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La insostenibilidad de Sánchez con Ceuta

Varias personas durante una manifestación para protestar por la situación provocada por la llegada masiva de inmigrantes a Ceuta

Varias personas durante una manifestación para protestar por la situación provocada por la llegada masiva de inmigrantes a CeutaMarcos Moreno / Europa Press

Armando Paz
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En esta sección sobre sostenibilidad llevamos varias semanas hablando de Ceuta. Y es que la sostenibilidad no consiste solo en salvar al lince, separar el vidrio o instalar molinos.

Para Naciones Unidas, por ejemplo, la sostenibilidad es la capacidad de satisfacer nuestras necesidades del presente sin comprometer los recursos y el bienestar de las generaciones futuras. Se basa en tres pilares fundamentales: el ambiental, el social y el económico. Y considera que, en un mundo cada vez más volátil y cambiante, la sostenibilidad enfrenta retos y desafíos complejos que requieren soluciones integrales, innovadoras y coordinadas entre varios actores.

Si pasamos de la teoría a la vida mundana y de la complejidad a lo que resulta más elemental, la sostenibilidad también consiste en poder dormir en tu casa sin preguntarte quién mandará en la calle mañana, si podrás abrir tu negocio, llevar al colegio a tus hijos, acudir a tu trabajo o recibir asistencia sanitaria sin riesgo de contagios.

Ceuta se ha convertido, muy a su pesar, en un extraordinario laboratorio de ingeniería social sobre la sostenibilidad, sobre cómo este gobierno “enfrenta retos y desafíos complejos que requieren soluciones integrales, innovadoras y coordinadas entre varios actores”. Y sobre su “capacidad de satisfacer nuestras necesidades del presente sin comprometer los recursos y el bienestar de las generaciones futuras”.

La fórmula es sencilla: tome una ciudad española, sométala a una entrada masiva e ilegal, deje pasar las semanas, añada campamentos clandestinos, miedo, suciedad y desesperación vecinal; después agite bien y espere. De lo sostenible de ayer a lo insostenible de hoy y de mañana hay apenas un ingrediente: un Gobierno que ha decidido no ejercer sus funciones en Ceuta.

O, para ser más rigurosos, ha decidido ejercerlas pero sólo para proteger a los invasores de la indignación de los invadidos. Cuando varios vecinos acudieron a la playa del Trampolín para desmontar asentamientos ilegales que consideran una amenaza para sus bienes y su seguridad, la Policía intervino y efectuó disparos disuasorios.

Si los ceutíes actúan en legítima defensa ante la inacción del gobierno tendrá que valorarla quien corresponda; la imagen política, en cambio, es reveladora: después de semanas sin lograr restablecer la normalidad, la fuerza pública encontró por fin a quién frenar. A los vecinos.

Algún analista había pronosticado precisamente eso: que Sánchez emplearía antes la fuerza contra los ceutíes que contra quienes asaltaron la frontera. Ahora sabemos además que, según la información publicada, Seguridad Nacional planteó estudiar el estado de excepción y Moncloa lo descartó. La Constitución lo prevé para alteración grave del orden público cuando los instrumentos ordinarios resultan insuficientes. Y permite además la expulsión, sin más trámites, de los extranjeros que hayan contribuido a ello. En el caso de Ceuta no solo es que hayan contribuido, sino que son la causa y motivo de la alteración.

Ante la sorprende forma de no actuar de Sánchez ante lo que él mismo calificó como ataque a la integridad territorial de España, circula incluso un vaticinio todavía más inquietante: que en el fondo Sánchez actúa racionalmente según su propio y exclusivo interés; seguir creando, a partir de la invasión en Ceuta, las condiciones de deterioro de la convivencia que pueda usar para continuar con su estrategia de polarización y crispación en España.

Quizá empezamos a entender por qué no interesaba al Gobierno aquella excepción: hubiera obligado a ejercer autoridad sobre quienes invadieron y llevarles a la expulsión; la solución elegida por el gobierno permite ejercerla sobre los invadidos que protestan, pero no para la expulsión de los invasores, que resultan ser los protegidos. El mundo al revés.

Y así calcula el gobierno tenerlos en los próximos cuatro meses, según el Real Decreto, -recién publicado después del mes de las vacaciones del presidente del gobierno-, que decreta el interés para la seguridad nacional en Ceuta.

Pero la realidad demuestra que la situación no es sostenible ni para cuatro días. Mientras se escribe este artículo, se acaba de saber, cómo noticia de última hora, que una patrulla del ejército resultó herida tras sufrir una emboscada de madrugada en Ceuta, asaltados con lanzamientos de grandes piedras por un grupo de treinta o cuarenta migrantes marroquíes. Finalmente, doce pudieron ser detenidos.

Y aún seguirá insistiendo este Gobierno es calificar y tratar como crisis migratoria lo que no es sino una invasión violenta de nuestro territorio nacional, alentada por una potencia extranjera.

La sostenibilidad de la vida occidental en Ceuta y la sostenibilidad de Sánchez en La Moncloa empiezan a parecer magnitudes inversamente proporcionales.

Elevemos nuestras oraciones para que el “incendio” no cruce el Estrecho. De España quemada ya hemos tenido bastante este verano.

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