
La nueva herramienta para medir el odio en redes nace rodeada de sospechas por su posible impacto en la libertad de expresión, la privacidad y el uso político de la tecnología
El Juez Villegas analiza “Hodio”: el peligro de que el control del odio acabe controlando la libertad
La nueva herramienta para medir el odio en redes nace rodeada de sospechas por su posible impacto en la libertad de expresión, la privacidad y el uso político de la tecnología
El programa informático “Odio con H”, anunciado por el presidente del Gobierno este mes de marzo, ha levantado una fuerte polémica antes incluso de echar a andar. Su objetivo oficial es medir la difusión del odio en redes sociales. Pero sus críticos temen que pueda convertirse en algo mucho más inquietante: una herramienta de control.
Libertad vigilada
La principal objeción es evidente. Muchos consideran que este sistema puede terminar sirviendo para coartar la libertad de expresión bajo la excusa de combatir discursos intolerables. A ello se suma otra inquietud aún más grave: que se utilice para recopilar datos, perfilar usuarios o invadir la intimidad de quienes participan en redes sociales.
Si la herramienta está realmente anonimizada y blindada contra abusos, habrá que verlo. El problema es que la desconfianza no nace de la nada.
La frontera del abuso
Toda tecnología de vigilancia plantea la misma pregunta: quién la controla y con qué límites. Porque detrás del programa no hay máquinas neutrales ni seres infalibles, sino personas y algoritmos. Y ambos pueden fallar.
Por eso preocupa que una herramienta así termine utilizándose no contra delitos, sino contra opiniones incómodas o disidencias políticas.
Odio no siempre es delito
Aquí entra la cuestión jurídica de fondo. Sentir odio no es delito. Tampoco lo es expresar ideas radicales o políticamente incorrectas, por desagradables que resulten. Para hablar de delito de odio, el artículo 510 del Código Penal exige algo más: humillación, vejación, incitación a la discriminación o creación de un clima de violencia.
Y eso no lo puede decidir un simple “termómetro” digital del odio.
Un arma de doble filo
El riesgo es que se ensanche cada vez más el concepto de delito de odio hasta convertirlo en un instrumento de presión ideológica. Y entonces ya no estaríamos protegiendo la convivencia, sino reinventando la censura con ropaje tecnológico.
Combatir los excesos en redes es necesario. Pero hacerlo a costa de debilitar la libertad sería un precio demasiado alto.