16 de septiembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Inquietante confesión de un ex de Ciudadanos sobre el ansia de poder de Rivera

Albert Rivera y Pedro Sánchez, en el Congreso.

Albert Rivera y Pedro Sánchez, en el Congreso.

Los naranjas han comprobado que su sueño de ocupar el espacio político del PP es una mera utopía, un vehemente deseo que los ciudadanos de verdad, los votantes, no le van a permitir.

Rajoy, su cabeza, es una excusa; el objetivo es el Partido Popular. Los complotados del ágape revanchista que ha revelado este periódico en el fin de semana, coincidieron en un fin básico: derrocar al PP, alimentar el ego de algún popular suelto, y tras ello, convencer a Rivera, el político más altanero que haya conocido España desde la transición a la fecha, de que se sume a la ejecución.

Los complotados coinciden en que al Partido Popular no le pueden sacar solos de la pista y ahí, en esa conclusión, no están solos: con Albert Rivera y los suyos, una coalición de agraviados antiguos del PSOE pero sobre todo del PP, se pueden encontrar. Los populares en su Comité Ejecutivo del sábado arroparon no sólo a Rajoy que, por supuesto, sino a Rafael Hernando, el firmante de un acuerdo que a Ciudadanos le duró exactamente un minuto. Hernando dijo en la tribuna del Parlamento lo que el cien por cien de los militantes del PP y  también de sus votantes piensan: que con este PSOE del furioso y vengativo Sánchez no se puede cruzar ni siquiera una acera, y que con Rivera y su ufana muchachada, los pactos se escriben sobre el agua.

En un país en el que tradicionalmente los acuerdos se han suscrito con una apretón de manos, ¿qué pensar de un partido que denuncia a sus consocios incluso durante la explicación de su acuerdo y que, sin solución de continuidad, apresuradamente, lo da por fenecido y comienza la campaña de acoso y derribo contra el líder del grupo con el que ha suscrito más de un centenar de medidas de investidura y de Gobierno? ¿Qué pensar? Pues exactamente lo que un empresario medio, no de los que viajan en el IBEX, confesaba al cronista este pasado sábado: “Yo con un socio así ni siquiera me volvería a sentar en la mesa”.

Es decir que los complotados antedichos, el PSOE actual y Ciudadanos, han iniciado la campaña de derribo por ver si suena la flauta, la resistencia numantina de Rajoy se desvencija, y el antiguo candidato se larga plácidamente a su Registro. Algún socialista, de facundia comprobada, me decía: “No creas, si acepta marcharse ya no le incomodaríamos más”. O sea, que le prometerían no mezclarle en juicio alguno e incluso le dejarían personalmente en paz para que, en la sesentena que acaba de inaugurar, goce felizmente de los diezmos de su despacho registral y de la compañía de sus familia, de sus dos hijos adolescentes que, como todos, entran en una edad difícil.

En esas están los complotados y sus compañeros de viaje de Ciudadanos que ya ha comprobado electoralmente que su sueño de ocupar el espacio político del PP es una mera utopía, un vehemente deseo que los ciudadanos de verdad, los votantes, no le van a permitir durante muchos años. Ojo a esta manifestación íntima realizada por un profesional que hasta el pasado julio trabajaba en el partido de Rivera: “Tienen tales prisas por llegar al poder que no reparan en barras”. Lo cual ya se ha visto en esta segunda investidura.

Ojo a esta manifestación íntima realizada por un profesional que hasta el pasado julio trabajaba en el partido de Rivera: "Tienen tales prisas por llegar al poder que no reparan en barras"

En esta misma semana vamos a cerciorarnos (el que todavía no lo haya hecho es que simplemente es un idiota) de que el objetivo es Rajoy como paso previo, ya lo he escrito, para volar al PP. A Sánchez le dan por amortizado; no es caza mayor, saben que se va a estrellar en Galicia y en el País Vasco, y que más pronto que tarde caerá pero, eso sí, en el momento justo, cuando antes hayan derribado la estatua corporal y política de Rajoy.

Sánchez ya ha conseguido su desquite: ya está, según sus asesores, al  mismo nivel que Rajoy: Sánchez menos una; Rajoy menos otra. Y a las investiduras me refiero. Pues entonces, Sánchez: ¿ahora qué? Pues ahora a contribuir, en la medida se sus posibilidades, a la ejecución sumaria de Rajoy. Tras el día 25, Sánchez no querrá llegar a las terceras elecciones porque va a ser de tal tamaño el morrazo vasco y catalán que el pobre hombre se quedará solo, fané y descangayado, por eso lo que ya está intentado es ir a lo que sea y con quien sea,  con Podemos, con Ciudadanos, con los separatistas más irredentos, con los antisistema o con la madre que les parió; con quien sea. Es lo que el hombre denomina: la “alternativa del cambio”.

Ya anuncio aquí que Rivera le va a escuchar complacidamente; ambos se hallan en un punto común: en su odio, desprecio en el caso de Rivera, a Rajoy. Por todo esto al PP no le queda otra que intentar una victoria clamorosa, aunque sea por la mínima, en Galicia, y que Alfonso Alonso salve los muebles en Vascongadas, donde las encuestas le dan que, al parecer, sostiene los cinco escaños de su demarcación: Alava.

Ya ha pasado el momento de alentar sobre los peligros de las terceras elecciones; es la hora de que el PP intente ganarlas de verdad, y la hora también de que los españoles, una vez que nos hemos dado cuenta de la calaña que se sirve en el actual panorama político, recaigamos en que ni con el odio de Sánchez, ni la desenvoltura bolchevique de Podemos, ni con la ufanía retadora y desleal de Ciudadanos, tenemos la menor posibilidad de salir adelante. Hace algunos domingos escribíamos: “Y terceras elecciones, ¿por qué no?”, visto lo visto ahora debemos terminar así: Terceras elecciones cuanto antes. Y que cada palo aguante su vela.

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