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Moncloa rescata un lema de 2003 para agitar a la izquierda mientras el partido de Abascal exhibe grietas internas en plena negociación con el PP.

Moncloa rescata un lema de 2003 para agitar a la izquierda mientras el partido de Abascal exhibe grietas internas en plena negociación con el PP.

Sánchez agita el “No a la guerra” para tapar sus frentes judiciales y Vox se enreda en su propia crisis interna

Moncloa rescata un lema de 2003 para agitar a la izquierda mientras el partido de Abascal exhibe grietas internas en plena negociación con el PP.

Luis Sordo
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Semana sin pleno en el Congreso, pero ni mucho menos tranquila en la política nacional. Pedro Sánchez ha vuelto a colocar en el centro del tablero uno de sus viejos recursos: el eslogan. Esta vez, con una puesta en escena medida al milímetro desde La Moncloa y un mensaje de alto voltaje simbólico: “No a la guerra”.

La consigna, pronunciada con solemnidad y envuelta en una escenografía casi litúrgica, no pasó desapercibida. Luces tenues, mensaje breve, ausencia de preguntas y una clara voluntad de impactar. El presidente compareció como quien lanza una proclama histórica, pero lo hizo sin Parlamento, sin debate y sin someterse al contraste periodístico. Una fórmula que, para sus críticos, define a la perfección el manual sanchista: propaganda, calculada al detalle, con aroma electoral.

Un eslogan para reactivar a la izquierda

En el análisis político de la semana, la lectura es clara: Sánchez no busca tanto fijar una posición de Estado como recuperar una bandera emocional que funcionó en el pasado en la izquierda española. El “No a la guerra” remite inevitablemente al clima político de 2003 y conecta con un electorado movilizable por los reflejos del antimilitarismo y el antiamericanismo.

La estrategia, además, encuentra un aliado perfecto en Donald Trump. Cada gesto del expresidente estadounidense es oro para una Moncloa necesitada de confrontación ideológica global. Sánchez aspira a presentarse como el referente socialista europeo que planta cara al trumpismo y, de paso, aglutina en torno a sí al votante progresista más ideologizado.

Ahora bien, el intento tiene trampa. Porque el presidente lanza un mensaje maximalista mientras evita explicar con claridad qué papel quiere para España en la OTAN, qué compromiso asume en defensa o cómo piensa compatibilizar sus palabras con la realidad geoestratégica. En otras palabras: mucho lema y poca doctrina.

Moncloa sustituye al Congreso

Más allá del fondo, la forma también ha levantado críticas. La posición española ante un conflicto internacional de enorme magnitud difícilmente puede despacharse en una comparecencia sin preguntas y fuera del Congreso. La escena refuerza la idea de un Sánchez que prefiere la comunicación unidireccional al debate institucional.

No es una novedad. El presidente convierte cada crisis en una oportunidad narrativa y cada anuncio en una operación de marketing político. En esta ocasión, el objetivo sería doble: por un lado, agitar una bandera de movilización ideológica; por otro, desviar el foco de los asuntos que más erosionan al Gobierno, desde el caso Begoña Gómez hasta el frente Ábalos o las polémicas que cercan al entorno familiar del presidente.

La operación ya se ha visto antes. La desclasificación de papeles del 23F buscó marcar agenda, pero su efecto fue prácticamente nulo. Lo mismo ocurrió con otras maniobras simbólicas explotadas por el sanchismo en los últimos años. El problema para el presidente es que no siempre el humo acaba convirtiéndose en incendio.

¿Puede ser rentable electoralmente?

La gran incógnita es si este “No a la guerra” puede convertirse en una palanca electoral real. En el PSOE confían en que sí. No sería la primera vez que Sánchez intenta reactivar viejos marcos sentimentales de la izquierda para construir una campaña. Pero la España de hoy no es la de 2003 y la capacidad de esa consigna para prender en la calle parece bastante más limitada.

De hecho, la tesis dominante entre sus detractores es que el presidente busca más una cortina de humo que un verdadero rearme ideológico. Aunque no logre una movilización masiva, le basta con colonizar la conversación pública y dejar en segundo plano los problemas que más le incomodan.

En ese contexto, también aparece otra variable: el calendario electoral. Con la vista puesta en posibles movimientos en 2026 o 2027, Sánchez necesita relatos potentes y simples. Y el “No a la guerra”, al menos sobre el papel, lo es.

Vox aprieta al PP… pero se juega demasiado

Mientras el PSOE explota el frente internacional, la derecha libra sus propias batallas. La semana ha dejado nuevas tensiones entre PP y Vox en comunidades clave como Extremadura y Aragón. En ambos casos, los de Santiago Abascal han optado por endurecer posiciones y demostrar que sus votos tienen precio político.

La maniobra forma parte de una lógica negociadora evidente: tensar la cuerda para exhibir fuerza y arrancar más cuota de poder. El problema aparece cuando la estrategia amenaza con volverse en contra. Porque si Vox transmite la imagen de que sirve para bloquear pero no para construir, el coste electoral puede ser alto.

En Extremadura, una repetición electoral sería una ruleta rusa para el espacio de centroderecha. Y en Andalucía, donde Vox aspira a seguir siendo decisivo, la sensación de irresponsabilidad podría beneficiar de lleno al PP de Juanma Moreno. Dicho de otro modo: marcar perfil propio es legítimo; parecer un factor de desorden, mucho más peligroso.

El otro gran problema de Abascal: su propia casa

Pero si hay un frente delicado para Vox, ese no está fuera, sino dentro. Las turbulencias internas ya no pueden ocultarse. La salida o defenestración de dirigentes relevantes se acumula desde hace tiempo: Espinosa de los Monteros, Macarena Olona, Rocío Monasterio y ahora nuevos episodios como el de Antelo o el pulso de Ortega Smith.

La diferencia con crisis anteriores es que ahora ya no todo se resuelve con salidas discretas y silencio disciplinado. Hay contestación, hay ruido y hay batalla abierta. Eso convierte el problema en algo político, no solo orgánico.

En un partido que aún necesita crecer y consolidarse, la imagen de fractura interna puede ser letal. Porque la pregunta que empieza a planear sobre Vox no es menor: ¿sirve para gobernar o solo para agitar?. Y esa duda, en campaña, pesa.

Abascal intenta restar importancia al asunto y acusa a quienes preguntan de mirar “el ombligo” del partido. Pero la realidad es terca. Cuando se encadenan las salidas, las purgas y los choques entre dirigentes, el votante termina preguntándose si está ante una formación sólida o ante una estructura sometida al desgaste permanente.

Una semana intensa que deja dos certezas

La semana política deja, en definitiva, dos conclusiones bastante nítidas. La primera: Pedro Sánchez sigue instalado en la política del impacto, del lema y del golpe de efecto, confiando en que la escenificación tape la erosión de su Gobierno. La segunda: Vox corre el riesgo de convertir su afán por marcar territorio en una crisis de utilidad política ante su propio electorado.

Sánchez busca oxígeno en la propaganda. Vox, firmeza en la tensión. Pero mientras uno intenta resucitar fantasmas del pasado, el otro se pelea con sus propias grietas. Y entre ambos, el tablero político español sigue moviéndose al ritmo del ruido, los cálculos electorales y las urgencias de supervivencia.

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