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La primera frontera del turismo es la confianza

La seguridad no solo protege nuestras fronteras. También protege la confianza con la que millones de personas deciden visitar España.

Varios pasajeros en la zona de facturación de la Terminal 4 del Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas.
Jesús Hellín / Europa Press
30 JULIO 2023

Varios pasajeros en la zona de facturación de la Terminal 4 del Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas. Jesús Hellín / Europa Press 30 JULIO 2023Jesus Hellin 2022

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Agustín Almodóbar Barceló

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Hay imágenes que recorren el mundo en cuestión de minutos. Y hay consecuencias que tardan mucho más en desaparecer. Las escenas que estamos viendo estos días en Ceuta han abierto un intenso debate sobre inmigración, control fronterizo, seguridad y política exterior. Es lógico. Son cuestiones que afectan directamente a la soberanía de un Estado y a su capacidad para garantizar el cumplimiento de la ley.

Pero existe otra dimensión de esta crisis de la que apenas se está hablando. Su impacto sobre la imagen internacional de España. Y, por tanto, sobre el turismo. Puede parecer una relación lejana. No lo es. El turismo vive, antes que, de cualquier otra cosa, de la confianza. Un viajero decide cruzar medio mundo porque confía en que llegará a un país seguro, estable, bien organizado y capaz de ofrecerle una experiencia satisfactoria.

Compra un billete de avión. Reserva un hotel. Organiza unas vacaciones con su familia. Todo ello sustentado sobre una decisión que rara vez verbaliza, pero que siempre está presente. La confianza. Por eso los destinos turísticos no compiten únicamente con playas, monumentos, gastronomía o infraestructuras. Compiten también con su reputación. Y la reputación es uno de los activos más valiosos —y al mismo tiempo más frágiles— que puede tener un país.

Se construye durante años con muchísimo esfuerzo y puede verse comprometida en apenas unas horas. Vivimos en una época en la que una imagen grabada con un teléfono móvil puede recorrer el planeta antes incluso de que las autoridades hayan terminado de gestionar una crisis. Las redes sociales no distinguen entre un incidente localizado y la percepción general de un país. Un vídeo viral no explica el contexto. Una fotografía no matiza. Una secuencia de apenas unos segundos puede convertirse, para millones de personas, en la imagen de un destino entero.

Ese es el gran desafío de nuestro tiempo. La percepción viaja mucho más rápido que la realidad. Y cuando hablamos de turismo, la percepción importa tanto como la propia realidad. España es hoy una de las grandes potencias turísticas del planeta. Cada año millones de personas nos eligen porque identifican nuestro país con hospitalidad, calidad, patrimonio, gastronomía, naturaleza y seguridad. Esa confianza no ha aparecido por casualidad.

Ha sido construida durante décadas gracias al esfuerzo de empresarios, trabajadores, administraciones públicas y millones de ciudadanos que han entendido que recibir bien al visitante también forma parte de la mejor imagen de España. Precisamente por eso debemos protegerla. No con propaganda. Con gestión. La reciente crisis de Ceuta debería hacernos reflexionar sobre una cuestión que apenas ocupa espacio en el debate público.

¿Está España preparada para proteger su reputación turística cuando se producen acontecimientos de enorme repercusión internacional? No hablo únicamente de gestionar una crisis. Hablo de gestionar también su impacto sobre la imagen del país. Porque ambas cosas no siempre son lo mismo.

Cuando una situación como la vivida en Ceuta ocupa portadas internacionales, resulta legítimo preguntarse si el Gobierno está monitorizando cómo se percibe España en nuestros principales mercados emisores. Si Turespaña está analizando el tratamiento que realizan los medios internacionales. Si existen protocolos específicos para responder a consultas de turoperadores, compañías aéreas o agencias de viaje. Si se están evaluando posibles variaciones en las reservas.

Si existe una verdadera coordinación entre los ministerios de Interior, Industria y Turismo y Asuntos Exteriores para proteger la reputación internacional de España como destino seguro. Porque hoy la gestión de una crisis no termina cuando se recupera el control sobre el terreno. Termina cuando el mundo vuelve a confiar. Y esa confianza también hay que trabajarla. No se trata de generar alarma. Al contrario. Se trata de evitarla.

Porque cuando una crisis ocupa las portadas del mundo, el silencio institucional o sugerir playlist musicales para el verano, nunca es una estrategia. La comunicación también forma parte de la gestión. Otros países lo han entendido hace tiempo.

Muchos destinos turísticos disponen de protocolos específicos para responder ante atentados, catástrofes naturales, crisis sanitarias o episodios que puedan afectar a su reputación internacional. No esperan a que aparezcan las cancelaciones. Trabajan para impedir que se produzcan. Porque saben que recuperar la confianza siempre resulta mucho más difícil que conservarla.

España debería actuar con esa misma anticipación. No basta con gestionar bien una emergencia. Hay que gestionar también el relato internacional que se genera alrededor de ella. No para ocultar la realidad. Sino para explicar el contexto, transmitir confianza y demostrar que las instituciones funcionan.

Y precisamente por ello en los últimos días he registrado en el Senado una batería de preguntas al Gobierno para conocer qué evaluación está realizando sobre el posible impacto turístico de la crisis de Ceuta, qué seguimiento está haciendo de la cobertura internacional, si ha detectado alteraciones en las reservas, qué protocolos ha activado para proteger la imagen de España y qué medidas piensa adoptar para reforzar la confianza en nuestros principales mercados emisores.

Porque un país que aspira a seguir siendo una potencia turística no puede limitarse a gestionar las consecuencias de una crisis; debe anticiparse también a sus efectos sobre su reputación. La seguridad es una de las principales fortalezas competitivas del turismo español. Y mantener esa percepción exige una acción coordinada, constante y profesional. La reciente crisis de Ceuta también deja otra enseñanza. La seguridad y el turismo no son dos mundos separados. Se necesitan mutuamente.

No puede existir una industria turística fuerte si la percepción de seguridad se deteriora. Y, al mismo tiempo, proteger esa confianza significa proteger millones de empleos, miles de empresas y una parte esencial de nuestra economía. Con demasiada frecuencia hablamos del turismo únicamente en términos de promoción. Campañas. Ferias. Publicidad.

Pero la mejor campaña turística del mundo pierde eficacia si las imágenes que llegan al exterior transmiten incertidumbre. La Marca España no se construye únicamente con anuncios. Se construye cada día con la actuación de nuestras instituciones, con la profesionalidad de nuestros servidores públicos y con la capacidad del Estado para responder eficazmente cuando aparecen dificultades.

Por eso defender nuestras fronteras no constituye únicamente una obligación constitucional. Es también una política turística. No porque el turismo dependa exclusivamente de la seguridad. Sino porque la seguridad es la condición imprescindible para generar confianza. Y la confianza es el primer paso de cualquier viaje.

España seguirá siendo uno de los destinos más admirados del mundo. No tengo ninguna duda. Nuestros recursos, nuestra hospitalidad, nuestro patrimonio y la calidad de nuestra oferta continúan siendo extraordinarios. Pero precisamente porque ocupamos una posición de liderazgo no podemos permitirnos improvisar cuando esa confianza puede verse comprometida.

Las grandes potencias turísticas no solo compiten por atraer visitantes. Compiten por preservar su reputación. Y esa reputación se protege todos los días. También en las fronteras. Porque la primera frontera del turismo nunca es una aduana. La primera frontera del turismo siempre será la confianza.

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