativa.
España dispone de grandes estadios y ciudades con experiencia acreditada, excelentes infraestructuras de transporte, una potente planta hotelera, empresas líderes, profesionales cualificados y una extraordinaria capacidad para recibir visitantes.
Pero nada de eso garantiza por sí solo el éxito.
Ni siquiera garantiza que nuestro país vaya a ocupar el lugar que legítimamente debe aspirar a ocupar dentro de la organización.
El Mundial de 2030 será una oportunidad turística de una dimensión difícil de repetir. Durante semanas, el planeta dirigirá su mirada hacia los países anfitriones. Miles de periodistas recorrerán sus ciudades. Aficionados procedentes de todos los continentes viajarán, consumirán, descubrirán destinos y compartirán sus experiencias.
Cada partido será una ventana abierta al mundo.
Cada ciudad, un escaparate.
Cada visitante, un futuro embajador.
El Mundial permitirá promocionar mucho más que fútbol. Será una ocasión para mostrar nuestro patrimonio, nuestra gastronomía, nuestra cultura, nuestra diversidad territorial, nuestras infraestructuras y, sobre todo, nuestra manera de recibir.
España no debe aspirar únicamente a organizar partidos.
Debe aspirar a convertir el Mundial en una gran estrategia de país.
Eso exige planificación, coordinación entre administraciones, inversiones, promoción internacional, seguridad, movilidad, conectividad y una hoja de ruta que permita distribuir sus beneficios por todo el territorio.
El torneo no debe quedar limitado a las ciudades que alberguen encuentros. Sus efectos pueden y deben alcanzar al conjunto del país mediante rutas, experiencias, campañas y productos turísticos que inviten a los aficionados a prolongar sus estancias y descubrir otros destinos.
La costa y el interior.
Las grandes ciudades y los pequeños municipios.
Nuestro patrimonio histórico, nuestras fiestas, nuestros paisajes, nuestros pueblos y nuestra gastronomía.
Y ahora contamos, además, con un activo que no teníamos cuando se adjudicó el Mundial: España llegará a 2030 como vigente campeona del mundo.
Eso multiplica nuestra responsabilidad y nuestra oportunidad.
Tenemos cuatro años para convertir esa posición deportiva en reputación, promoción y deseo de España.
Cuatro años parecen muchos. No lo son. La competencia internacional ya ha comenzado.
Y hay una batalla especialmente simbólica que España no puede dar por perdida antes de disputarla: la elección de la ciudad que albergará la gran final.
Nuestro país cuenta con la historia futbolística, la capacidad organizativa, las infraestructuras y los recintos necesarios para acoger el partido más importante del deporte mundial.
España debe aspirar a albergar esa final.
Y debe hacerlo sin complejos, con determinación y con una estrategia institucional sólida.
No basta con pensar que nos corresponde. Hay que defenderlo.
No basta con tener algunos de los mejores estadios del mundo. Hay que construir apoyos.
No basta con confiar en el prestigio deportivo de España.
Hay que ejercer una diplomacia eficaz ante la FIFA y ante los demás países organizadores.
La sede de la final continúa siendo una cuestión decisiva dentro del camino hacia 2030. Y precisamente por eso resulta imprescindible que España defienda sus intereses desde ahora, con liderazgo y al máximo nivel institucional.
No podemos permitir que la desidia, la falta de interés o la ausencia de una estrategia clara por parte del gobierno terminen alejando de nuestro país la gran final del Mundial de 2030.
No estamos hablando únicamente de noventa minutos de fútbol.
Hablamos del acontecimiento culminante del mayor torneo futbolístico del planeta.
De una oportunidad extraordinaria para nuestra imagen internacional.
De ocupación hotelera, restauración, transporte, comercio y empleo.
De inversiones e infraestructuras. De prestigio. De liderazgo.
Y de la posibilidad de que la imagen de España quede asociada durante décadas al momento culminante del Mundial de su centenario.
La organización del torneo no puede depender de inercias, gestos protocolarios o reuniones celebradas cuando las grandes decisiones ya estén tomadas.
Requiere una estructura de dirección reconocible, coordinación permanente y capacidad para defender nuestros intereses.
La Federación tiene responsabilidades.
Las comunidades autónomas y los ayuntamientos también.
Pero el liderazgo institucional corresponde al Gobierno de España.
Debe implicarse el presidente del Gobierno.
Deben hacerlo los ministerios competentes en Deporte, Turismo, Exteriores, Interior y Transportes.
Y debe movilizarse nuestra red diplomática.
Porque otros países trabajan para conseguir sus objetivos. España no puede limitarse a confiar en que nuestra tradición futbolística —ni siquiera nuestra flamante condición de campeones del mundo— haga el trabajo por nosotros.
La selección acaba de enseñarnos una lección muy sencilla.
Los partidos no se ganan antes de jugarlos. Se ganan preparándolos. Con estrategia. Con trabajo. Con ambición.
Y creyendo que la victoria es posible.
Esa misma actitud debe guiar ahora a las instituciones españolas.
El éxito de nuestra selección ha colocado a España en lo más alto del fútbol mundial. Y ya estamos comprobando que esa victoria puede despertar interés por nuestro país a miles de kilómetros de distancia.
Ahora toca transformar emoción en reputación. Reputación en deseo. Deseo en viajes.
Y viajes en nuevas oportunidades para nuestro turismo y para España.
Pero las oportunidades históricas también pueden desperdiciarse. El Mundial de 2030 llegará. La cuestión es qué papel decidirá desempeñar España.
Podemos conformarnos con ser uno de los países anfitriones.
O podemos actuar con la ambición necesaria para liderar la organización, convertir el torneo en un gran proyecto nacional y conseguir que la final se dispute en nuestro país.
Los mundiales duran unas semanas. Su legado puede permanecer durante generaciones.
Y quién sabe si el mejor recuerdo que nos deje 2030 no sea únicamente haber organizado el mejor Mundial de la historia, sino haber visto a España conquistar una tercera estrella en casa.
España ya ha ganado el Mundial sobre el césped.
Ahora comienza otro partido: el de la organización, la reputación, el turismo y la defensa de nuestros intereses.
Ese es el otro Mundial que España no puede perder.