OCÉANO ÍNDICO

Zanzíbar, mucho más que una isla: una forma distinta de vivir

Playas de arena blanca, bosques habitados por monos rojos, especias, historia y fondos marinos llenos de vida. Recorremos Zanzíbar para descubrir todo lo que esconde esta isla africana en la que hasta el tiempo parece avanzar a otro ritmo.

El Índico al atardecer desde The Residence Zanzibar.Victoria Peñalver

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Ha caído el sol sobre la playa. Con la oscuridad aparecen las estrellas y también luces aisladas sobre el Índico; tal vez barcos pesqueros que comienzan su jornada, quizá algún gran crucero avanzando en la distancia.

Hay, sin embargo, una luz que no se mueve: el resplandor permanente que vemos en el horizonte nos recuerda que el continente africano está mucho más cerca de lo que parece. Apenas unos 50 kilómetros en línea recta separan esta playa de la costa continental de Tanzania.

Desde Zanzíbar, Tanzania continental se dibuja en el horizonte.Victoria Peñalver

Estamos en Zanzíbar, concretamente en Unguja. Es la mayor isla del archipiélago y en ella se encuentran Stone Town y algunas de sus playas más conocidas. En su extremo suroeste nos alojamos en The Residence Zanzibar.

Son 32 hectáreas de vegetación tropical junto al Índico para solo 66 villas, todas con piscina privada, unas frente al océano y otras escondidas entre los jardines. No es extraño que aquí resulte más fácil encontrarse con un antílope o un mono entre los árboles que con otro huésped.

The Residence Zanzibar: despertarse entre palmeras y tener el mar a unos pasos de la cama.

Junto a la playa, una enorme piscina infinity se asoma al Índico tras una pared de cristal que parece borrar la frontera entre agua dulce y salada.

Una piscina infinity que parece prolongarse hasta el mar.Stevie Mann

Los dos paisajes que definen buena parte de Zanzíbar, mar y vegetación, parecen reproducirse a pequeña escala dentro de este hotel de cinco estrellas. Por un lado, el Índico: la playa, las villas frente al océano, la gran piscina, el jetty que se adentra en el agua. Por otro, un jardín exuberante en el que las villas desaparecen.

No hacen falta muchos días —ni siquiera muchas horas— para comprobar hasta dónde llega el paralelismo. Salimos de The Residence para descubrir Zanzíbar y, una y otra vez, terminamos encontrando Zanzíbar también dentro del hotel.

Jambo, pole pole y hakuna matata

Enseguida hacemos nuestra la palabra jambo con la que nos saludan a todas horas. Resulta casi imposible decirla sin una sonrisa. Quizá porque casi siempre recibes otra a cambio.

Y nuestro vocabulario sigue creciendo. Si en Costa Rica el pura vida ha terminado resumiendo para el viajero toda una actitud ante la existencia, aquí son dos expresiones las que parecen condensar una manera de tomarse la vida: hakuna matata y pole pole.

La primera la conocimos gracias a El Rey León, pero en Zanzíbar deja de pertenecer a una película para instalarse en la conversación cotidiana: no hay problema, no te preocupes. Aunque alguna vez escuchar un tranquilizador hakuna matata consigue el efecto contrario si hasta entonces no estabas preocupado.

Pole pole significa despacio, sin prisas, y no tarda en recordarte que aquí el ritmo es diferente. Al descubrir que eres español, no es raro que alguien lo prolongue con un «des-pa-ci-to», recuperando por unos segundos el estribillo de una canción que parece haber llegado también hasta esta orilla del Índico.

Y sí, hay momentos en los que también resuena en la cabeza aquel «porque esto es África» de Shakira: cuando de repente se va la luz o cuando algo no sucede exactamente como estaba previsto.

La sonrisa, una constante durante el viaje por Zanzíbar.

Pero por encima de todos esos tópicos hay algo bastante más difícil de olvidar: la sonrisa. Está en la calle, en una conversación improvisada, en quien se cruza contigo durante una excursión y también en el personal del hotel.

En un espacio tan grande de jardines, villas, piscinas, restaurantes y playa, sorprende que todo parezca suceder sin que apenas se vea a quien lo hace. El trabajo está ahí, pero casi siempre fuera de la vista. Y cuando te cruzas con alguien, vuelve a ocurrir lo mismo: un jambo y una sonrisa.

Salir a buscar monos y encontrarlos en la puerta de la habitación

Decidimos organizar una excursión a Jozani, el gran Parque Nacional de la isla. Cualquier movimiento entre la exuberante vegetación lleva a buscar entre las ramas. Allí aparecen los colobos rojos, endémicos del archipiélago, compartiendo bosque con los monos azules, de característico pelaje grisáceo.

Bosque tropical y manglar: dos paisajes de Jozani.Victoria Peñalver

La excursión continúa por el manglar, recorriendo pasarelas de madera entre raíces que emergen del barro y crean un paisaje completamente diferente al del bosque.

De regreso al hotel, parte de la fauna que hemos ido a buscar a Jozani aparece en los jardines e incluso junto a nuestra villa. Colobos rojos y monos azules se mueven entre los árboles, por los caminos, los tejados e incluso en la recepción. Corretean también musarañas elefante, pequeños mamíferos de curioso hocico alargado, mientras algún lagarto toma el sol. Y cada día conseguimos distinguir varios sunis, diminutos antílopes africanos que no habíamos tenido la suerte de ver durante nuestra visita al parque.

La variada fauna de The Residence forma parte del paisaje cotidiano del hotel.Victoria Peñalver

Habíamos salido del hotel para buscar la naturaleza de Zanzíbar y una parte de ella estaba esperándonos al regresar.

Stone Town, detrás de las puertas

En mitad de los jardines del hotel aparece una puerta de madera tallada que se mantiene en pie sin pared alguna a su alrededor. Basta atravesarla para entrar en el Bird Sound Sanctuary, un pequeño recorrido para pasear y escuchar el canto de las aves.

Esa reliquia nos lleva, casi sin querer, hasta Stone Town. Allí veremos muchas más: grandes, pesadas, labradas con extraordinario detalle, algunas salpicadas de grandes remaches metálicos. En Stone Town, la entrada de una casa puede contar mucho sobre quienes la construyeron y las culturas que dejaron su huella en la ciudad.

De una puerta aislada entre los jardines de The Residence a las que salpican las calles de Stone Town.Boris Mayer y Victoria Peñalver

La arena blanca, las palmeras y el agua turquesa dejan paso a un laberinto de callejuelas estrechas que cuenta otra historia: la de una isla situada durante siglos en el cruce de las rutas del Índico, con influencias africanas, árabes, indias y europeas.

Y entre esas calles nació Farrokh Bulsara, el niño que el mundo acabaría conociendo como Freddie Mercury y de cuyo nacimiento se han cumplido este mes 80 años. La casa en la que vivió alberga hoy el Freddie Mercury Museum, dedicado a sus primeros años en Zanzíbar y a la historia del cantante de Queen.

De la isla de las especias a una mesa sin cubiertos

Zanzíbar es conocida desde hace siglos como la isla de las especias, y basta recorrer el enorme huerto de The Residence para comprobar hasta qué punto siguen presentes en su cocina. En él crecen frutas, plantas aromáticas y especias que después llegan a sus platos. Pero una cosa es probarlas y otra bastante más divertida aprender a cocinar con ellas.

Hierbas y plantas que cuentan por qué Zanzíbar es la isla de las especias.Victoria Peñalver

Del huerto pasamos a los fogones, de la mano de Boscolin George Ananda, chef ejecutivo del hotel, y Lucas Jumapili. Entre cazuelas de barro colocadas sobre pequeños hornillos, preparamos tres platos de la cocina suajili: ugali, una masa elaborada con harina de maíz blanco y agua; mchicha wa nazi, hojas verdes cocinadas con leche de coco, y unas gambas preparadas en una intensa salsa de curry.

A la hora de probar lo que hemos cocinado, los cuchillos y tenedores sobre la mesa resultan innecesarios. Nuestra anfitriona Sharon nos enseña a comer con los dedos y siguiendo un orden muy preciso: tomamos un poco de ugali con tres dedos y lo combinamos con el resto de los platos. Quizá sea sugestión, pero todo parece saber mejor.

Cazuelas de barro, cocina suajili y una mesa en la que sobran los cubiertos.Victoria Peñalver

Y entonces llega el mejor cumplido que podía recibir. Sharon me observa comer con los dedos y sentencia: «Tú aquí sobrevivirías sin ningún problema».

Pero todavía quedan muchas oportunidades para seguir probando sabores. En The Dining Room, el restaurante principal, la cocina internacional convive con productos y especias de Zanzíbar y, en las noches de buffet, permite ir saltando de unos sabores a otros. The Pavilion cambia el registro con una propuesta en la que se encuentran el Mediterráneo y Oriente Medio, además de carnes y pescados frescos. Dos maneras diferentes de comprobar que, en esta isla, las especias no se quedan solo en el huerto.

Un océano por descubrir

En la playa del hotel, con la marea baja, el agua retrocede alrededor de un centenar de metros y deja al descubierto conchas, pequeños cangrejos y un fondo por el que caminar antes de que el mar vuelva a ocuparlo.

Ya mar adentro, una de las actividades más populares en esta parte suroccidental de la isla es salir en barco en busca de delfines. Pero para descubrir qué ocurre bajo la superficie, hay que mojarse. La opción más sencilla es hacer snorkel, aunque quienes quieran ir un poco más allá pueden probar el buceo con un bautismo, realizar un curso o, si ya cuentan con la certificación, salir a bucear.

Buceamos con DiveTime Zanzibar, un centro PADI 5 Star de Kizimkazi dirigido por Zoltan, un húngaro que lleva tantos años en Zanzíbar que ha dejado de contarlos. Desde allí salimos hacia los puntos de inmersión de Menai Bay, una extensa zona marina protegida del suroeste de la isla.

Bajo la superficie de Zanzíbar, arrecifes, peces multicolores y auténticos especialistas del camuflaje.Yanic Maurer y Victoria Peñalver

Algunos puntos de inmersión están a apenas siete minutos en barco. Los arrecifes de coral se alternan con fondos arenosos donde se esconde una enorme variedad de peces. Entre ellos, auténticos especialistas del camuflaje: peces hoja, peces rana, peces escorpión, pulpos o incluso caballitos de mar. Los divemasters los localizan enseguida; nosotros necesitamos un buen rato mirando exactamente donde señalan hasta que, de pronto, aparece lo que parecía invisible. Una pequeña victoria que acaba anotada en nuestro logbook.

En los puntos más alejados cambia el escenario y también sus habitantes. Allí aparecen especies de mayor tamaño, como barracudas, rayas de puntos azules o incluso angelotes, un curioso tipo de tiburón de cuerpo aplanado.

Cuando cae el sol

En The Residence, la puesta de sol puede encontrarnos en lugares muy distintos. A veces basta quedarse en la piscina de la villa y ver cómo el cielo va cambiando sobre el Índico. Otras, acercarse al jetty, el largo pantalán de madera que se adentra en el mar. Allí, un cóctel, una buena conversación, el Índico alrededor y el sol descendiendo sobre el horizonte son prácticamente todo lo necesario.

En la playa, el atardecer acompaña también al Maskani Coffee. Nos explican que es un momento para sentarse a charlar sobre asuntos trascendentales o mundanos, con un café o un té —el de jengibre resulta difícil de olvidar—. La conversación comparte protagonismo con nuestra primera lección de bao, el tradicional juego de estrategia tan popular en Zanzíbar.

Puestas de sol africanas para despedir el día frente al Índico.Victoria Peñalver

Mientras intentamos entender cómo se mueven las fichas por aquel tablero de madera, comienza un espectáculo de acrobacias sobre la arena. Detrás, el sol va desapareciendo sobre el Índico.

Es el mismo que habíamos explorado bajo el agua, ahora contemplado sin ninguna prisa desde la orilla. El pole pole cada vez tiene más sentido para nosotros.

Cuando toca hacer absolutamente nada

Zanzíbar invita a hacer muchas cosas. Y a todo lo que hemos ido descubriendo por la isla se suman otras posibilidades sin salir del hotel: practicar yoga o tenis, hacer paddle surf, navegar en catamarán o subirse a una moto de agua.

En tierra o en el agua, las opciones para mantenerse activo se multiplican.

Pero llega un momento en el que la mejor actividad posible consiste precisamente en no hacer nada.

Puede ser quedarse en la villa sin ninguna prisa, pasar horas en la piscina, bajar al bar de la playa, alargar una sobremesa o desaparecer durante un rato en el spa, escondido entre los jardines. Después de nuestras inmersiones, de una caminata bajo la humedad tropical o de varias horas recorriendo Stone Town, un masaje deja de parecer un capricho y empieza a resultar una idea extraordinariamente sensata.

Hay momentos en los que el mejor plan es no hacer absolutamente nada.

Solo cuando dejamos de intentar aprovechar cada minuto terminamos de entender aquellas dos expresiones que aprendimos al llegar.

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Ya de vuelta en España, las prisas y los problemas siguen ahí. Sin embargo, cuando el día a día amenaza con arrastrarnos de nuevo, vuelven a nuestra cabeza el hakuna matata y el pole pole. Y, por un instante, las prisas parecen menos urgentes y los problemas, menos importantes.

Antes de viajar a Zanzíbar

Documentación. Los viajeros españoles necesitan pasaporte con una validez mínima de seis meses y al menos tres páginas en blanco, además de visado turístico, que cuesta 50 dólares y puede tramitarse online antes del viaje o solicitarse a la llegada al aeropuerto.
Seguro obligatorio. Zanzíbar exige a los visitantes extranjeros contratar una póliza específica de la Zanzibar Insurance Corporation (ZIC), que cuesta actualmente 44 dólares por adulto. Su cobertura es limitada y debe contratarse aunque se viaje con un seguro internacional propio.
Cuándo viajar. En Zanzíbar las estaciones vienen marcadas sobre todo por las lluvias. Los periodos secos van de junio a octubre y de enero a febrero, aunque estos dos últimos meses son bastante más calurosos. En noviembre y diciembre son habituales los chaparrones tropicales, generalmente breves y tras los que vuelve a salir el sol. De marzo a mayo, en cambio, llegan las lluvias más intensas. En general, los periodos secos son los más recomendables para disfrutar de la isla.
Salud. Si se llega directamente desde España no se exige la vacuna de la fiebre amarilla; las recomendaciones pueden variar según el itinerario y cada viajero, por lo que conviene consultar previamente un Centro de Vacunación Internacional. Y el repelente de mosquitos no debería faltar en la maleta.
Dinero. La moneda es el chelín tanzano, aunque los dólares son habituales en el sector turístico. Algunos establecimientos aplican recargos al pagar con tarjeta.
Electricidad. Conviene llevar un adaptador de enchufe.