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Sánchez pierde la batalla y las elecciones asoman: así hemos vivido una jornada frenética

Que le pasen el micro a quien sostiene la sostenibilidad

En Nueva York se habló mucho de salvar el planeta. Se echó en falta a quienes lo cuidan cada día lejos de los focos

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Punto SIGREEuropa Press

Javier Dorado

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Hace unos días, desde la tribuna de mármol verde de Naciones Unidas, los líderes del mundo volvieron a hablar del clima. Hubo cifras, compromisos y advertencias serias: el umbral de 1,5 grados fijado en París está cada vez más cerca. Nada que objetar a la preocupación. Mientras escuchaba a tantos jefes de Estado y de Gobierno me vino una pregunta que todavía no me he quitado de la cabeza: ¿alguno de ellos aportó la visión de los que, de verdad, sostienen todo esto? ¿Se habrán sentido representados por sus palabras?

No pienso en expertos ni en grandes nombres. Pienso en la vecina que cada primavera desbroza su finca porque sabe lo que pasa en agosto si no lo hace. En el alcalde de un pueblo de quinientos habitantes que está empujando fuerte para reabrir el colegio, como mi admirado Chemi en San Xoán de Río. En el bombero forestal que conoce cada pista y cada barranco de su comarca. En las mariscadoras de Cambados, que notan antes que nadie cuándo algo cambia en el agua. En la joven que volvió al pueblo de sus abuelos para abrir un negocio.

Ninguno tenía micro en Nueva York. Tampoco suelen tenerlo en Madrid ni en Bruselas. Y no, no valen esos espacios decorativos que forman parte del atrezo. Me refiero a la mesa donde de verdad se toman las decisiones.

La paradoja es que todos estamos en el mismo globo, pero cuanto más global se vuelve la conversación sobre el clima, más se aleja de quienes conviven con él a diario y sobre cuyos hombros descansa buena parte de la transición sin ser, a su vez, los principales causantes del problema.

Hay otra trampa que ha permeado más de la cuenta: convertir determinada forma de entender el cuidado del medio ambiente en una seña de identidad, en un "buenos contra malos".

Cuando el debate se reduce a eso, dejamos de preguntarnos lo que realmente está funcionando o no. ¿Hay más agua? ¿Más biodiversidad? ¿Están mejor cuidados nuestros montes y nuestras costas? ¿Puede una familia joven quedarse a vivir donde nació sin que le salga más caro que marcharse? Esa es la vara de medir.

El clima no distingue entre progresistas y conservadores, no pregunta a quién votas. Por eso me resisto a que sea patrimonio de nadie. Debería ser una causa común y transversal, una fuente de empatía y acercamiento entre realidades que en su día a día viven, muy a mi pesar, de costas.

Imaginemos que el año que viene, en esa misma tribuna, le pasan el micro a un custodio del territorio. Sospecho que no hablaría de ideologías, sino de realidades. Por el trabajo que desarrollamos en Legados con comunidades en distintas partes del país, me atrevo a anticipar que diría que la gente que vive y trabaja en el territorio no va a ser nunca un obstáculo para adaptarnos al cambio climático, sino un elemento indispensable para conseguirlo. Que si queremos que pague quien contamina, también habrá que reconocer a quien conserva y se adapta. Que el futuro no se decide solo en ministerios y cumbres, sino en cada pueblo, cada barrio y cada puerto donde alguien decide cuidar lo suyo. Recordaría que las bocas de metro están en muy pocos lugares del país, lo mismo que los servicios de alquiler de bicicletas o el privilegio de tenerlo todo a quince minutos.

Pero prefiero que lo cuenten ellos de primera mano, lo hacen mucho mejor que yo. Va siendo hora de pasarles el micro.

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