Turismo. El oro silencioso que sostiene a España
Imagen de archivo de la playa del Mal Pas en Benidorm (Alicante)
Durante décadas España ha conquistado al mundo con su turismo. Pero quizá nunca nos habíamos detenido lo suficiente a contar la extraordinaria historia que hay detrás de uno de nuestros mayores éxitos colectivos.
Este jueves viví en Benidorm uno de esos momentos que cuesta imaginar cuando comienzas un proyecto. Presenté oficialmente Turismo. El oro silencioso que sostiene a España, el libro en el que durante mucho tiempo he intentado contar la historia de una actividad que ha transformado económica, social y territorialmente nuestro país y que, paradójicamente, sigue siendo una de las grandes historias de España menos contadas.
Hacerlo en Benidorm tenía para mí un significado especial. No solo porque sea mi ciudad. También porque, de alguna manera, allí comenzó este viaje mucho antes de que escribiera la primera palabra.
Crecí en una familia vinculada al turismo desde hace cuatro generaciones. Escuchando conversaciones sobre hoteles, temporadas, clientes y trabajadores cuando todavía no sabía que todo aquello terminaría formando parte de mi vida. Después decidí estudiar Turismo, conocí profesionalmente el sector y, más tarde, la política me permitió observarlo desde otra perspectiva: recorriendo destinos, escuchando a empresarios y trabajadores, visitando ferias, debatiendo leyes y defendiendo durante años una actividad que considero absolutamente esencial para España.
Y durante todo ese recorrido fue creciendo en mí una pregunta: ¿Cómo es posible que uno de los mayores éxitos colectivos de la España contemporánea tenga una historia tan poco conocida? De esa pregunta nació este libro. Y de esa pregunta nació también un viaje que terminó llevándome mucho más lejos de lo que inicialmente había imaginado.
Cuando comencé a escribir pensé que iba a contar la historia del turismo español. Conforme avanzaba comprendí que estaba contando algo bastante más grande. Estaba recorriendo la transformación de España. Porque nuestra historia turística no comenzó con los vuelos chárter ni con los hoteles levantados frente al Mediterráneo.
Había que viajar mucho más atrás. Hasta la Hispania romana. Recorrer aquellas vías que conectaban territorios, detenerse en las termas y aproximarse a aquellas primeras formas de desplazamiento y hospitalidad.
Después llegaron los caminos y las peregrinaciones. Los viajeros que atravesaron nuestro país y regresaron a sus lugares de origen contando aquella España que habían descubierto. Los balnearios. Las primeras fondas y hoteles. Los ferrocarriles. Las iniciativas empresariales. Los primeros organismos turísticos. Paradores.
Y, poco a poco, España comenzó a comprender que viajar podía convertirse en algo mucho más importante. Hasta que llegó la gran transformación. Las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta cambiaron para siempre nuestro país. Millones de europeos comenzaron a mirar hacia España. Llegaron buscando sol, playas, precios asequibles y una forma diferente de disfrutar de la vida. Pero mientras ellos descubrían España, España también se estaba descubriendo a sí misma.
Se construyeron carreteras, aeropuertos, hoteles y restaurantes. Crecieron ciudades y destinos. Nacieron miles de empresas. Se generaron millones de oportunidades. Familias enteras encontraron una forma de prosperar. Territorios que hasta entonces tenían horizontes económicos muy limitados comenzaron a mirar al futuro de otra manera. Y España se abrió al mundo. No fue únicamente una transformación económica. Fue también social. Cultural. Territorial. Incluso emocional. El turismo nos permitió conocer al mundo y permitió que el mundo nos conociera.
Y cuanto más avanzaba en la investigación, más evidente resultaba hasta qué punto aquella historia estaba entrelazada con la propia evolución de nuestro país. Entonces entendí todavía mejor las palabras que había elegido para titular el libro. Oro. Porque pocas actividades han generado durante tantas décadas tanta riqueza, empleo, inversión, oportunidades y prosperidad para España. Silencioso. Porque quizá por haber estado siempre ahí hemos terminado considerando normal algo absolutamente extraordinario. Y sostiene a España porque detrás de las grandes cifras existen millones de empleos, cientos de miles de empresas, familias y territorios cuya vida está íntimamente ligada a esta actividad.
Nos hemos acostumbrado a escuchar que España recibe decenas de millones de turistas. Nos hemos acostumbrado a batir récords. Nos hemos acostumbrado a ser una de las grandes potencias turísticas del planeta. Y precisamente por habernos acostumbrado corremos el riesgo de olvidar lo extraordinario que resulta.
Nada de esto ocurrió solo. Ningún avión aterrizó porque sí. Ningún destino apareció espontáneamente en un mapa turístico. Ningún hotel abrió sus puertas por generación espontánea. Detrás hubo personas. Y quizá esa haya sido una de las mayores enseñanzas que me ha dejado escribir este libro.
La historia del turismo español tiene rostros. El rostro de quien abrió una pequeña pensión. De quien hipotecó sus ahorros para levantar un hotel. De quien abrió un restaurante. De quien recibió a los primeros turistas extranjeros sin conocer apenas su idioma. El de la camarera de pisos. El camarero. El cocinero. El guía. El taxista. El agente de viajes. El comerciante. El trabajador de un aeropuerto. El agricultor, el pescador o el productor que abastecen nuestras cocinas. El de tantas familias que, generación tras generación, hicieron de la hospitalidad una forma de vida. Ellos son los verdaderos protagonistas. Porque el turismo español no es la historia de una administración, de un Gobierno ni siquiera de una generación. Es una gigantesca obra colectiva.
Y quizá por eso hubo una parte del libro que me resultó especialmente difícil escribir. Benidorm. Dejé prácticamente para el final el capítulo dedicado a mi ciudad. Necesitaba hacerlo así. Siendo de allí, habiendo crecido en una familia hotelera, sintiendo profundamente mi ciudad y conociendo lo que el turismo ha significado para ella, sabía que nunca podría aproximarme a ese capítulo como a cualquier otro.
Quería que estuviera a la altura. Porque Benidorm no explica por sí solo la historia turística española. Pero la historia turística española tampoco puede explicarse sin Benidorm. Su transformación, sus pioneros, su modelo urbano, su capacidad de adaptación y su permanente voluntad de reinventarse condensan muchas de las claves de la gran revolución turística que vivió España.
Por eso presentar oficialmente el libro allí, este jueves, tuvo para mí un significado difícil de explicar. Fue regresar al punto de partida después de haber recorrido siglos de historia. Y fue también recordar algo que considero especialmente importante en este momento. Conocer nuestra historia turística no es un ejercicio de nostalgia. Es una herramienta para construir nuestro futuro.
Porque quien desconoce de dónde venimos difícilmente puede comprender todo lo que estamos poniendo en juego. Y quizá una de las razones por las que hoy resulta tan fácil banalizar el turismo, cuestionarlo o incluso convertir al turista en responsable de problemas que tienen causas muchísimo más complejas sea que nunca hemos explicado suficientemente bien lo que esta actividad ha significado para España.
En los últimos años hemos escuchado discursos políticos que hablan del turismo casi como una molestia que debemos soportar. Discursos sobre decrecimiento. Mensajes que enfrentan al residente con quien nos visita. Incluso una cierta incomodidad ante nuestros propios récords. Creo que es un profundo error.
España no tiene que pedir perdón por ser una potencia turística. Tiene que sentirse orgullosa. Eso no significa negar los problemas. Significa exactamente lo contrario. Nuestros destinos tienen desafíos de vivienda, movilidad, sostenibilidad, recursos, convivencia, empleo, formación, conectividad o competitividad que debemos afrontar.
Pero precisamente porque el turismo es tan importante tenemos la obligación de gestionarlo mejor. No combatir nuestro éxito. Gestionarlo. No señalar al turista. Gobernar. No conformarnos con los récords. Preparar el siguiente liderazgo. Y para eso hacen falta políticas turísticas a la altura de una de las principales industrias de nuestro país. Hace falta planificación. Inversión. Competitividad. Innovación. Colaboración público-privada. Y, sobre todo, hace falta recuperar algo que echo demasiadas veces de menos: ambición turística.
Porque el liderazgo no se hereda indefinidamente. Se trabaja cada día. Y porque el turismo es demasiado importante para España como para dejarlo en manos de la improvisación. Quizá esa sea también una de las razones últimas por las que quise escribir este libro. No únicamente para mirar hacia atrás. Sino para comprender de dónde venimos antes de decidir hacia dónde queremos ir.
Este jueves, durante la presentación en Benidorm, hubo inevitablemente momentos en los que pensé en las horas de escritura, en las historias descubiertas, en quienes me ayudaron durante el camino y en la enorme ilusión que he puesto en este proyecto.
Pero, sobre todo, pensé en quienes hicieron posible esta historia sin saber que algún día alguien intentaría contarla. Los pioneros. Los empresarios. Los trabajadores. Las familias. Las generaciones que recibieron al mundo y que, mientras lo hacían, contribuyeron a transformar España. A todos ellos pertenece realmente esta historia. Yo solamente he intentado escribirla. Por eso lo llamé Turismo. El oro silencioso que sostiene a España. Porque España ha conquistado al mundo con su turismo. Y ya era hora de contar su historia.