Embajada: El castellano es de lo poco bueno que llega de poniente

En un mundo globalizado, la vuelta al aldeanismo es un absurdo.

El castellano es la lengua que Castilla exportó a América y al resto de España. En Valencia, como en el resto de territorios con lengua propia, se impuso por su propia fuerza contando con la ayuda de la ley, que la impuso primero como única lengua para dirigirse a la Administración Pública y más tarde en la Educación. Al final, hasta los curas aceptaron que esa y no otra era la lengua en la que debían celebrar Misa. Eran otros tiempos, cuando en toda Europa corría una fiebre unificadora de los Estados en torno a la capital política del país de turno.

Visto con la perspectiva actual, aquella imposición puede parecer poco democrática o cuanto menos poco respetuosa con los pueblos que configuran España.

Sea como fuere, ahora estamos donde estamos. Con el castellano y el inglés uno puede moverse por todo el mundo. Por tanto, es un activo que ya quisieran para sí franceses o alemanes. A estas alturas de la vida arrinconar el castellano en beneficio de una lengua minoritaria es una estupidez que sólo se explica por el afán político de marcar diferencias con Madrid. En un mundo globalizado, la vuelta al aldeanismo es un absurdo. El futuro exige romper fronteras políticas, económicas e incluso culturales. Es paradójico que los mismo que defienden la convivencia de culturas, antepongan una lengua regional a otra internacional.

Habitualmente de poniente sólo llegan cosas malas: frío en invierno y calor en verano. No seamos tan necios de desaprovechar lo poco que nos ha traído bueno.

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