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El turismo no vive de España; España vive también del turismo

España se ha consolidado como una de las grandes potencias turísticas del mundo, pero el debate sobre el sector suele centrarse en sus problemas y olvidar su enorme contribución al desarrollo económico, social y territorial del país. Reivindicar ese papel y afrontar sus desafíos con una mejor gestión es el reto de los próximos años.

Turistas pasean por Alicante, Comunidad Valenciana (España)

Turistas pasean por Alicante, Comunidad Valenciana (España)Joaquín Reina / Europa Press

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Agustín Almodóbar

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Durante años hemos repetido una frase que todos hemos escuchado alguna vez: España vive del turismo. Es una afirmación cierta, pero incompleta. Quizá haya llegado el momento de darle la vuelta. Porque, en realidad, no es el turismo el que vive de España; es España la que también vive gracias al turismo. Y ese pequeño cambio de perspectiva lo cambia todo.

Nos obliga a dejar de contemplar el turismo como una actividad económica más para empezar a entenderlo como lo que realmente es: uno de los grandes pilares sobre los que se ha construido la España moderna. Cuando hablamos de turismo solemos hacerlo en términos de visitantes, ocupación hotelera, gasto o récords de llegadas internacionales. Son datos importantes, porque permiten medir el pulso del sector. Pero el verdadero valor del turismo va mucho más allá de cualquier estadística.

El turismo no solo genera riqueza. La distribuye. No solo crea empleo. Crea oportunidades. No solo impulsa empresas. Transforma territorios. Esa es probablemente su mayor singularidad. Pocas actividades económicas tienen la capacidad de llegar tan lejos y de beneficiar a tantas personas al mismo tiempo.

Un turista que aterriza en España no sostiene únicamente un hotel. Contribuye a mantener una conexión aérea, utiliza infraestructuras públicas, consume productos agrícolas y pesqueros, visita museos, compra en comercios locales, descubre nuestro patrimonio histórico, disfruta de nuestra gastronomía y ayuda, muchas veces sin saberlo, a que pequeños municipios encuentren una oportunidad para seguir creciendo.

Turistas en Marbella (Málaga)

Turistas en Marbella (Málaga)AYUNTAMIENTO DE MARBELLA

Por eso siempre me ha parecido un error analizar el turismo únicamente desde la óptica del sector. Porque el turismo trasciende al propio turismo. Su impacto alcanza prácticamente todos los rincones de nuestra economía y de nuestra sociedad. No existe otra actividad capaz de conectar con tanta intensidad el campo y la ciudad, el litoral y el interior, las grandes capitales y los pequeños pueblos. No existe otra industria que combine de una forma tan natural cultura, patrimonio, deporte, gastronomía, comercio, transporte, innovación, agricultura, pesca o tecnología. El turismo es, probablemente, la expresión más completa de una economía moderna.

Y, sin embargo, sigue siendo una de las actividades más incomprendidas. Quizá porque nos hemos acostumbrado al éxito. Nos parece normal que millones de personas quieran visitar España. Nos parece habitual ocupar año tras año los primeros puestos del turismo mundial. Nos acostumbramos a ver nuestros aeropuertos llenos, nuestros destinos reconocidos internacionalmente y nuestros profesionales considerados entre los mejores del mundo. Pero nada de eso sucede por casualidad. Detrás hay décadas de esfuerzo.

Hay generaciones enteras de empresarios que arriesgaron cuando el turismo era todavía una apuesta incierta. Hay trabajadores que hicieron de la profesionalidad y de la hospitalidad una forma de entender su oficio. Hay administraciones que impulsaron infraestructuras decisivas para abrir España al mundo. Y hay millones de ciudadanos que comprendieron que recibir bien a quien nos visita también era una manera de construir un país mejor.

El turismo no ha sido únicamente una consecuencia del desarrollo de España. Ha sido uno de sus motores. Ha contribuido decisivamente a modernizar nuestra economía, a internacionalizar nuestra imagen, a atraer inversión, a generar empleo y a proyectar una marca España admirada en los cinco continentes.

También ha ayudado a conservar un patrimonio histórico que hoy constituye uno de nuestros mayores activos. Ha impulsado la recuperación de cascos históricos, la rehabilitación de edificios emblemáticos, la puesta en valor de espacios naturales y la protección de tradiciones que forman parte de nuestra identidad colectiva. Incluso muchas infraestructuras que hoy utilizamos todos los españoles —residentes y visitantes— nacieron o crecieron para responder al desarrollo turístico de nuestro país.

Imagen de archivo de turismo en Semana Santa en Mérida

Imagen de archivo de turismo en Semana Santa en MéridaJosele Sánchez / Ayuntamiento de Mérida

Por eso me preocupa cuando el debate público reduce el turismo a una sucesión de titulares simplistas. Claro que existen retos. Sería irresponsable negarlos. La presión sobre la vivienda, la movilidad, la gestión de los recursos, la sostenibilidad ambiental o la convivencia entre residentes y visitantes exigen respuestas inteligentes. Pero precisamente porque el turismo es tan importante, merece soluciones serias y no eslóganes. La respuesta nunca puede ser enfrentar a los ciudadanos con una actividad que genera prosperidad.

La respuesta debe ser gobernar mejor. Planificar mejor. Invertir mejor. Ordenar mejor. El éxito no se combate. El éxito se gestiona. Y esa diferencia resulta fundamental. España no necesita elegir entre turismo y calidad de vida. Necesita un turismo que contribuya precisamente a mejorar la calidad de vida de quienes viven en los destinos.

Ese debe ser el objetivo. No crecer por crecer. Sino crecer mejor. Con más innovación. Con mayor valor añadido. Con mejor formación. Con una planificación que piense en las próximas décadas y no únicamente en la próxima temporada turística. Porque el liderazgo nunca está garantizado.

Los países que hoy ocupan las primeras posiciones son aquellos que entienden que competir ya no consiste únicamente en atraer visitantes. Consiste en ofrecer experiencias excelentes, servicios de calidad, destinos sostenibles y una convivencia equilibrada entre quienes llegan y quienes viven en ellos.

España reúne todas las condiciones para seguir liderando ese camino. Tiene recursos naturales excepcionales. Posee uno de los patrimonios culturales más ricos del mundo. Cuenta con una gastronomía reconocida internacionalmente. Dispone de empresas competitivas, infraestructuras modernas y profesionales extraordinariamente cualificados. Pero, sobre todo, cuenta con algo mucho más difícil de construir: una cultura de la hospitalidad que forma parte de nuestra manera de ser.

Ese es nuestro verdadero valor diferencial. No aparece en las estadísticas. No puede medirse en porcentajes. Pero se recuerda durante años. Es lo que hace que millones de personas no solo quieran venir a España. Quieran volver. Por eso creo que ha llegado el momento de abandonar ciertos complejos. Hablar bien del turismo no significa ignorar sus desafíos. Significa reconocer con honestidad una evidencia: pocas actividades han contribuido tanto al progreso económico, social y territorial de nuestro país. Defender el turismo no es defender un sector concreto. Es defender a millones de trabajadores, miles de empresas, centenares de municipios y una forma de entender la España abierta, acogedora y dinámica que hemos construido entre todos.

Quizá por eso convenga recordar, de vez en cuando, una idea que con demasiada frecuencia olvidamos. El turismo no vive de España. España vive también gracias al turismo.

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