HISTORIA Y AVENTURA
Jordania, el país del que seguirás hablando veinte años después de visitarlo
De las ruinas romanas de Jerash al Tesoro de Petra, del desierto de Wadi Rum a los arrecifes del mar Rojo. Un recorrido por Jordania lleno de contrastes, encuentros inesperados y experiencias que permanecen en la memoria.

El tesoro de Petra supera las expectativas de cualquier visitante a pesar de haberlo visto en cientos de fotos.
Algo me llamó poderosamente la atención antes de viajar a Jordania. Cada vez que comentaba que iba a conocer el país, alguien tenía una historia que contarme. Muchos familiares y amigos habían estado allí hacía veinte, treinta o incluso cuarenta años y seguían hablando de aquel viaje con un entusiasmo sorprendente. Empecé a preguntarme qué tendría Jordania para permanecer tanto tiempo en la memoria.
Ahora, después de recorrer buena parte del país, empiezo a entender por qué Jordania no te deja indiferente.
Jordania, que este año celebra el 80.º aniversario de su independencia, tiene lugares extraordinarios, de esos que llevas años queriendo conocer y que impresionan incluso cuando los has visto cientos de veces en fotografías. Pero, al recordar este viaje, me doy cuenta de que muchos de mis mejores recuerdos están asociados a momentos muy concretos, a conversaciones, a personas y a situaciones que jamás habría podido imaginar antes de llegar.
Jerash, una ciudad en la que es fácil perder la noción del tiempo
Nuestra primera gran sorpresa fue Jerash, la antigua Gerasa. Sabía que íbamos a visitar una ciudad romana, pero no esperaba encontrarme con un conjunto arqueológico de semejantes dimensiones.

Dos mil años después, las columnas de Jerash permiten imaginar la grandeza de una de las principales ciudades romanas de Oriente.
Por Jerash pasaron griegos, romanos, bizantinos y omeyas, aunque fue durante la época romana cuando alcanzó su mayor esplendor. A lo largo de su historia sufrió varios terremotos, entre ellos el devastador seísmo del año 749, que destruyó numerosos edificios y contribuyó al declive de la ciudad. Buena parte de sus construcciones quedaron cubiertas por la tierra durante siglos, hasta que el viajero alemán Ulrich Jasper Seetzen identificó las ruinas de la antigua Gerasa en 1806. Las excavaciones arqueológicas llegarían bastante después, ya en el siglo XX. Todavía hoy, junto a algunos monumentos, pueden verse paredes de tierra con distintas capas de sedimentos que ayudan a comprender cómo permanecieron enterrados durante tanto tiempo.
Comenzamos a caminar entre columnas, plazas, templos, teatros y un hipódromo. Y seguíamos caminando. Aparecían nuevas calles, nuevos edificios, nuevas perspectivas. Aquello parecía no acabarse nunca.
En algún momento dejé de fijarme únicamente en las ruinas y empecé a imaginar cómo habría sido aquella ciudad hace casi dos mil años. Gente entrando y saliendo de sus casas, comerciantes, niños jugando, conversaciones en las calles... Una vida cotidiana que hoy cuesta reconstruir entre tantos restos monumentales.

Gradas de piedra, siglos de historia y un escenario que continúa acogiendo las voces de sus visitantes.
Los teatros romanos de Jerash conservan una acústica extraordinaria. Mi tío Ricardo, que visitó Jordania hace muchos años, me había contado cómo mi tía Amparo, que tenía una gran voz, improvisó un dueto con otro viajero en uno de ellos. Entre las gradas, imaginé aquella escena en silencio. Y lloré.
Esta antigua ciudad permite algo que me encanta cuando visito lugares históricos: caminar sin prisas, desviarme, asomarme a un rincón y descubrir algo que no esperaba. No son solo piedras, es pura historia.
Amán: ruinas romanas, mezquitas y mercados
Amán nos recibió con su tráfico caótico, sus mercados y esa mezcla de vida cotidiana e historia que caracteriza a tantas ciudades de Oriente Próximo. La mezquita del Rey Abdalá I llama la atención por su gran cúpula azul. En la Ciudadela, situada en una de las colinas de la capital, se conservan los restos del templo romano de Hércules. A sus pies se encuentra el Teatro Romano, con capacidad para unos 6.000 espectadores.

En la cocina de Khadija, el pan recién hecho acompaña al mansaf, plato tradicional del país jordano.
La gastronomía también tuvo su protagonismo. En Hashem probamos el hummus y el falafel, mientras que en Khadija conocimos el mansaf, uno de los platos más tradicionales del país, elaborado con cordero, arroz y una salsa de yogur fermentado. Allí, la propia Khadija, originaria de Petra, nos enseñó cómo se prepara el pan, una de esas escenas cotidianas que siempre me gusta encontrar durante los viajes.
As-Salt, entre casas otomanas y un desayuno en familia
Construida sobre colinas, As-Salt conserva hermosas fachadas amarillas de piedra y arquitectura de influencia otomana. Su patrimonio arquitectónico y, especialmente, su larga tradición de convivencia entre musulmanes y cristianos le valieron el reconocimiento de la UNESCO como Patrimonio Mundial.

Pasear por el zoco de As-Salt permite descubrir la vida cotidiana de una ciudad reconocida como Patrimonio Mundial.
Me sorprendió la tranquilidad de su pequeño zoco. Acostumbrada a otros mercados de Oriente, donde los comerciantes salen de sus puestos para intentar atraer a los visitantes, aquí nadie nos abordaba ni insistía para que compráramos. Podías mirar, curiosear y comprar sin presión. Y eso se agradece.

Om Omar recibe en su casa de As-Salt con un desayuno tradicional y una mesa llena de especialidades jordanas.
Y en casa de Meyasar Heyary, a quien todos conocían como Om Omar (madre de Omar), tuvimos ocasión de compartir un desayuno tradicional y una agradable conversación. Entre los platos que nos preparó, nos sorprendió especialmente su deliciosa mermelada casera de limón y jengibre, de la que nos contó que es una de las favoritas de la reina Rania de Jordania.
Una emoción inesperada junto al río Jordán
La visita a Betania, a orillas del río Jordán, fue otro de los momentos que más me emocionaron del viaje. Allí, donde la tradición cristiana sitúa el bautismo de Jesús, sentí algo que no esperaba.

El lugar del bautismo de Jesús, uno de los enclaves más importantes de Jordania para la tradición cristiana.
Quizá por las veces que había escuchado aquel relato desde pequeña, meterme en el agua me produjo una paz absoluta. Me emocioné y hasta miré al cielo por si aparecía alguna paloma.
El río, mucho más estrecho de lo que algunos imaginamos, discurre junto a una iglesia ortodoxa. Hasta allí llegan personas de distintas nacionalidades, movidas por la fe o por el interés histórico de un lugar tan significativo.
También visitamos el monte Nebo, custodiado por los franciscanos, desde donde, según la tradición bíblica, Moisés contempló la Tierra Prometida, que nunca pisó. Allí tuve ocasión de conversar con el padre Bernardo, un religioso de Sri Lanka que lleva tres años viviendo en el santuario y que me confesó lo feliz que se siente al poder contemplar cada día el mismo paisaje que vio el profeta.

En el monte Nebo, una escultura de bronce se alza frente al paisaje desde el que Moisés habría contemplado la Tierra Prometida.
Arriba, una gran cruz rodeada por una serpiente de bronce recuerda el episodio bíblico en el que Moisés levantó una serpiente para proteger a su pueblo. Y en el interior de la iglesia conmemorativa se conserva un extraordinario conjunto de mosaicos bizantinos, algunos del siglo VI. Recuerdo que se me encogió el corazón al contemplarlos. Cuesta creer que, después de tantos siglos, hayan llegado hasta nosotros en semejante estado de conservación.

A la izquierda, los mosaicos del monte Nebo; a la derecha, el célebre mapa de Tierra Santa de la iglesia de San Jorge, en Madaba.
En Madaba volvimos a encontrarnos con esta tradición artística, que sigue viva en los talleres artesanales y cuyo ejemplo más célebre es el antiguo mapa de Tierra Santa conservado en la iglesia de San Jorge.
Betania, el monte Nebo y Madaba están estrechamente vinculados a la tradición cristiana y atraen tanto a peregrinos como a viajeros interesados en su historia y su patrimonio.
Antes de irnos, comimos en Haret Jdoudna, un restaurante instalado en una antigua casa restaurada. Su precioso patio y una mesa cubierta de platos de distintos colores y especialidades locales hicieron que la comida entrara primero por los ojos.
Ma’in, unas cascadas en las que el agua quema
En medio de un paisaje árido, las aguas termales de Ma’in forman enormes cascadas que caen desde lo alto de las paredes rocosas. Su temperatura oscila entre los 40 y los 65 grados, dependiendo de la época del año, lo que convierte el baño en una experiencia bastante peculiar.

Bañarse frente a las cascadas de Ma’in en una piscina cuya agua alcanza temperaturas sorprendentemente altas.
Nos alojamos en un hotel situado frente a las cascadas. Y, por supuesto, nos bañamos tanto en las pozas que se forman bajo ellas como en la piscina del hotel. El agua estaba tan caliente que apenas podías aguantar unos instantes antes de salir corriendo a buscar una ducha fría.
Petra: cuando llegar al Tesoro es solo el principio
Nuestra primera toma de contacto con Petra fue de noche. Recorrimos el Siq, el estrecho desfiladero de acceso, entre cientos de pequeñas velas colocadas a ambos lados del camino. Al llegar al Tesoro, su fachada cobraba vida con un espectáculo de luz y sonido. Difícil imaginar una manera más espectacular de conocer por primera vez el gran icono de Jordania.

Cuando cae la noche, la fachada del Tesoro se transforma con un espectáculo de luces que cuenta su historia.
Pero la visita del día siguiente superó aquella primera experiencia.
Hay algo extraordinario en caminar por el desfiladero sabiendo lo que te espera al final. Las paredes se elevan a ambos lados, el recorrido serpentea y, de repente, entre las rocas empieza a aparecer una parte de la fachada.

La fachada del Tesoro comienza a aparecer entre las rocas, al final del estrecho desfiladero del Siq.
Después llega el Tesoro, o Al-Khazneh, en toda su dimensión.
Me llamó la atención observar las reacciones de los visitantes. Algunos se apresuraban a hacerse fotografías. Otros se quedaban quietos, simplemente mirando, visiblemente emocionados.

Frente al Tesoro de Petra, los visitantes enmudecen ante las dimensiones de este extraordinario monumento nabateo.
Nosotros decidimos subir hasta uno de los miradores situados frente al monumento. Desde allí, la perspectiva es completamente distinta y las fotografías, espectaculares.
Pero Petra, declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO y elegida una de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo, tiene muchísimo más que ofrecer. El Tesoro, que en realidad es un monumento funerario nabateo, es apenas el comienzo de una ciudad que llegó a ser un importante centro comercial de la Antigüedad.
Aunque la zona ya había estado habitada por los edomitas, fueron los nabateos quienes hicieron prosperar Petra gracias a su posición estratégica en las rutas de caravanas que transportaban incienso, especias y otros productos valiosos entre Arabia, Egipto y el Mediterráneo. Con el paso de los siglos, los cambios en las rutas comerciales y varios terremotos contribuyeron a su decadencia. En 1812, el explorador suizo Johann Ludwig Burckhardt la dio a conocer de nuevo al mundo occidental.
Al continuar el recorrido aparecen la Calle de las Fachadas, con sus numerosas tumbas excavadas en la roca, el teatro, las monumentales Tumbas Reales y la Vía Columnada, que conduce hacia el templo de Qasr al-Bint. Y todavía quedan otros caminos por explorar.

Petra se extiende mucho más allá del Tesoro, con templos, tumbas y restos de una ciudad que prosperó gracias al comercio.
Uno de los más conocidos lleva hasta Ad-Deir, el Monasterio, al que se llega después de subir cientos de escalones excavados en la montaña. Es una caminata exigente que permite descubrir otra de las grandes fachadas monumentales de Petra.
Llegué a Petra pensando que recorrería un desfiladero hasta alcanzar una fachada famosa y descubrí toda una ciudad, con numerosos itinerarios por explorar.
Wadi Rum: una conversación y una noche bajo las estrellas en el desierto
Después de Petra llegamos a Wadi Rum, donde el paisaje cambia por completo. Montañas de roca rojiza, grandes extensiones de arena y una sensación de amplitud que sobrecoge.

La presencia de los beduinos y sus camellos sigue formando parte de la vida y la tradición de Wadi Rum
Recorrimos el desierto en la parte trasera descubierta de un todoterreno, en una divertida excursión que nos llevó entre dunas y estrechos desfiladeros, con numerosas paradas para disfrutar del paisaje. Nuestro conductor era Abu Omar, un encantador beduino de barba blanca y maneras sencillas. Lo que no imaginábamos cuando subimos al vehículo era que aquel hombre de apariencia tan sencilla era también el propietario de los terrenos donde se encuentra el campamento Saraya Rum, en el que pasaríamos la noche.

Despertarse en Wadi Rum y encontrarse con este paisaje nada más salir de la jaima.
Desde lejos, el campamento apenas llamaba la atención. Sus jaimas se confundían con los tonos de la arena y las montañas. Allí probamos el zarb, una preparación tradicional beduina en la que carnes y verduras se cocinan lentamente bajo tierra, aprovechando el calor de las brasas y se presenta en una bandeja dorada. Una técnica que recuerda al cozido das Furnas, en la isla de São Miguel (Azores), o al curanto de Chiloé (Chile).

El zarb, una especialidad beduina de carnes y verduras que se cocinan lentamente bajo tierra.
Tuvimos la suerte de conocer a Abu Rami, su propietario, que nos habló de la vida de los beduinos y de las dificultades que había encontrado para poner en marcha su negocio en aquel entorno. Terminamos conversando sobre la importancia de vivir con sencillez y descubrimos que compartíamos muchas ideas.
Creo que tengo algo de alma beduina. Me gusta la vida sencilla, no siento demasiado arraigo por un lugar concreto, sino por las personas que tengo cerca. Quizá por eso aquella conversación me resultó tan especial.
En Jordania me llamó la atención una costumbre que ya habíamos encontrado en As-Salt. En la cultura árabe es habitual que los padres sean conocidos por el nombre de uno de sus hijos: Abu significa «padre de» y Om (también escrito Umm), «madre de». De ahí los nombres de Om Omar, Abu Omar y Abu Rami.

Una noche bajo las estrellas en Wadi Rum es uno de esos recuerdos que difícilmente se borran.
Más tarde nos alejamos de las luces del campamento. Sin apenas contaminación lumínica, el cielo aparecía cubierto de miles y miles de estrellas. Un momento inolvidable.
Aqaba: del desierto al fondo del mar
Resulta increíble la rapidez con la que cambia el paisaje. Después de pasar la noche en Wadi Rum, nos dirigimos a Aqaba, a orillas del mar Rojo. Desde esta pequeña franja costera, la única salida al mar del país, pueden verse territorios de Israel, Egipto y Arabia Saudí.
Ansiaba descubrir sus fondos marinos y, especialmente, bucear hasta uno de los aviones hundidos que descansan bajo sus aguas, convertido en arrecife artificial. Finalmente, no pudo ser. Me dio pena, pero el cambio de planes nos llevó a hacer esnórquel entre numerosas columnas cubiertas de coral y rodeadas de infinidad de peces. No me conformé con observarlos desde la superficie y me animé a sumergirme a pulmón para verlos más de cerca. Me sorprendió lo bien que aguantaba la respiración bajo el agua, quizá por la emoción. Cambiamos un avión hundido por jardines submarinos llenos de vida y color. Y mereció la pena.

Un jardín submarino lleno de vida y color nos esperaba bajo las aguas del mar Rojo, en Aqaba.
Después de tantos días recorriendo monumentos, ciudades antiguas y desiertos, encontrarse flotando sobre aquel paisaje submarino fue un cambio de escenario difícil de superar.
Aqaba es también una buena muestra de que Jordania puede interesar a viajeros con gustos muy diferentes. Además de las visitas culturales y religiosas, el país ofrece actividades acuáticas, senderismo y recorridos de aventura que probablemente muchos no asocian con este destino.
Pero tanta aventura merecía su recompensa. Comimos estupendamente en el Mövenpick Resort & Spa Tala Bay, tanto carnes como pescados, y cenamos en Captain’s, donde nos sirvieron una enorme bandeja de pescado y marisco.
Después nos acercamos a Ayla Marina Village, una zona de terrazas y restaurantes junto al puerto deportivo que me recordó inmediatamente a Puerto Banús, en Marbella. Una imagen de Jordania bastante distinta de la que había encontrado hasta entonces.
Wadi Mujib: la Jordania más divertida
Adentrarme en el cañón de Wadi Mujib me recordó enseguida al Siq de Petra, ese estrecho desfiladero que conduce hasta el Tesoro. Aquí, sin embargo, el recorrido se hace por el agua, avanzando contra corriente entre altas paredes de roca y superando distintos obstáculos.
Es una de las rutas acuáticas que pueden hacerse en esta reserva natural, aunque hay que tener en cuenta que no están disponibles todo el año. Quien no quiera completar el recorrido puede optar por explorar solo los primeros tramos y regresar sin llegar hasta el final.
En algunos tramos, la corriente tiene tanta fuerza que cuesta avanzar. Hay momentos en los que tienes que calcular muy bien dónde pisas, agarrarte a una cuerda o buscar apoyo para continuar. Y también otros en los que agradeces encontrar una mano tendida porque no consigues alcanzar la siguiente cuerda de seguridad. O eres tú quien ofrece esa mano a alguien que, por un instante, se ha quedado bloqueado y no sabe muy bien cómo continuar.

Cuerdas, cascadas y pozas convierten el recorrido acuático de Wadi Mujib en una de las experiencias más divertidas de Jordania.
Pero también están las miradas de complicidad entre quienes disfrutamos con la adrenalina. Esas que aparecen después de superar un tramo complicado, cuando todavía estás recuperando el aliento y ya estás deseando saber qué viene después.
La bajada fue todavía más divertida. Después de remontar el cañón, tocaba regresar saltando a las pozas y dejándonos llevar por el agua en algunos tramos.
Terminamos entre risas, después de algunos momentos de tensión y con esa mezcla de felicidad y orgullo por haber sido capaces de completar el recorrido.
El mar Muerto: me quedo con el barro
Aunque lo llamemos mar, en realidad es un gran lago salado situado entre Jordania, Israel y Cisjordania, a unos 435 metros bajo el nivel del mar. Sus orillas constituyen el punto más bajo de la superficie terrestre emergida y sus aguas son casi diez veces más saladas que las de los océanos. Una salinidad tan elevada que impide la vida de peces y permite flotar sin apenas esfuerzo.
Nuestra última etapa nos llevó hasta allí, donde nos alojamos en un complejo con numerosas piscinas y acceso a una playa privada. Allí nos esperaban vasijas llenas del famoso barro negro del mar Muerto. Y, por supuesto, no íbamos a marcharnos sin probarlo. Nos embadurnamos de arriba abajo, dejamos que el barro se secara sobre la piel y después nos metimos en el agua para quitárnoslo.

El ritual del mar Muerto: cubrirse de barro, dejarlo secar y retirarlo para descubrir una piel sorprendentemente suave durante días.
Confieso que el baño no me entusiasmó tanto como esperaba. Flotar sin esfuerzo es una sensación curiosa, pero el agua es tan salada que cualquier pequeña rozadura escuece demasiado. Y nadar, tal como lo hacemos habitualmente, resulta casi imposible. Me alegro de haberlo probado, pero creo que puedo darlo por tachado de mi lista de cosas pendientes.
En cambio, el barro me encantó. Tanto que al día siguiente volví a embadurnarme. Desde la primera aplicación había notado la piel mucho más suave y luminosa, aunque esta vez preferí quitarme el barro en la ducha.
¿Qué recordaré de Jordania dentro de veinte años?
Si tuviera que elegir los tres lugares que más me han impresionado de Jordania, seguramente serían Petra, Jerash y el desierto de Wadi Rum. Tres lugares extraordinarios que justificarían por sí solos viajar hasta aquí.
Pero sé que también recordaré la emoción que sentí junto al río Jordán, aquella conversación con Abu Rami y la noche contemplando las estrellas, el fantástico esnórquel en Aqaba y la aventura en Wadi Mujib, con esa satisfacción tan especial de haber conseguido completar el recorrido.
Antes de viajar me preguntaba qué tendría Jordania para que tantas personas siguieran hablando de ella con entusiasmo décadas después.
Y tengo la sensación de que, cuando alguien me diga que está pensando viajar a Jordania, por muchos años que hayan pasado, yo también tendré muchas cosas que contarle, con una sonrisa de oreja a oreja.
Dónde dormir en Jordania
Ma’in Hot Springs (Ma’in). Aunque las instalaciones acusan el paso de los años, su ubicación frente a las cascadas y su piscina termal lo sitúan como la mejor opción.
H Luxury Hotel (Petra). Cerca del acceso al conjunto arqueológico, destaca por la amabilidad de su personal. Solo falta que te arropen por la noche.
Mövenpick Resort Petra. Justo frente a la entrada del recinto arqueológico. Difícil encontrar un alojamiento más cómodo para visitar Petra.
Saraya Rum (Wadi Rum). Un campamento de lujo rodeado de montañas, donde disfrutar de la tranquilidad del desierto y de un cielo extraordinariamente estrellado.
Mövenpick Resort & Residences (Aqaba). Un complejo con piscinas y acceso a la playa, junto al mar Rojo.
Mövenpick Resort & Spa Tala Bay (Aqaba). Un resort situado en Tala Bay, con piscinas, playa y una propuesta gastronómica que merece la pena conocer.
Mövenpick Resort & Spa Dead Sea (Mar Muerto). Jardines, piscinas, spa y playa privada para disfrutar de la experiencia de flotar en el mar Muerto y probar sus famosos barros.