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Detrás del torno: el convento granadino que ha ganado un Solete pero que quiere vivir en clausura

La Guía Repsol desveló la semana pasada los ganadores de sus segundos premios más importantes, Los Soletes en la gala más mágica y navideña en Granada

Comendadoras de Santiago en Granada | Fuente: Cristina García Jiménez

Comendadoras de Santiago en Granada | Fuente: Cristina García Jiménez

Cristina García
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Este final de año ha sido sin duda, el que más aires religiosos ha traído en mucho tiempo. Entre el lanzamiento de LUX de Rosalía y su cambio de look, la película española con aires de Óscar, Los Domingos de Alauda Ruiz de Azúa, y el reconocimiento por parte de la Guía Repsol a los conventos, está claro que la tendencia íntima y espiritual está en auge.

Entre sus premios destinados a bares y tabernas, también hubo espacio para algo insólito en premios de estas características: 27 fueron los conventos premiados por ofrecer dulces artesanos y tradicionales que recuerdan a hogar y Navidad.

Entre estos conventos, encontramos: las hermanas Clarisas de Llerena en Badajoz, las religiosas del Convento Cisterciense de Teror en Las Palmas, o las hermanas del Monasterio de las Comendadoras de Santiago en Granada. Estas últimas son una de las congregaciones que más está triunfando a la hora de vender dulces, tanto en su barrio como a domicilio.

El nacimiento de la congregación

El monasterio nace de una promesa de Isabel la Católica tras la conquista de Granada: levantar un convento en la última ciudad incorporada a la Corona y honrar así al apóstol Santiago y a los caballeros de su orden. En 1501, sobre casas y solares del Realejo que habían pertenecido a la madre de Boabdil, se formaliza la fundación del convento, primera casa de religiosas de la ciudad y primer monasterio femenino de clausura granadino.

Con el paso de los siglos, la comunidad va ampliando dependencias, y entre 1772 y 1782 la iglesia se reforma siguiendo los planos de Francesco Sabatini, arquitecto de Carlos III, que dota al conjunto de la sobriedad clasicista que hoy se aprecia en su nave única y en la fachada.

Dulces, Solete y clausura

En la actualidad, una comunidad de comendadoras mantiene vivo el obrador, donde elaboran alrededor de treinta tipos de dulces —desde roscos de vino a anguilas de mazapán— que se venden tanto en el torno como por encargo y envío.

Esa tradición repostera, unida a la hospedería con más de cuarenta plazas que gestionan dentro del propio monasterio, ha convertido al convento en referencia gastronómica y espiritual del barrio.

El Solete de la Guía Repsol ha colocado a las comendadoras en el mismo mapa que bares de moda y tabernas modernas, pero sin embargo, no hay que confundirlo como si el torno fuese otra barra más donde “picar algo” entre plan y plan navideño. Desde entonces, el convento recibe colas, reseñas y fotos que convierten cada rosco en contenido y cada bandeja en atrezzo gastronómico, con el riesgo de que la comunidad termine siendo el decorado de una ruta foodie más.

Roscos elaborados a mano por las Comendadoras de Santiago | Fuente: Cristina García Jiménez

Roscos elaborados a mano por las Comendadoras de Santiago | Fuente: Cristina García Jiménez

Que se reconozca su trabajo tiene todo el sentido del mundo: las monjas sostienen su casa con lo que sale del horno, y quienes compran sus dulces colaboran a que el monasterio no sea solo pieza de museo. Sin embargo, conviene recordar una obviedad que, visto lo visto, ya no lo es tanto: se trata de un convento de clausura, no de un obrador a puerta abierta ni de un hotel boutique con monjas de atrezzo.

La clausura implica espacios vedados, horarios estrictos, una comunidad que reza de madrugada y que, cuando no está horneando, está precisamente haciendo aquello que justifica la existencia del monasterio: la vida contemplativa. Entrar, curiosear cada rincón, hablar a gritos en el zaguán o reclamar una visita guiada improvisada porque “para eso tienen un premio” es confundir servicio con obligación, y hospitalidad con espectáculo.

Cómo visitar sin invadir

Se puede disfrutar del Solete sin deslumbrar a las monjas con el flash. Comprar dulces en silencio, respetar los horarios, evitar convertir el torno en un photocall y asumir que no todo puede verse ni fotografiarse son gestos mínimos de cortesía hacia quienes no han pedido protagonismo, solo han seguido haciendo bien lo que siempre hicieron.

Quizá el verdadero acto contracultural hoy no sea descubrir un convento “muy cuqui”, sino aceptar que hay lugares que no están diseñados para nuestro consumo constante, por muy ricos que estén sus roscos. Y que a veces apoyar a una comunidad de clausura consiste, paradójicamente, en saber cuándo comprar, cuándo irse… y cuándo dejar de mirar.

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