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El Falcon de la opacidad: 22 vuelos a Suiza sin explicación y un patrón que se repite desde 2021

Los datos publicados por Objective vuelven a poner en el foco el uso del avión presidencial: destinos sensibles, agendas inexistentes y un Gobierno que guarda silencio.

Luis Sordo
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Siguen apareciendo informaciones que comprometen al Gobierno en el uso del Falcon, el avión presidencial pagado con dinero público. La última, publicada este mismo día por The Objective y firmada por Enrique Morales, eleva el listón de la polémica: 22 vuelos del Falcon a Suiza en los últimos cinco años, la mayoría sin justificación oficial ni rastro en agendas públicas. Un destino, además, especialmente delicado por su histórico vínculo con la opacidad financiera y por ser escenario de negociaciones políticas de alto nivel.

La investigación se apoya en el seguimiento de rutas aéreas y en el contraste con agendas oficiales, movimientos militares y registros públicos. El resultado es inquietante: una parte sustancial de los desplazamientos no tiene respaldo documental, ni explicación razonable accesible a los ciudadanos. “Puede haber una razón legítima, pero no se explica”, subraya Morales. Y cuando no se explica, crece la sospecha.

Suiza, un destino “especial”

No se trata de vuelos a París o Londres. Suiza —aunque haya avanzado en transparencia— sigue siendo un país con un estatus singular en materia bancaria. Además, ha sido escenario de contactos con el independentismo catalán, y alberga a figuras políticas relevantes vinculadas a ese entorno. Todo ello convierte cada desplazamiento no explicado en una pregunta incómoda.

Los datos son aún más llamativos si se mira el calendario: en 2021 y 2022 la opacidad es mayor, y en 2020, año de la pandemia y de los contratos de emergencia, el 100% de los vuelos a este destino carecen de explicación pública. Demasiadas coincidencias para despacharlas con un encogimiento de hombros.

República Dominicana: el precedente

La polémica no nace hoy. Hace apenas unos días, el mismo periodista destapaba viajes recurrentes a República Dominicana, con un 43% de vuelos sin documentar desde 2021. En el caso de Suiza, el porcentaje sube hasta el 70%. Y no vale el argumento del simple repostaje: los tiempos de estancia —de horas o incluso días— descartan esa coartada técnica.

Más aún: los aterrizajes se concentran en aeropuertos secundarios como La Romana o Bocachica, no en los grandes hubs internacionales. Zonas vinculadas a resorts y a intereses empresariales concretos, algunos relacionados con Plus Ultra, aerolínea cuyo rescate sigue bajo sospecha. No es una acusación; es un dato. Y los datos, cuando se repiten, construyen patrones.

Transparencia cero, sospechas al alza

Nadie habla aquí —insisten los investigadores— de corrupción probada. Se habla de transparencia, o mejor dicho, de su ausencia. Un avión presidencial no es un jet privado. Cada vuelo debería estar justificado, documentado y explicado. Bastaría una comparecencia, una respuesta en el Congreso o una nota oficial detallando quién viaja, por qué y con qué objetivo. Pero no ocurre.

Y cuando el Gobierno calla, las especulaciones ocupan el vacío. Más aún cuando el Ejecutivo arrastra múltiples causas judiciales, escándalos previos y episodios nunca aclarados, desde rescates empresariales controvertidos hasta encuentros internacionales envueltos en sombras.

El derecho a saber

La pregunta es sencilla y legítima: ¿para qué se han usado esos vuelos? ¿Quién iba a bordo? ¿Qué interés público los justifica? Ampararse de forma sistemática en la seguridad nacional para decenas de viajes a dos destinos “sensibles” no resulta creíble para una ciudadanía que paga la factura.

El sentido común apunta a que si no hubiera nada que ocultar, se explicaría con normalidad. Pero no se hace. Y esa es la raíz del problema. Porque la opacidad no protege al Gobierno: lo desgasta. Y porque, cuando se trata de dinero público y de medios del Estado, los ciudadanos no solo pueden preguntar: tienen derecho a exigir respuestas.

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