España maravilla al mundo

Madrid vuelve a demostrar con la Fórmula 1 que España tiene infraestructuras, experiencia y hospitalidad para convertir los grandes eventos en auténticas oportunidades de país.

Cartel Gran Premio de España de Fórmula 1 en Madring.Matt Ben Stone

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Agustín Almodóbar Barceló
Senador por Alicante | Portavoz de Turismo del Grupo Popular en el Senado

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El Gran Premio de España de Fórmula 1 ha vuelto a demostrar algo que demasiadas veces damos por hecho: pocos países reúnen nuestra capacidad para organizar grandes acontecimientos y convertirlos en turismo, empleo, imagen y oportunidades.

Más de 360.000 asistentes pasaron el pasado fin de semana por el nuevo circuito urbano creado en el entorno de IFEMA, entre ellos unos 45.000 visitantes internacionales. Hoteles, restaurantes, transporte, seguridad, tecnología, televisión, logística y miles de profesionales trabajando alrededor de uno de los mayores espectáculos deportivos del planeta.

Habrá alguna cosa que mejorar. Es una primera edición y precisamente de eso se trata: aprender, corregir y conseguir que la siguiente sea todavía mejor.

Pero hay algo difícil de discutir. Madrid ha vuelto a maravillar al mundo.

Y quizá lo verdaderamente extraordinario no sea que hayamos sido capaces de organizar un Gran Premio de estas dimensiones. Lo extraordinario es que ya casi nadie se sorprenda de que España pueda hacerlo con total garantía de éxito.

Porque llevamos décadas demostrándolo. En 1982 España organizó un Mundial de fútbol, el de Naranjito. Pero fue diez años después cuando comprendimos definitivamente el extraordinario poder de los grandes acontecimientos para transformar ciudades, modernizar infraestructuras y proyectar la imagen de un país.

1992 fue el año en que España enseñó al mundo la España que quería ser. Los Juegos Olímpicos transformaron Barcelona y cambiaron para siempre su proyección internacional. La Exposición Universal convirtió Sevilla durante seis meses en uno de los grandes escaparates mundiales. Y Madrid fue Capital Europea de la Cultura.

España recibió al mundo y el mundo descubrió una nación moderna, abierta, ambiciosa y capaz de afrontar retos organizativos extraordinariamente complejos.

Aquello nos dejó una enseñanza que sigue plenamente vigente: un gran evento no solamente llena una ciudad durante unos días. Puede cambiar la manera en que el mundo la mira durante décadas.

Después vinieron la Ryder Cup de Valderrama, la America’s Cup de Valencia, la Expo de Zaragoza, el Mobile World Congress de Barcelona, grandes finales europeas, la COP25, la Cumbre de la OTAN o la Solheim Cup en la Costa del Sol.

Y también acontecimientos multitudinarios de naturaleza completamente diferente. En 2011 Madrid acogió la Jornada Mundial de la Juventud y recibió a Benedicto XVI. Y hace apenas tres meses España volvió a recibir a un Papa quince años después. Durante siete días, León XIV recorrió Madrid, Barcelona, Montserrat y Canarias. Solo la misa celebrada en Cibeles reunió, según la Santa Sede, a 1,2 millones de personas.

Otro gigantesco desafío de seguridad, movilidad, alojamiento, voluntariado, coordinación y capacidad de acogida.

Cambian los protagonistas, cambia el motivo del viaje y cambia el escenario. Lo que permanece es la capacidad de España para recibir.

Y seguimos sumando ejemplos. Hace menos de un año, el Santiago Bernabéu acogió el primer partido oficial de la NFL disputado en España. 78.610 espectadores, más de 42.000 visitantes internacionales y un impacto económico superior a los 70 millones de euros.

La música ofrece otra dimensión extraordinaria. Hace apenas unos meses, Bad Bunny convirtió Madrid en una de las capitales musicales del mundo con diez conciertos y alrededor de 800.000 asistentes. Ahora ha llegado Shakira con una residencia de doce conciertos que se prolongará hasta octubre.

Dos artistas. Veintidós conciertos. Más de un millón de espectadores. Y alrededor de ellos, toda una ciudad funcionando a pleno rendimiento.

En junio de 2027, el Metropolitano volverá además a albergar la final de la UEFA Champions League, después de haber acogido ya la de 2019.

Hace unas semanas Valencia se convirtió en escenario de SailGP. Y en enero de 2027 Alicante volverá a ser capital mundial de la vela con la salida de The Ocean Race, por sexta edición consecutiva. La última salida generó un impacto superior a 71 millones de euros en el PIB español, más de 1.200 empleos equivalentes a tiempo completo y más de 300.000 visitantes.

FITUR convierte cada año Madrid en la capital mundial del turismo. El Mobile World Congress hace lo propio con Barcelona y la tecnología.

Podríamos seguir España sabe organizar grandes acontecimientos. Pero nuestra verdadera ventaja empieza después.

Cuando alguien viaja a nuestro país para asistir a una carrera, un partido, un concierto o un congreso, ese puede ser el motivo que le hace comprar el billete.

Pero rara vez es toda la experiencia. Quien llega a Madrid para ver la Fórmula 1 puede terminar entrando en el Prado, paseando por el Retiro, disfrutando de nuestra gastronomía, asistiendo a un musical o prolongando su estancia para conocer Toledo o Segovia.

Quien llega a Valencia para una competición de vela encuentra el Mediterráneo, la Ciudad de las Artes y las Ciencias o la Albufera.

Quien venga a Alicante para vivir la salida de The Ocean Race tendrá a su alcance la Costa Blanca, nuestras playas, nuestro riquísimo interior, Alicante, Elche, Orihuela, Benidorm o Denia, y decenas de lugares capaces de convertir una competición de vela en unas vacaciones.

Esa es nuestra diferencia. Hay países capaces de construir un estadio espectacular. Ciudades capaces de levantar un circuito. Destinos capaces de invertir miles de millones para atraer una cita internacional.

España ofrece algo muchísimo más difícil de construir. Alrededor del evento tenemos un grandioso país.

Cultura. Patrimonio. Gastronomía. Playas. Naturaleza. Compras. Ocio. Museos. Ciudades históricas. Pueblos. Clima. Conectividad. Y una forma de vivir y de recibir que constituye por sí misma una de nuestras mayores ventajas competitivas.

Por eso en España uno puede venir por el evento y terminar volviendo por el destino. Y hay otra dimensión fundamental: su capacidad para repartir actividad económica mucho más allá del recinto.

Un Gran Premio llena hoteles, mueve restaurantes y bares, incrementa las ventas del comercio, utiliza taxis y transporte público y contrata empresas de montaje, seguridad, limpieza, catering, tecnología o comunicación.

Lo mismo sucede con una final de Champions, un concierto, una competición de vela, una feria internacional o un congreso. El evento ocurre en un recinto. Su impacto se extiende mucho más allá.

Hablamos de actividad económica, empleo y oportunidades. Por eso no deberíamos medir estas citas únicamente por las entradas vendidas, la audiencia televisiva o la ocupación hotelera. Tenemos que preguntarnos cuántos visitantes prolongaron su estancia, qué restaurantes conocieron, qué museos visitaron, qué compras realizaron, qué otros destinos descubrieron y, sobre todo, cuántos volverán.

Porque ahí es donde un acontecimiento deja de ser solamente un evento y se convierte en política turística.

Pasar del espectador al visitante. Y del visitante a alguien que quiera regresar. Un gran evento puede durar tres días. La capacidad para organizarlo se construye durante décadas. Aeropuertos. Alta velocidad. Carreteras. Metro. Puertos. Recintos feriales. Estadios. Hoteles. Restaurantes. Tecnología. Telecomunicaciones. Seguridad. Sanidad. Y después están las personas.

La recepcionista que atiende en varios idiomas. El camarero. El taxista. El policía. El trabajador del aeropuerto. Quien monta una grada, prepara miles de comidas, gestiona una acreditación, limpia el recinto o abre cada mañana su comercio.

Quien consigue, en definitiva, que alguien que ha viajado miles de kilómetros se sienta bien recibido. Podemos construir un circuito en unos meses.

Lo que no podemos construir en unos meses es una cultura de hospitalidad. Y España lleva generaciones construyéndola.

Nada de esto se ha levantado de la noche a la mañana. Es el resultado de más de cuatro décadas en las que hemos aprendido que los grandes acontecimientos pueden ser extraordinarias palancas de modernización, turismo y proyección internacional.

Precisamente por eso sorprende que España, desde su gobierno central, no esté aprovechando todavía todo este potencial con una verdadera visión de país.

Y ahí resulta inevitable mirar hacia 2030. España, Portugal y Marruecos organizarán el Mundial de fútbol, uno de los mayores escaparates internacionales que tendremos en décadas.

Pero queda una decisión pendiente: la sede de la gran final.

Marruecos no oculta su aspiración y la defiende abiertamente. España debe hacer lo mismo con toda la determinación y capacidad política e institucional del país.

Tenemos estadios, infraestructuras, seguridad, capacidad hotelera, conexiones internacionales, experiencia organizativa e historia futbolística.

Y llegaremos a ese Mundial siendo los actuales campeones del mundo. La final del Mundial de 2030 debe jugarse en España. Conseguirlo exige liderazgo, diplomacia, trabajo y ambición. No basta con quererla. Hay que competir por ella. Porque nuestros competidores lo hacen.

Nosotros también deberíamos, pero por desgracia el gobierno de España ha demostrado ser incapaz de hacerlo.

Y cuesta comprender que, mientras Ayuntamientos, Comunidades Autónomas, empresas y miles de profesionales trabajan para atraer oportunidades de esta dimensión, aparezca demasiadas veces la tentación política de cuestionarlas dependiendo de quién las organiza. Lo hemos vuelto a comprobar alrededor del incontestable éxito del Gran Premio de Madrid.

Y hace exactamente un año vivimos una imagen mucho más grave. La última etapa de La Vuelta Ciclista a España tuvo que ser suspendida en Madrid después de que las protestas propalestinas alentadas por los propios miembros del gobierno, bloquearan distintos puntos del recorrido. Aquella misma mañana, el presidente del Gobierno había expresado públicamente su «admiración» por quienes se movilizaban.

El resultado recorrió el mundo: una de las grandes competiciones deportivas españolas no pudo terminar en las calles de nuestra capital.

Se puede defender cualquier causa. Se puede discrepar de cualquier decisión. Se puede criticar un circuito y exigir que mejore.

Pero deberíamos compartir al menos una convicción. Los grandes acontecimientos internacionales que se celebran en España no deberían tener color político. Tienen bandera. Cuando Madrid organiza con éxito un Gran Premio de Fórmula 1, gana Madrid y gana España. Cuando Barcelona consolida el Mobile World Congress, gana Barcelona y gana España.

Cuando Valencia acoge una competición internacional, Alicante se convierte en puerto de salida de The Ocean Race o cualquier ciudad o Comunidad Autónoma consigue atraer un gran congreso, un concierto o una final, estamos ante una oportunidad para todo el país.

Porque los grandes eventos tienen sede, pero su impacto no entiende de fronteras administrativas.

España necesita una estrategia mucho más ambiciosa para captarlos y aprovechar turísticamente los que ya tenemos. Competir por ellos. Facilitar su organización. Medir su retorno. Promocionarlos internacionalmente. Conseguir que sus visitantes prolonguen sus estancias.

Y utilizarlos para mostrar al mundo una España moderna, abierta, segura, competitiva y extraordinariamente preparada para recibir. Tenemos las infraestructuras, la planta turística, las conexiones, las empresas y la experiencia. Tenemos cultura, patrimonio, gastronomía, playas, naturaleza y algunos de los mejores destinos del mundo.

Y, sobre todo, tenemos algo que ningún presupuesto puede levantar de un día para otro: un país entero que lleva generaciones aprendiendo a recibir al mundo. Hay países capaces de organizar un gran evento. España puede convertirlo en una experiencia.

Porque aquí el viaje no termina cuando cae la bandera a cuadros, cuando el árbitro pita el final, cuando se apagan las luces del escenario o cuando termina un congreso. Muchas veces es precisamente entonces cuando empieza el verdadero viaje.

En nuestras calles. En nuestros restaurantes. En nuestros museos. En nuestras playas. En nuestros pueblos. En nuestra cultura. En nuestra manera de vivir.

Este fin de semana Madrid ha vuelto a demostrarlo. Ha recibido al mundo. Y lo ha maravillado.

Lo hicimos en 1982. Lo hicimos en aquel inolvidable 1992. Lo hemos seguido haciendo durante décadas y volveremos a hacerlo muchas veces más.

Porque tenemos un país capaz de convertir un acontecimiento en una experiencia y una visita en el deseo de regresar. España maravilla al mundo.

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Y eso, lejos de cuestionarlo, deberíamos cuidarlo, defenderlo, aprovecharlo y sentirnos profundamente orgullos de ello.