El precio de no hacer nada
Fenómenos extremos, seguros más caros y pérdidas en el campo demuestran que no anticiparse a los riesgos tiene un coste que acaba pagando toda la sociedad.

La piscina municipal de Benetússer, durante una visita de la ministra de Ciencia, Innovación y Universidades,
Todo servidor público debería tener entre sus mandamientos una frase que debería guiar la acción política: reparar siempre es más caro que prevenir.
No es ninguna ocurrencia ni consigna, es un hecho. Es una conclusión bastante elemental de la economía. Sin embargo, haciendo bueno aquello de caer en la misma piedra, seguimos comportándonos como si la prevención fuese un gasto y la emergencia una fatalidad inesperada.
Los datos que acaban de publicar Mitiga Solutions y Endeavor son reveladores: el 45% de las empresas ya ha sufrido pérdidas importantes por fenómenos meteorológicos y climáticos extremos, pero solo el 29% ha realizado una evaluación formal de su exposición a estos acontecimientos. Es decir, casi la mitad ya ha pagado la factura y menos de un tercio se ha sentado a calcular cuánto puede costarle la próxima.
Las pymes quizá crean que esto es cosa de grandes compañías. Un agricultor puede pensar que los mapas de riesgo son para multinacionales. Una familia dirá que lo suyo es llegar al día 20. Y sin embargo son ellos quienes ya lo están pagando, aunque nadie se lo haya explicado así: en la prima del hogar que sube aunque su casa no se haya inundado nunca, en la póliza agraria que cada año cubre menos por más dinero, en la cosecha que no llega. La factura del clima no aparece en un informe. Aparece en el recibo.
El sector asegurador lo sabe y, oh sorpresa, lo va a repercutir en todos nosotros. Ya lo está haciendo. Ellos mismos lo reconocen: la siniestralidad que dibuja esta nueva realidad climática está presionando especialmente algunas líneas de negocio. Después de la DANA de 2024, grandes temporales y otros episodios extremos han dejado de ser extraordinarios para formar parte de la nueva normalidad y, por ende, del cálculo del riesgo.
De eso viven las aseguradoras y sería interesante que las administraciones hicieran algo parecido para decidir cuánto dedicar a la prevención y estimar el coste de no hacerlo. El requetemanoseado Fondo de Contingencia es limitado.
La prevención tiene mala prensa porque casi nunca se ve. Cuando no pasa nada no hay foco mediático y la prevención va de eso, de que nada pase.
Contribuyendo a dar visibilidad, quiero destacar algo que ha hecho Asturias recientemente promoviendo a través de ayudas que los ganaderos tengan mastines que protejan el rebaño. Bien por ellos.
Es el momento de hacernos una pregunta incómoda y es cuánto estamos dispuestos a gastar para evitar que el mañana nos cueste mucho más. Sale más barato pagar un perro que indemnizar varias reses muertas. No solo es dinero, también son vidas, paisaje, biodiversidad, actividad económica, calidad de vida y oportunidades para todos.
Invertir en prevención es más aburrido y gris que hacerlo en obra pública o en subvenciones pero para quien como yo reivindica el aburrimiento en política, quizás esto le pueda parecer una buena idea.