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Trump sacude el tablero mundial desde Venezuela y deja en evidencia a Sánchez y a Zapatero

Luis Sordo
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Arranque de año eléctrico en la geopolítica internacional y, cómo no, con réplicas directas en la política española. La primera Espolítica de 2026 en Esdiario ha puesto negro sobre blanco una evidencia: Donald Trump ha decidido volver al escenario global a golpe de puñetazo sobre la mesa, y Venezuela ha sido el detonante.

La captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos —una operación fulminante que ha ido marcando la agenda informativa casi por horas— no es solo la noticia del año: apunta a ser uno de los grandes hitos de la década. Un movimiento quirúrgico que, según los analistas Benjamín López y Vicente Gil, supone “descabezar a la serpiente” y domesticar, al menos de forma provisional, a un régimen que llevaba años operando como un nodo del narcotráfico, la corrupción y el saqueo sistemático del país.

Trump no ha ocultado nunca sus prioridades. Primero, Estados Unidos. Segundo, el petróleo. Y tercero, la estabilidad. Bajo esa lógica se explica la estrategia: evitar una invasión militar, imponer obediencia a los jerarcas del chavismo mediante la amenaza judicial y utilizar a figuras como Delcy Rodríguez como intermediarias temporales en una transición controlada. Paz social ahora, reconstrucción económica después y, finalmente, democracia. Ese es el plan.

Las primeras señales ya están ahí: liberación de presos políticos, contactos directos con María Corina Machado y un mensaje inequívoco al resto del eje bolivariano. Cuba, que vivía del petróleo venezolano regalado, tiembla. Irán observa con inquietud. Colombia, con Petro, mide cada palabra. Y Rusia y China entienden que el patio trasero de Estados Unidos vuelve a tener dueño.

La onda expansiva es global. Ucrania, Irán, incluso Groenlandia —donde Trump ha vuelto a poner sobre la mesa la autodeterminación— entran en un nuevo marco de juego. El miedo, como apuntó Vicente Gil, ha cambiado de bando.

Zapatero, en el foco

Pero si Venezuela ha dejado tocado al eje izquierdista latinoamericano, en España ha hecho saltar todas las alarmas. La Audiencia Nacional ha abierto diligencias contra José Luis Rodríguez Zapatero por su relación con el régimen de Maduro. Un paso que, sin prejuzgar el desenlace judicial, es ya profundamente revelador.

Treinta viajes a Venezuela no se explican por altruismo. La querella habla de blanqueo de capitales, pertenencia a organización criminal y cooperación con una dictadura. Y lo más inquietante es que, según fuentes cercanas a la investigación estadounidense, el FBI y la DEA manejan información comprometedora no solo sobre Zapatero, sino sobre otros políticos españoles que habrían actuado como lubricantes del chavismo en Europa.

Que el propio Jorge Rodríguez haya atribuido la reciente liberación de presos a la mediación de Zapatero no es un halago: es un intento de blanqueo. El régimen utiliza al expresidente español porque le fue útil. Y nadie es útil gratis.

Estados Unidos no olvida. Y cuando el proceso venezolano entre en su fase definitiva, los archivos hablarán.

Sánchez y el mercadeo interno

Mientras tanto, en la política nacional, Pedro Sánchez sigue a lo suyo: sobrevivir. La reunión con Junqueras y el enésimo apaño económico con Cataluña —la llamada “financiación singular”— ha vuelto a mostrar a un presidente dispuesto a dinamitar la igualdad territorial con tal de arañar unos meses más en La Moncloa.

El principio de ordinalidad es, sencillamente, inconstitucional. Si Cataluña recibe más, otros reciben menos. No hay magia contable que lo oculte. Y el daño interno al PSOE es evidente: barones en pie de guerra, Aragón ardiendo en plena precampaña y una militancia cada vez más desorientada.

Para Sánchez, nada de eso importa. El partido es prescindible, el país secundario. Su única prioridad es resistir, incluso sobre los escombros del socialismo histórico, para mantener su blindaje político y personal.

Como resumió Vicente Gil, todo lo demás son cortinas de humo: Gaza, Ucrania, debates artificiales y ruido para tapar la corrupción y comprar tiempo.

Un año que promete vértigo

Venezuela ha sido solo el primer movimiento. Trump ha pulsado el botón del nuevo orden mundial y las consecuencias apenas empiezan a notarse. En paralelo, España asiste a la degradación institucional de un Gobierno atrapado por sus propias alianzas.

2026 no ha hecho más que empezar. Y ya amenaza con no dejar títere con cabeza.

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